MARTÍ SOBRE HEREDIA

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Derivado de la malhadada carta que José María Heredia escribió al gobernante de la Isla que se encontraba aún bajo la égida española, sólo una voz sagrada cuya autoridad moral no pudiera ponerse en duda, podía sacar del olvido y de la ignorancia al admirable cubano que vivió en el exilio y la desgracia. José Martí, el hombre del espíritu puro, el sabio que conocía el comportamiento del alma humana, supo aquilatar lo que Heredia había dado a cubanos y mexicanos y, a través de ellos, a los latinoamericanos. Su discurso dicho en la ciudad de Nueva York, en Hardman Hall, el 30 de noviembre de 1889, a sólo cincuenta años del fallecimiento del prócer, nos hace ver la grandeza de alma de Martí, y el reconocimiento exacto que hace de quien fue su maestro en las letras y en el vivir la experiencia del exiliado.

Se nos olvida que Heredia fue sobre todo un exilado en vida. Dice el mártir y revolucionario José Martí: Yo no vengo aquí como juez a ver cómo se juntaron en él la educación clásica y la francesa, el fuego de su alma, y la época, accidentes y lugares de vida, ni en qué le aceleraron el genio la enseñanza de su padre y la odisea de su niñez, ni qué es lo suyo, o lo que de reflejo, en sus versos famosos, ni apuntar con dedo inclemente la hora en que priva su alma de los empleos sumos, repitió en cantos menos felices sus ideas primeras, por hábito de producir, o necesidad de expresarse o gratitud al pueblo que lo hospedaba, o por obligación política. Yo vengo aquí como hijo desesperado y amoroso, a recordar brevemente, sin más notas que las que manda a poner la gloria, la vida del que cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro, y a las palmas. En plena madurez la valoración que el mártir de la independencia hace de José María Heredia es de una sabiduría ejemplar. No habla por ganarse afectos o antipatías el orador, sino con el conocimiento del que acepta la paternidad de las letras cubanas en la persona del fallecido en ciudad de México en el mes de mayo de 1839.

Bello discurso, salido de la voz de quien sabe que la oratoria es una de las formas magistrales de la enseñanza. Prueba de ello son sus palabras: Donde son más altas las palmas en Cuba nació Heredia, en la infatigable Santiago. Y dicen que desde la niñez, como si el espíritu de la raza extinta le susurrase sus quejas y le prestara furor, como si el último oro del país saqueado le ardiese en las venas, como si a la luz del trópico se le revelasen por merced sobrenatural las entrañas de la vida, brotaban de los labios del niño estupendo el anatema viril, la palabra sentenciosa, la oda resonante. Sólo lenguaje de la poesía, pues maestro y alumno o hermanos en la palabra y la letra eran gemelos en su amor por lo que se puede decir cuando la vocación del escritor es pasión al estilo de Federico García Lorca, que no acepta a los banales que se acercan a la poesía pensando que es un pasatiempo sin espíritu y futuro. Bien dice el mártir cubano: La inmortalidad comenzó para él en aquella fuerza y seguridad de sí que, como lección constante de los padres duros, daba a Heredia el cariño de la casa. Ser agradecido, muy agradecido del origen, de familia y patria, de padres y hermanos, de identidad como ciudadano que sabe que nada se hace siendo uno solo. Que la soledad es la peor compañía del hombre o la mujer. Esa soledad a la que está destinado al llegarle la muerte física acompañada de la desolación del alma ante sus sueños rotos por la patria que le ha rechazado en su Isla de palmeras y hermanos, por la patria que le recibió para darle lecciones de la politiquería, nacida de la ambición, la voracidad y el fanatismo religioso contra el alma laica de una república que no termina por nacer.

Pero José Martí a cincuenta años resume la grandeza del padre de las letras cubanas. Relata los momentos amargos de Heredia, que todo hombre o mujer buenos no deberían de vivirlos. Dice Martí: Y volvió a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad a robo, el lujo a sangre. Su padre llevaba bastante de carey, y él también, comprando con el producto de sus labores de juez, y de abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella. Ver en calma un crimen, es cometerlo. La juventud convida a Heredia a los amores: la condición favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario, traen clientes a su bufete en las casas ricas le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta pies diversos, cuarenta estrofas: ¡Ese es Heredia! —dicen  por la calle—, y en las ventanas de las casas se juntan, y dicen bajo, como el más dulce de los premios: ¡Ese es Heredia! Pero la gloria aumenta el infortunio de vivir, cuando se ha de comprar al precio de la complicidad con la vileza: no hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí. Sabio de toda clase, Martí disecciona la personalidad de este gigante que nos nace a los latinoamericanos para dejar huella. No en el terreno de las armas —aunque las haya tomado en su momento—, sino en el del talento que es intelecto y arte.

El genio de José María Heredia sorprende porque es territorio cierto del intelecto, pero a la vez es territorio del artista que en cada paso de su existencia deja huella que deslumbra. Como educador, es prueba de la visión del pedagogo que desea una ciudadanía letrada, cultura, consciente del nuevo mundo donde ahora vive. Como jurista expone sus ideas y las mantiene como forma de vida: honestidad, comportamiento ético y moral que le hace ir dejando en el camino a los ‘politiqueros’ que han sido capaces de traicionar y matar a Vicente Guerrero, por ejemplo.

Sabio José Martí compara la juventud con el futuro próximo del poeta, dice: Grato es pasear bajo los mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando el mundo parece como que se creó, y que sale de la nada el sol, con su ejercicio de pájaros vocingleros, como el primer día de la vida: ¿pero qué mano de hierro le oprime en los campos cubanos el pecho? En las ventanas dan besos, y aplausos en las casas ricas, y la abogacía mana oro; pero al salir del banquete triunfal, de los estrechos elocuentes, de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo y pide clemencia a un cielo que no escucha a la madre a quien quieren ahogarle con azotes los gritos con que llama al hijo de su amor? El vil no es el esclavo, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas. Nada le fue fácil al genio que siguiendo la leyenda griega de la juventud que es feliz, exitosa, plena de laureles en la cabeza llena de ilusiones y éxitos.

Heredia, el sobresaliente escritor que a toda hora está produciendo ante los ojos asombrados que le miran, no sabe que ese destino pleno de logros se ha de transformar en joven edad en la decrepitud de un país que vive la barbarie, y que destruye sus ilusiones de romántico que en el amor encontró sus sueños realizados, pero en aquellos de la democracia sólo encontró el encono y la envidia, la calumnia y la difamación. ¿Es que acaso estuvo del lado conservador o del liberal de manera pura? ¿O con los dos bandos se encontró en lucha por ser un purista del hacer y pensar, a veces defendiendo la religión tal como la había aprendido en Cuba, pero que no sabía del encono que había en México por las desgracias que la Iglesia, como mundo material que convierte todo en oro y avaricia? Palabras de Martí no tienen fin. Igual que Heredia fue un escritor río, que escribe así: Y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así entre hierros, mancha en el mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América […] ¿Será tanta entre los cubanos la perversión y la desdicha, que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por sus propias manos, la voz de Heredia. Largo texto de oratoria que hace homenaje al primer escritor de Cuba, y a la vez define la grandeza de quien es padre de Cuba en el humanismo, que define a Heredia para decir a los vientos que nada detiene la leyenda cierta del exilado mexicano.