Maldita hipocresía

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Expresa un adagio que toda paciencia tiene un límite, aun con conocimiento de esa sabiduría popular, hay quienes llevan al punto más alto su tolerancia y, en ánimo de no general conflictos, aguanta muchas cosas.

Con el paso de los años, técnicamente vamos adquiriendo la madurez para discernir –racionalmente–  sobre todo aquello que acontece en nuestro contexto; aprendemos –en teoría– con el tiempo a saber reaccionar ante los estímulos del  entorno y determinamos cual es el rumbo que debemos tomar para salvaguardar los derechos propios y la armonía.

Pero ni el santo Job, en sus momentos de alta frecuencia, habría tolerado un mundo como el que vivimos, en el que una gran mayoría de personas actúan de manera negativa al no ser congruentes entre lo que dicen y hacen; haciendo de la maldita hipocresía un estilo de vida.

Desde la propia etimología (hypokrisía) cuyo significado es, literalmente, responder con máscara, entendemos que hay quienes de facto buscan a toda costa ocultar una parte de ellos mismos.

Mucha gente, muchísima en verdad, anda con bandera de amabilidad, saludando a todos, con sonrisa y toda la cosa, fingiendo ser amigos del mundo mundial para, a la menor provocación, hablar a espaldas del otro.  Más allá de lo evidente, que es la carencia absoluta de lazos maternos, convergen la mentira y la maldad por propagar rumores que en la gran mayoría de lo casos no son ciertos.

Otros, cual Pepe grillo, llevan a los oídos del otro rumores maliciosos con toda la intención de generar un perjuicio; no confundamos, si tengo evidencia de que algo está mal, argumento, señalo y compruebo, pero si todo es una construcción maquiavélica para desestabilizar a una persona u organización, nos estamos equivocando.

Algunos estudiosos establecen que la hipocresía puede ser categorizada en cuatro formas; por inconsistencia, cuando alguien se siente extraño en un ambiente determinado y tiene que buscar una máscara para pretender ser quien no es; por pretensión, cuando la persona busca mostrar una cara que resulte beneficiosa para sí misma ante los demás; por culpa, cuando la propia personalidad no va en concomitancia con los valores y normas del contexto particular y se busca construir una imagen falsa para evitar ser descubiertos y por complacencia, cuando la baja autoestima lleva a la construcción de una imagen falsa para pertenecer, tal y como sucede en redes sociales.

Sea cual sea la razón de origen, el hipócrita vive en la miseria humana, entre chismes, escándalos, murmuraciones, falsedad y en casos extremos, escándalos. Muchas personas aluden a la religión, presumen de gran moral, se visten de grandes expertos, presumen un falso altruismo con la finalidad de venderse como grandes seres humanos.

La hipocresía sirve al hipócrita como pantalla para proteger su verdadero yo y su reputación; cuando una persona señala en público una conducta como censurable, pero en su vida privada comete justamente esa conducta, cae en la falacia. Existe una clara discordancia entre el sentido de la moral y las acciones.

Da miedo descubrir que aquellas palabras del escritor británico William Somerset (1874–1965), en tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo, parezcan un paradigma de vida.

Para pensarse, ¿no?

horroreseducativos@hotmail.com