Manifiesto satírico

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Dada la realidad alterna que nos hemos permitido justificar; tan llena de incongruencias, inconsistencias, mentiras, pretenciones, simulaciones, falsedades, discriminaciones, entre otras linduras.  Es claro que muchos son felices aplaudiendo al inconsciente, al pretencioso, al mitómano, al patán; todo sea por  la gloria eterna de la burocracia y la solemnidad hueca.

Imaginemos como sería ese escenario; con un lider (o lideresa), dirigiéndose a sus lacayos, desde la arrogancia de su oficina o desde lo absurdo de sus esceniarios que proyectan éxito al mundo,  con palabras llenas de sarama.

Todo debe comenzar con una declaración de principios; nosotros, los guardianes de la nada, proclamamos con orgullo que nuestra misión es preservar la inercia como patrimonio cultural. Creemos firmemente que el trámite es más importante que la acción, que el sello vale más que la idea, y que la espera infinita es la verdadera escuela de virtud ciudadana.

Por supuesto, se deben presumir los avances de gestión, porque eso es lo que da sentido a su quehacer diario: se ha perfeccionado el arte de la fila interminable, donde el usuario aprende que la paciencia sustituye a la justicia; hemos elevado la reunión improductiva a ritual sagrado, porque ahí es donde podemos tratar de convencer a los cercanos de que nosotros somos semi dioses: actas que registran lo que nunca ocurrió, acuerdos que jamás se cumplirán, desacato de órdenes de los superiores y discursos que se repiten como letanías vacías. Todo hasta el punto en que la realidad se disuelva en un océano de caprichos y estupideces.

Sobre la educación también hay mucho que presumir, puesto que la mayor hazaña ha sido blindar la mediocridad con discursos sobre “innovación”; porque nada es tan cierto como un PowerPoint lleno de palabras huecas y un diploma que certifica la ausencia de pensamiento crítico. La excelencia en las instituciones debe medirse con hologramas dorados, eventos de relumbrón y ceremonias interminables, nunca en ideas que incomoden.

Pero en muchos sentidos, la joya de la corona es la tan socializada Excelencia sin resultados, que garantiza la reproducción de un paradigma en el que buscamos culpables antes que asumir responsabilidades; en el que los datos falsos se repiten tantas veces que acaban siendo una verdad falaz; la verdadera innovación es haber convertido la solemnidad hueca en un sistema autosustentable: mientras más vacío, más solemne.

Hoy muchas instituciones, privadas y públicas, son un mausoleo de solemnidad hueca, donde la apariencia es la única verdad y la sustancia un mito peligroso;  las prioridades están en donde no deben, el énfasis se procura en las banalidades y no en lo sustantivo: los paladines de las cosas sin sentido ven crecido su ego, su arrogancia y ese dejo de inmaculación que les da el micro poder que tienen. 

La simulación es un espejo roto en el que cada fragmento refleja una pantomima sin sustancia; un laberinto de pasillos interminables donde las ideas se pierden como ecos en un templo vacío. 

Lo verdaderamente sorprendente, y quizás no tanto, es percatarnos que muchos, más de los que suponemos, gustan de dar seguimiento a este manifiesto satírico que refleja a una sociedad permisiva y conformista.

¿Tan incapaces somos de cambiar las cosas?

horroreseducativos@hotmail.com