Los velos de la cultura peruana

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Como se anunció la semana pasada, durante la corriente y tal vez durante algunas más, me gustaría prolongar la semblanza iniciada sobre la obra del filósofo peruano Augusto Salazar Bondy. En la anterior, se había dado un panorama básico sobre su obra, sus virtudes y los alcances de su pensamiento. También se había hablado sobre los principales escollos para la genuinidad de la filosofía latinoamericana, y se había recordado una pregunta con la que toda persona que quiera pensar la esencia y estructura del Perú, debería tener siempre presente: ¿qué de especial, genuino, verídico y bello tiene el Perú para aportar a ésta? o la otra pregunta universal, ¿cómo expresar esta respuesta para resaltar su genuinidad y hacer del Perú ya no un comentador si no autor de referencia?

Creo que si Salazar cuajó tres faenas dignas de recordar en materia de ideas fueron: el Estado y fisionomía de la Filosofía Latinoamericana, la cultura peruana, y las vías para reformar la educación del país. Ya habiéndome referido a la primera, esta semana me gustaría hacerlo con la segunda con un comentario de un libro suyo que está más vivo que nunca: Entre Escila y Caribdis, Reflexiones Sobre la Vida Peruana (1969).

 

Salazar en este texto deja claro que su objetivo es pensar al Perú y a la identidad de los peruanos en el mundo que le tocó vivir. Como la mayoría de los pensadores de esta época, sus ideas estribaban entre términos como Cambio estructural, subdesarrollo, dependencia, dominación o alienación, entre muchos otros, y su manera de abordar la crítica de su tiempo era la de un socialismo humanista. Por esto, el texto es, ante todo, sensible a las necesidades y esperanzas de aquellos peruanos que desean llegar a ver una reforma de la coyuntura nacional en todos sus niveles. Además de muy pertinente a la hora de clasificar en clases de hombres y no en clases sociales al hombre peruano. Y es que, según su modo de ver, la polarización del pensamiento peruano en estratos, que se odian, ha hecho que el país tenga que navegar entre los Escilas del universalismo abstracto y los Caribdis del contextualismo radical sin llegar a ningún lado.

 

Ni bien al abrir el libro, uno se topa con Imagen del Perú de hoy, un texto de declaraciones políticas que perfectamente podría haber sido colocado al final junto a La conciencia del Vietnam. Como fuese, el más importante sin duda alguna es La cultura de la dominación, ubicado en el segundo lugar del volumen, de matices y aspiraciones mucho más profundos y no necesariamente políticos o económicos tanto como culturales y axiológicos. Ahí es donde se ve a Salazar brillar como filósofo de la cultura peruana, cuando se dedica a desarrollar la idea de criticar y después Postular nuevos fines sociales, para con ellos enriquecer cualitativamente la vida y cultura peruanas y así desprenderla de varios de sus vicios.

Así, el texto arranca dejando claro que, ya desde esas épocas, el pluralismo cultural es un rasgo característico de la vida peruana. Algo que, como se ha dicho aquí varias veces, no ha dejado de hacerse presente en ningún momento. Sin embargo, el fenómeno ha sido complicado desde siempre. Salazar pensaba que la cultura de unos grupos es afectada por la de otros y que los resultados de estos procesos eran sincretismo fallidos, que devenían en una sociedad plural, pero sin organicidad ni integración. Los diálogos entre todos los estratos de la sociedad nunca pasaban de la roca dura que supone vivir en un país descosido, y la existencia de una norma fundamental, un principio integrador gracias al cual los particularismos se resuelvan potenciándose hacia la unidad, se extraña más que nunca.

 

Abierto el problema, uno se da cuenta de que a la postre de su desintegración, la cultura peruana no está exenta de problemas y fenómenos sociales que hacían al Perú ajeno de la dicha de ser un país potente en términos intelectuales. Por esto, que Salazar apuntaba hasta cinco taras totalmente anginosas, pero consustanciales a la vida intelectual peruana: la mistificación de los valores, la inautenticidad, el sentido imitativo de las actitudes, la superficialidad de las ideas, y la improvisación de los propósitos.

 

De todas aquellas taras, se desprende el problema identitario fundamental del peruano: que desconoce por entero su identidad más propia y que vive ignorando y enmascarando a la verdad sobre sí, menospreciando inevitablemente las realizaciones propias de su cultura, y soportando el despejo y la exclusión de los bienes más elementales de la vida. Aún así, Salazar no tiene intenciones de invertir los roles de la sociedad por completo, esto le parecía tan torpe como ineficaz para solucionar los vicios de la cultura. Él mismo reconocía que idiosincrasias como el indigenismo, el cholismo, el hispanismo, el criollismo, el nacionalismo geográfico, el occidentalismo y otras corrientes similares eran todas, intentos fallidos por recurrir a exaltar una parte del problema como antídoto para no tener que mirar a otros mucho más profundos y complicados de nuestra vida diaria.

Otro problema acrecentado y terrible, decía Salazar Bondy, era rendirse ante la influencia de las potencias extranjeras –que habían dominado el Perú de antaño o que ahora lo dominaban de una u otra forma– cuando se tenía que recurrir al arte popular, al criollismo o a las instituciones locales como la principal fuente de valor cultural o intelectual del país para no quedar tan mal parados ante la comparación frente a otros más desarrollados. De verdad, que no puede existir comparación ni más bruta ni más torpe que esta. ¿Quiénes la hacían, no se daban cuenta de que suscribir esta idea deviene en relegar la originalidad y fuerza creadora del país a sectores mucho menos relevantes? Como decía Bondy, era inaceptable decir que el Perú no puede aspirar a preocupaciones espirituales más profundas. Es que el Perú no es para tanto, no sirve para eso. Por supuesto que el Perú es para eso, pero que al siglo XX se responda como menores de edad del mundo contemporáneo, es distinto.

En suma, creo que si la cultura peruana aún no ha terminado de ser entendida o revalorizada por el grueso de sus ciudadanos es porque las taras intelectuales que Salazar denunciaba en su tiempo están igual de vivas, y porque desde el ámbito educativo, nadie ha ido hacia ellas en corto y por derecho. Aún existen una considerable cantidad de imposiciones intelectuales y culturales que no pueden ni comprenderse por los individuos más diversos, y el país se sigue descosiendo de xenofobia. Y aun cuando la respuesta a dichos problemas estuviese en filosofías críticas y develadoras como la de Salazar, surge la pregunta, ¿cómo difundirlas sanamente sin inducir a reduccionismos similar a los que él mismo denunciaba? Lo vemos la próxima semana.