Memoria Indígena
Por Enrique Florescano siento una admiración que viene del tiempo y de la lejanía, al grado de que jamás he pasado de cerca para saludarle personalmente. Lo conocí en aquella época que siendo coordinador General de Cronistas Municipales (diciembre de 1985 a septiembre de 1987), puesto administrativo que se encontraba dentro de la Secretaría de Educación, Cultura y Bienestar Social, la cual presidía el Emilio Chuayffet Chemor. Esa experiencia me dejó marcado en mi afecto fraternal y de admiración por los cronistas a los que oficialmente se les había solicitado nombrar a través de los 121 ayuntamientos en el estado de México. Tiene razón el cronista Pedro Gutiérrez Arzaluz, quien señala que dicha Asociación de facto nació en el año de 1981 con los primeros nombramientos que hizo el director de Patrimonio Cultural Mario Colín Sánchez.
Pedro es cronista vitalicio de Ocoyoacac —no porque le hubieran designado frecuentemente en el municipio donde reside—, sino porque en Ocoyoacac, nadie tiene la obra de investigación, escrita y publicada de que se puede ufanar con orgullo, quien es decano de la crónica en la entidad y en el país. Al doctor Enrique Florescano le conocí porque la alabanza permanente que le hacía la doctora Margarita Loera Chávez y Peniche, dentro del protocolo del registro legal que se hizo para crear la AMECROM, que se hizo en enero de 1986, ella fue su primera presidenta al legalizar ante el Notario la Asociación Mexiquense de Cronistas Municipales. A Margarita Loera le acompañaron en la mesa directiva el Dr. Ignacio González Polo como vicepresidente, cronista de Polotitlán; secretario General Ricardo Poery Cervantes cronista de Naucalpan; tesorero Isaac Velásquez Morales cronista de Santiago Tianguistenco; y secretario de actas Alberto Fragoso Castañares cronista de Cuautitlán el viejo (que no de Romero Rubio, nombre que él rechazaba pues decía que era una imposición del porfirismo en favor de su suegro).
Sí, con ellos aprendí a amar la crónica y su pasión por la microhistoria. Aprendí a ver como un cronista defiende su postura ante lo dicho, como en el caso del admirado periodista don Ricardo Poery, quien insistía que el Árbol de la noche triste, no estaba en el lugar que los historiadores decían (Tacubaya), sino cerca de tierras naucalpenses. A través de estas experiencias de vida conocí al Doctor en Historia, Enrique Flores Cano, estudiante de El Colegio de México y, de la Sorbona en la Universidad de París. Quedé prendado de su sapiencia y sencillez. Supe bien, que Margarita Loera, como alumna del Dr. Florescano, sabía de su sabiduría y me la contaba en cada momento.
Ahora que tengo en mis manos el libro Memoria Indígena, escrita por él, antes del año de 1999, año en el que fue impresa a través de la editorial Taurus, comprendo que ciudad y municipio de Toluca no pueden definirse sin ir a lo profundo de su historia más lejana que es la era prehispánica. Que injusticia es para este lugar y sus antiguos pobladores plantear que la ciudad sólo tiene 500 años de haberse fundado, y sin respeto a la moral y ética que el investigador tiene de sí mismo, se niegue a buscar entre documentos, textos y crónicas antiguas, lo que fue tierra del dios Tolotzin, entre sus pobladores indígenas. El libro del Doctor Enrique Florescano es un texto refrescante que llama al gozo de aquello que nuestros ancestros crearon, para darse un contexto cultural de admirable brillantez. Una de las primeras páginas llama mi atención, la de las paráfrasis que abren su contenido, cito dos: Quisiéramos saber algo más sobre la memoria en general: sólo del mundo clásico y del mundo occidental podemos decir que estamos informados sobre el valor que se le atribuía a la memoria y sobre las técnicas empleadas para desarrollarla; en cuanto al resto del mundo, tenemos pocos elementos de información y éstos están dispersos. Dicho por Giorgio Raimondo Cardona, en su libro Antropología de la escritura. Lo que señala es la dispersión en la que se encuentran nuestras culturas indígenas. Nos es más fácil investigar la Colonia Española y los 200 años de vida independiente de México, que el pasado profundo de lo que fue nuestro país en época prehispánica. Reconocer ello, es la primera tarea para comprender la dificultad de nuestro estudio, que debe surgir de la pasión por saber de ellos, o no podrá ser abordada la labor ante problemas que crea, el desenterrar los más allá de los 500 años, que se han hecho como medida ajena al pasado de Mesoamérica y, en contra de quienes son los originales pobladores del país y de Toluca.
