Los milagros se admiran, no se explican: “La mirada” de las Observaciones a la Rama Dorada de Frazer I

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En este texto, quisiera explorar la preocupación de Wittgenstein por la posibilidad de penetrar en el sentido de la magia y la religión presente en sus Observaciones a «La Rama Dorada» de Frazer (1967). Para esto, diremos que el texto parece sugerir que la manera adecuada de abordar este problema es ensayar una mirada filosófica con la sensibilidad suficiente para captar los aspectos implícitos de las formas religiosas y mágicas de ver el mundo. Así, primero nos referiremos a las razones de Wittgenstein para adoptar un acercamiento filosófico a lo mágico y a lo religioso íntegramente desciptivo en lugar de explicativo. Y, después, sugeriremos que Wittgenstein refuerza esta posición apelando al asombro que genera acercarse a estas formas de ver el mundo desde la mirada que presenta; y cómo esto puede interpretarse como una señal de haber accedido al sentido de aquello que antes era impenetrable.

  1. La necesidad de una filosofía descriptiva

Las Observaciones a la Rama Dorada de Frazer son un conjunto, como su nombre indica, de observaciones y críticas hechas por Wittgenstein paralelamente a su lectura de lo que fue la obra más famosa del antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941). En ellas no sólo encontramos el testimonio fundamental que nos permite ver un cambio de época en él (Monk, 2016), sino que, además, constituyen su corpus filosófico más basto y fiable sobre las consideraciones que tenía de las formas religiosas o místicas de conocimiento y lo que veía en ellas.

Desde la visión de Frazer, todas las prácticas rituales a las que se acerca no terminan siendo más que una serie de tropiezos hacia el estado actual de progreso de la ciencia y de la filosofía. Y más bien, Wittgenstein termina dándose cuenta de que la pretensión de Frazer no es capturar el sentido de todos ellos, sino adaptarlos finalmente a un método científico que les es profundamente ajeno. Con esto, nos damos cuenta de que, en la visión de Frazer (2021), más allá de un evidente sesgo positivista, se puede notar un complejo de superioridad cultural escondido tras su fe en la ciencia. Presentemos un ejemplo breve para familiarizarnos con su manera de abordar estos temas:

El mago primitivo conoce solamente la magia en su aspecto práctico; nunca analiza los procesos mentales en los que su práctica está basada y nunca los refleja sobre los principios abstractos entrañados en sus acciones. (…) El verdadero concepto de ciencia está ausente de su mente rudimentaria. Queda para el investigador filosófico descubrir el camino seguido por el pensamiento que fundamenta la práctica del mago; (…) aislar los principios abstractos de sus aplicaciones concretas; discernir la ciencia espuria tras el arte bastardo. (págs. 23-24).

Entonces, Wittgenstein no nada más se da cuenta de una limitación tan seria arrastrada a lo largo de una obra considerada canónica durante décadas para entender a Occidente, sino que se concentra en sus efectos y advierte que normalizar el error ha provocado que La vida del espíritu se nos ha hecho estrecha, y que esto no nos preocupa porque la ciencia ocupa todo nuestro asombro. Lo que nos ayuda a entender que su crítica hacia la mirada científica apunta a su sobrevaloración en la cultura y no a la ciencia en cuanto tal, (Krebs, 2008). Así lo pone en su texto:

La idea que Frazer se hace de las visiones mágicas y religiosas de los hombres no es satisfactoria: presenta tales visiones como si fueran errores. (…) Ya la idea de querer explicar una costumbre –la muerte del sacerdote-rey, por ejemplo– me parece fuera de lugar. Todo lo que hace Frazer es reducirla algo que sea plausible a hombres que piensan como él. Es del todo extraño que todas estas costumbres se expongan, por decirlo de alguna manera, como tonterías. (Wittgenstein, 2009, págs. 309-310).

Asimilado el error de Frazer, vemos que la dificultad para captar el sentido de lo mágico y lo religioso no nace de ellas mismas sino de las limitaciones de nuestra mirada, por lo que sólo un cambio radical de perspectiva nos permitirá tener en claro a qué apuntan y a partir de aquéllo empezar a decir cosas significativas sobre ellas. Por esto, la novedad de la propuesta de Wittgenstein pasa por darse cuenta de que el lugar del que nace el problema se encuentra más allá de la formalidad de nuestros conceptos, y que más bien pareciera estar en nuestro interior, desde donde nuestras formas de vida se filtran hacia los criterios gramaticales que utilizamos y a los conceptos con los que nos acercamos a los fenómenos religiosos, provocando que veamos atraso o pseudociencia donde en realidad hay expresiones distintas de la vida humana. Tal como nos dice en una de las primeras observaciones del texto, cuando refiere que ni San Agustín ni cualquier Santo Budista incurría en ningún error en aquello que decían a no ser cuando explícitamente quisieran poner en pie una teoría, y que más bien, ante este tipo de expresiones, debemos abandonar nuestras pretensiones de explicar y sólo decir: así es la vida humana. (Cfr. Wittgenstein, 2009, págs. 310-311).

