Los mínimos de la calidad: ni formalismo ni vulgaridad

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Ortega y Gasset decía: En materia de arte, de amor o de ideas, veo poco eficaces anuncios y programas. En aquella minúscula frase queda contenida la idea principal que quisiese compartir en el espacio de esta semana: que la calidad en las humanidades, y prácticamente en cualquier trabajo intelectual, pasa por un punto exacto entre unos mínimos de formalidad y una distancia considerable de la vulgaridad. Con esto me refiero a que la excesiva atención en la forma cercena la profundidad y la belleza de las ideas que pudiésemos presentar por adaptarse a unas reglas rígidas que sólo quienes adolecen de originalidad y los burócratas toman en serio, y a la vez, que la vulgaridad en cualquier asunto pasa por no preocuparse en lo más mínimo por cuidar un poco las ideas que se quieren transmitir, por muy seguro o convencido que se esté de ellas.

Si bien, el formalismo puede llegar a ser admirable e incluso destacable como un talento de ciertas personas, creo que, en el ámbito de desarrollar o producir ideas, es algo muy lejano de ser un método universal. Son incontables las almas que en las formas no encuentran otra cosa que una cárcel para sus ideas. Esta idea no debe confundirse: cuando digo que algunas personas no pueden expresarse adecuadamente en un contexto excesivamente centrado en la forma y defiendo la originalidad de su pensamiento, me estoy refiriendo a que deben buscar un lugar en el que el rigor sea distinto, pero que no esté nunca ausente. Reclamar contra el formalismo proponiendo contra él una ausencia total de rigor, tiene igual o menos sentido que el exceso de formalidad.

Por su parte, cuando me refiero a vulgaridad en el ámbito de lo académico me refiero al capricho en el desarrollo de trabajos. A leer, revisar y referenciar nada más lo que a uno le gusta. A no revisar a los más terribles críticos de uno mismo. A leer a quien se quiere criticar por medio de segundos o hasta terceros y a partir de ahí, pensar que esa pila de información sesgada transporta el verdadero sentido de lo que alguien quiso sostener. O lo que es peor en la actualidad: conocer la obra de un autor por medio de blogs, vídeos, podcasts o revistas de divulgación. Con esto quiero decir que el problema no es la divulgación en las humanidades, porque es una puerta momentáneamente buena para entrar a ellas. Me estoy refiriendo a que, si se quiere trabajar en serio, la divulgación debe ser la primera puerta que se cierre.

La referencia de Ortega, ahora, cobra más sentido. Con ella nos quiere decir que, en los asuntos de una trascendencia mayor, la eficacia, la enjundia y la riqueza intelectual pasan por encontrar un punto claro de originalidad que evite la superficialidad de la divulgación, del programa tendenciosamente resumido, del anuncio masivo en el peor sentido de la palabra, por mucha claridad que tenga y por mucho que diga exactamente lo que nosotros queremos. Y a la vez, en adición, a mi modo de entender la idea de Ortega, que nuestro trabajo en estos linderos debe ser profundamente riguroso, sumergido en las fuentes más puras de aquello que nos interesa, pero siempre sabiendo pasar por encima de las formas que éstas nos brindan,buscando una voz propia. Pues ésta, una vez encontrada, no puede quedarse perdida en la vacuidad del ‘metodologicismo’.