La otra cita que pone el Dr. Florescano dice: Es posible que el pueblo que resiste, ya sea durante un siglo o durante milenios, encarne el tipo de unidad social más importante que han creado los hombres. Los persistentes sistemas de identidad que caracterizan a tales unidades sociales son interpretaciones vivientes y acumulativas de la significación de la vida humana. Cada uno es único e irrepetible, es no sólo el sumario de la comprensión acumulada de un pueblo de su propio propósito y destino: podría ser además para otros pueblos una ventana abierta sobre el propósito humano general. Escrito por Edward H. Spicer, en su libro: Los Yaquis. Recuerdo de esta cita para el Valle de Toluca y, Toluca como ciudad y municipio en particular la presencia de Otomíes; quienes siguiendo el pensamiento de Edward nos hace ver que ellos han resistido todo, absolutamente todo, y, sin embargo, ahí están, con su reciedumbre y el abandono de los tres órdenes de gobierno a través de los siglos. De igual manera pienso en los Mazahuas y su presencia en el norte de la entidad, pues de igual manera con gran orgullo siguen defendiendo su identidad y presencia histórica en la entidad mexiquense en el norte del Estado.
Memoria Indígena, esa es la labor que cualquier cronista que se precie de serlo debe tener como obligada tarea. Para contar desde el pasado que no se pone por una fecha cuyos intereses son aviesos y manipuladores, ocasionando con ello distorsión de la historia y sus hechos. El libro es tan bello en su contenido que obliga a pensar cuán importante es aprender de cómo nuestros antepasados creían en el mundo en que vivían. Como se señala en citas anteriores, sabemos de dónde viene nuestra cultura occidental y en otras décadas se nos hacía estudiar el griego y en casos muy particulares el propio latín, que normalmente se estudia en los seminarios religiosos. El libro del doctor en historia Enrique Florescano, incita a saber de la época prehispánica y de ello, buscar indagar cómo fueron aquellos tiempos de antes de la Colonia Española. En la cita que se hace en la cuarta de forros de este libro admirable leo: Los instrumentos que utilizó la memoria indígena para transmitir sus mensajes fueron muy variados: la sencillez del lenguaje oral, la belleza plástica del lenguaje del cuerpo, las luces y las sombras de la arquitectura, el sonido de la música y sus cantos. Visión del macrocosmos en que vivían aquellos hombres y mujeres que forjaron culturas de importancia universal.
Dice el investigador: A través de estos medios llegaron hasta nosotros los ritos, las tradiciones y la historia de una cultura milenaria, y así hemos podido descubrir los ríos profundos que transportan los valores de seres humanos distintos a nosotros, pero nunca ajenos a nuestro origen. <<Nunca ajenos a nuestro origen>>, subrayo esto, porque es imposible negar el pasado cuando hay muestras, quizá dispersas, seguramente enterradas por el paso del tiempo y la incuria de los vencedores en contra de nuestras culturas originales, pero siempre presentes en el viento, en el paisaje, en las rocas y en toda clase de elementos. Elementos que aparecen en todo momento en el libro de Florescano y que ha de ser mi brújula para estudiar a Toluca bajo la magia del pensamiento indígena que tiene de humanismo las mejores pruebas. Escribe Enrique: En las culturas mesoamericanas, los lenguajes corporales, orales y visuales fueron los primeros trasmisores de las experiencias colectivas, y la forma más eficaz de heredar los conocimientos para asegurar la sobrevivencia del grupo.