Apuntado este problema, Wittgenstein (2021) añade posteriormente que éste se manifiesta en nuestra necesidad actual de explicar todo; incluso aquello que no se deja. Sobre lo cual, es muy conocido cuando apunta en el §217 de sus Investigaciones Filosóficas: Si he agotado los fundamentos, entonces he llegado a la roca dura y mi pala se retuerce. (…) A veces requerimos explicaciones no debido a su contenido, sino debido a la forma de la explicación. (pág. 141). Con lo que, más bien, parece estar queriendo decirnos que explicamos incluso lo que no se deja porque nosotros requerimos explicaciones y no porque el problema al que nos acercamos las necesite. Lo que, en último término, aclara que señale en las Observaciones: La explicación, si se la compara con la impresión que nos produce la descripción, es demasiado precaria. (…) Toda explicación es una hipótesis (pág. 312), sugiriéndonos que el abordaje filosófico de lo indecible que realmente aspire a captar su sentido debe hacerse desde un lenguaje descriptivo, que, más bien, libere a su contenido de lo taxativo de conceptos o criterios ajenos.

La crítica de Wittgenstein, por lo tanto, no apunta tanto a relativizar el rigor filosófico tradicional sino a que nos invita a centrarnos en la forma de vida del creyente, para que con ella podamos echar luz a lo oscuro de la magia y la religión, y así aislar nuestro entendimiento sobre ellas de sesgos personales y de otras formas de vida que nada tienen que ver con las que les son propias. (Meléndez, 2016).

Según esto, lo que se propone frente a lo inefable de la magia y la religión, como decíamos, es una recuperación de su sentido concibiendo el acercamiento a la forma de vida del creyente encontrando en ella una serie de rostros ocultos que por medio de un lenguaje descriptivo podemos, en lugar de explicar, mostrar de una manera menos sesgada, y por lo mismo más enriquecida, que sea capaz de resonar en nosotros y decirnos más cosas sobre el otro porque activa fibras sensibles que todos compartimos, y que son capaces de llevarnos a nuevos niveles de comprensión. Conjuntar correctamente lo que uno sabe y no añadir nada más, son las palabras de Wittgenstein sobre esto.

Pero tengamos claro que con lo anterior, no se niega la posibilidad de interpretar, pensar, recoger o recuperar aquellas cosas que encontremos interesantes al interior de este tipo de expresiones. Sino que su limitación apunta a que nos acerquemos a lo mágico y lo religioso tratando de captar los matices que subyacen a sus reglas implícitas, ojo, no llamando la atención sobre cómo se conectan las partes de una manifestación religiosa, sino agudizando nuestra mirada ante sus relaciones formales. (Cfr. Wittgenstein, 2009, pág. 320).

Finalmente, Wittgenstein redondea este tipo de acercamientos postulando un concepto adaptado a todas las exigencias de su forma de descripción que llama Representaciones Perspicuas, en el que deposita su seguridad como el vehículo para comunicar los aspectos que tanto le interesan como cree que debiera hacerse, y que pone de la siguiente manera en el texto:

El concepto de representación perspicua es de una importancia fundamental. Designa nuestra manera de representar la manera según la cual vemos las cosas. (…) Esta representación perspicua es el medio para la comprensión consistente en «ver las conexiones». De ahí la importancia de encontrar cadenas intermedias. (Wittgenstein, 2009, pág. 319).

Por medio de dicho concepto, entonces, se apunta a aprovechar la manera en que nuestras palabras o descripciones sobre las cosas resuenan en los otros para despertar las rutas de interés que compartimos y hacer de ellas un mejor recurso para hacer más comprensibles aquello que queremos mostrar. Es decir, por medio de una representación perspicua podemos describir nuestra apreciación de la experiencia a la que hemos intentado acercarnos por medio de un ejemplo o una historia figurando nuestro lenguaje de tal manera que, con ella, podamos hacer clic en el interior del otro para mostrarle lo que nos parece que es el sentido de aquello que describimos; y eventualmente, establecer un diálogo sobre sus potencialidades filosóficas.

Wittgenstein, entonces, estaría buscando no perder la riqueza de cada contexto y no tanto proponer una manera válida de entenderlos a todos como pasa con el método científico. Su propuesta sobre la posibilidad de penetrar en lo mágico y lo religioso en busca de su sentido, hasta aquí, termina apuntando a tomar nuestro acercamiento a estas dos formas del espíritu humano como una búsqueda de pisos comunes que tenemos todos de una forma u otra, y que reconocemos gracias al uso de nuestro lenguaje.