MAESTRO

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Hay una vieja costumbre humana de tratar al error como si fuera un intruso, algo que se cuela en nuestros planes y que hay que expulsar cuanto antes, ocultarlo, negarlo o, peor aún, castigarlo. Crecemos escuchando que equivocarse es un fracaso, que quien se equivoca no sirve, que hay que evitar el error a toda costa. Y sin embargo, si uno se detiene a mirar con calma la trayectoria de cualquier vida, descubre algo incómodo, pero liberador, casi todo lo valioso que hemos aprendido llegó disfrazado de tropiezo.

La filosofía, desde sus orígenes, no ha dejado de sostener esta paradoja. Heráclito de Éfeso, el oscuro, enseñaba que todo fluye, que nada permanece idéntico a sí mismo de un instante a otro. Si el mundo entero es movimiento y transformación constante, entonces la certeza fija,  esa que tanto anhelamos, es siempre una ilusión momentánea, un espejismo que la realidad se encarga de desmentir tarde o temprano.

Equivocarse, bajo esa mirada, no es apartarse de un orden estable, sino simplemente descubrir, con un poco de retraso, que ese orden nunca fue tan estable como creíamos. El error nos devuelve al río, nos recuerda que no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas, ni tampoco pretender que nuestras ideas de ayer sigan sirviéndonos intactas hoy.

Sócrates construyó todo un método filosófico alrededor de una confesión incómoda, la del propio desconocimiento. Su forma de dialogar, tal como la recordamos a través de sus discípulos, consistía en desarmar pacientemente las certezas ajenas hasta que el interlocutor se topara con su propia ignorancia. No lo hacía por crueldad, sino porque entendía que reconocer el error, era el primer peldaño, y no el obstáculo, hacia un conocimiento más genuino.

Quien cree saberlo todo ha cerrado ya la puerta por la que entra el aprendizaje. Quien admite su error, en cambio,  ha dejado abierta esa puerta de par en par.

El filósofo de la ciencia Karl Popper sostuvo que ninguna teoría puede probarse verdadera de manera definitiva, lo único que podemos hacer es someterla a pruebas que intenten refutarla, y quedarnos, mientras tanto, con aquella que mejor resiste el embate de la evidencia. El conocimiento, para Popper, no avanza acumulando confirmaciones cómodas, sino tropezando de manera sistemática y deliberada contra sus propios límites. Una teoría que no puede equivocarse nunca,  que está blindada contra cualquier posible refutación no es una teoría poderosa, es una teoría vacía. Lo mismo podría decirse de una vida, la que se blinda contra la posibilidad del error no es una vida sabia, es una vida detenida.

Pero hay algo más profundo aún que la utilidad práctica del error, algo que toca no sólo cómo pensamos sino quiénes somos. Vivir con miedo absoluto a equivocarnos es vivir encogidos, y esa contracción tiene un costo enorme, la parálisis. Quien no se permite el error termina no permitiéndose casi nada. No se anima a hablar en público, no se anima a amar sin garantías, no se anima a crear algo nuevo, porque crear implica necesariamente arriesgarse a que el resultado no sea perfecto.

La perfección, de hecho, es una idea peligrosa cuando se convierte en condición para actuar, nos vuelve espectadores de nuestra propia vida, esperando eternamente el momento en que estemos listos, momento que, por definición, nunca termina de llegar. Friedrich Nietzsche, con su habitual violencia lúcida, denunció esta parálisis como una forma sutil de cobardía disfrazada de virtud. Para él, la vida no es un examen que se aprueba o se reprueba, sino una fuerza que se afirma incluso y sobre todo a través de sus caídas. Su idea del eterno retorno puede leerse como una pregunta radical, si tuvieras que vivir exactamente esta vida, con todos sus errores incluidos, una y otra vez, por toda la eternidad, ¿podrías desearla igual?

No se trata de desear la perfección, sino de poder decir sí a la totalidad de lo vivido, tropiezos incluidos, como condición misma de una existencia afirmada y no meramente soportada.

El estoicismo, por su parte, ofrece una vía distinta, pero igualmente iluminadora. Epicteto, que había sido esclavo antes que filósofo, enseñaba a distinguir con rigor entre lo que depende de nosotros y lo que no. El error, entendido correctamente, pertenece a esa zona intermedia y fértil, no podemos garantizar el resultado de nuestras acciones, pero sí podemos gobernar el juicio que hacemos sobre ellas. Equivocarse no está enteramente en nuestras manos,  lo que sí está en nuestras manos es qué hacemos después con ese error, si lo convertimos en motivo de autodestrucción o en materia de aprendizaje.

Marco Aurelio, emperador y discípulo tardío de esa misma escuela, se recordaba a sí mismo en sus escritos íntimos que el obstáculo en el camino puede convertirse en el camino mismo, que aquello que en un primer momento parece un impedimento, mirado con la disposición correcta, se revela como una oportunidad para ejercitar precisamente la virtud que la situación exige.

Hay una diferencia importante, entre el error y la negligencia, entre equivocarse habiendo puesto el cuerpo entero en el intento y fallar por simple descuido. No se trata de romantizar cualquier tropiezo ni de convertir el error en excusa permanente. Se trata de otra cosa, más precisa, de correr al error del lugar moral donde solemos ubicarlo, como falta, como culpa, como vergüenza, y, devolverlo al lugar que realmente le corresponde, que es epistemológico. El error no dice eres menos. Nos dice todavía no sabías esto. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, lo cambia absolutamente todo, finalmente, convierte una sentencia sobre nuestro valor en una simple actualización de nuestro mapa del mundo.

Quizás el gesto más maduro que podamos hacer con nuestros errores no sea evitarlos ni negarlos, sino escucharlos. Preguntarles, con genuina curiosidad y no con autocompasión, qué vinieron a mostrarnos.

Porque debajo de cada equivocación hay, casi siempre, una verdad que todavía no habíamos querido ver, una resistencia que el mundo nos opone para corregir el rumbo de una expectativa demasiado rígida.

El error no es la ausencia de sabiduría. Es, muchas veces, su forma más honesta de llegar.

Nadie que hoy es sabio nació sabio. La sabiduría no es un punto de partida sino una acumulación de intentos fallidos que se fueron puliendo con paciencia, casi siempre en soledad, casi siempre sin reconocimiento inmediato. Quien mira con desprecio el error ajeno,  o el propio error pasado, olvida que ese error fue, en su momento, lo mejor que esa persona sabía hacer con la información y los recursos que entonces tenía. Juzgar el pasado con los ojos del presente es una trampa fácil y cómoda, comprenderlo con los ojos de quien estaba ahí, tanteando en la oscuridad sin el mapa que hoy sí tenemos, es un ejercicio de compasión que empieza, necesariamente, por uno mismo.

Al final, tal vez la pregunta no sea cómo evitar el error, tarea imposible para cualquier criatura, sino qué clase de relación queremos construir con él. Podemos tratarlo como enemigo, y entonces cada equivocación se transformará en una herida que se acumula sobre otra herida, hasta volvernos cautelosos hasta la inacción. O podemos tratarlo como maestro exigente, pero nunca cruel, que no busca humillarnos sino simplemente mostrarnos, con la paciencia de quien no tiene apuro, el camino más certero hacia lo que aún no sabemos.

Las personas que finalmente logran algo valioso, lo que sea, una vida buena, un oficio, una relación duradera, una obra que perdure, no son las que nunca se equivocaron, sino las que se quedaron el tiempo suficiente dentro del error como para al fin y al cabo aprender de él.