LOS ESPACIOS TAMBIÉN NOS HABITAN
Pasamos gran parte de nuestra vida dentro de espacios construidos. Dormimos en una habitación, desayunamos en una cocina, trabajamos en una oficina, aprendemos en un salón y descansamos en algún rincón de nuestra casa. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos cuánto influyen esos lugares en la manera en que nos sentimos. Pensamos en la alimentación, el ejercicio, el sueño o nuestras relaciones cuando hablamos de bienestar, pero olvidamos algo evidente: también habitamos un ambiente, y nuestro cerebro nunca deja de percibirlo.
Ésta es una de las ideas que desarrolla la arquitecta y neuropsicóloga Ana Mombiedro en su libro Espacios que cuidan tu cerebro. Desde la neuroarquitectura, propone observar aquello que normalmente pasa inadvertido: la luz que recibimos, los sonidos, las texturas, el orden visual, la temperatura o la presencia de elementos naturales. No son únicamente cuestiones decorativas. Nuestro sistema nervioso recibe constantemente información del entorno y responde a ella, muchas veces antes de que seamos plenamente conscientes.
Pensemos en la diferencia entre permanecer varias horas en una habitación sin ventanas, con ruido constante, iluminación artificial intensa y exceso de estímulos visuales, y hacerlo en un lugar ventilado, con luz natural, una temperatura agradable y posibilidad de mirar hacia el exterior. No necesitamos conocer neurociencia para percibir que nuestra experiencia cambia. Lo que la investigación intenta comprender es precisamente cómo y en qué medida cambia.
La neuroarquitectura es todavía un campo joven que reúne conocimientos procedentes de la arquitectura, la psicología y las neurociencias. Las revisiones científicas disponibles encuentran relaciones entre determinadas características de los espacios y respuestas físicas, cognitivas, emocionales y sociales. Al mismo tiempo, los investigadores reconocen que el campo necesita mayor estandarización metodológica. Por ello conviene alejarnos de afirmaciones simplistas como que determinado color “produce felicidad” o que una habitación específica “cura el estrés”. La relación entre una persona y el espacio que habita es mucho más compleja.
Uno de los antecedentes más conocidos lo encontramos en un pequeño pero influyente estudio del investigador Roger Ulrich, publicado en Science en 1984. Ulrich examinó los registros de recuperación de pacientes sometidos a cirugía: 23 tenían desde su habitación una ventana con vista hacia un entorno natural y otros 23, comparables, veían una pared de ladrillos. Quienes observaban los árboles tuvieron estancias postoperatorias más cortas, recibieron menos comentarios negativos en las notas de enfermería y utilizaron menos analgésicos potentes. Una ventana, evidentemente, no cura una enfermedad; el estudio sugería algo mucho más interesante: el entorno puede formar parte de las condiciones que acompañan nuestra recuperación y bienestar.
Décadas después, el interés por nuestra relación con la naturaleza ha crecido considerablemente. Una revisión publicada en 2026, que integró 203 fuentes científicas sobre diseño biofílico, encontró asociaciones consistentes entre la incorporación de naturaleza a los espacios y resultados como menores indicadores fisiológicos de estrés y mejoras en atención y desempeño cognitivo, aunque los mecanismos y efectos dependen del contexto y todavía existen preguntas por resolver.
Pero existe otra dimensión de los espacios que no podemos medir únicamente en metros, iluminación o decibeles: su significado. Una casa está hecha también de historias. La fotografía de alguien que amamos, una mesa alrededor de la cual hemos conversado durante años, un objeto heredado, un libro, una manta o el aroma de una comida pueden convertir un espacio físicamente ordinario en un lugar emocionalmente extraordinario. Nuestro cerebro no percibe solamente formas y colores; relaciona los lugares con memoria, emoción, identidad y pertenencia.
Y aquí es donde esta conversación se encuentra con la felicidad.
Si entendemos la felicidad no como estar permanentemente alegres, sino como una experiencia amplia de bienestar, los lugares que habitamos adquieren una nueva importancia. Un espacio puede facilitar el descanso, favorecer la concentración, permitir la intimidad, acercarnos a la naturaleza o propiciar el encuentro con otras personas. Puede ofrecernos estimulación cuando la necesitamos y refugio cuando nuestro organismo pide calma.
Esto no significa que una casa hermosa vaya a hacernos felices. Ningún diseño puede sustituir los vínculos, el sentido, la salud o las condiciones fundamentales de una vida digna. Significa reconocer algo más sencillo: el bienestar también tiene una dimensión espacial.
Quizá por eso valga la pena mirar de vez en cuando el lugar donde vivimos y preguntarnos no solamente si nos gusta, sino cómo nos hace sentir.
Porque nosotros construimos, decoramos y transformamos los espacios. Pero mientras vivimos dentro de ellos ocurre también el movimiento contrario: silenciosamente, día tras día, los espacios también nos habitan a nosotros.

