México insensible  

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Por más que se pretenda minimizar la situación de la seguridad en el país, la realidad es que nos hemos convertido en una nación sin capacidad de sorpresa, que con ese silencio se hace cómplice de una vorágine de violencia e insensibilidad que poco a poco nos aniquila como sociedad y evidencia lo que verdaderamente somos.

 

En una semana, dos casos que nos dibujan de cuerpo completo: el primero de ellos en Toluca, cuando un asaltante llega a una gasolinera y, pese a que el encargado del negocio no opuso resistencia alguna, y no hizo algún movimiento extraño como para enervar a los malandros, recibe de la nada un balazo en el pecho que le arranca la vida por la inhumanidad de un desequilibrado.

 

El segundo de ellos en el estado de Colima, denunciado por las cámaras de vigilancia de una tienda de conveniencia que permiten ver como un par de asaltantes ingresan al comercio, toman el dinero de la caja registradora, y pese a que el encargado del lugar (un joven de apenas 15 años) que incluso está hincado con las manos arriba, obedeciendo en todo momento a estos enfermos, recibe de manera cobarde, por la espalda, un balazo que cortó de tajo sus deseos de ser mejor y construirse un futuro.

 

Antes, al menos teníamos las “tranquilidad” de que al no oponer resistencia garantizaríamos salvaguardar la vida; cuantas veces no escuchamos la frase “las cosas van y vienen, pero un órgano o la vida jamás”.  Hoy parece que no, que si se tiene la mala suerte de ser parte de un asalto, las posibilidades de morir son altísimas.

 

¿Cómo es que hemos llegado a eso?, seguiré pensando que todo comienza en casa; no se construye un catálogo de valores lo suficientemente sólido en los niños y jóvenes de nuestro tiempo, que están creciendo con la idea de que absolutamente todo es posible, por una sencilla razón: no hay límites claros.

 

En lo que va del año, más de 400 menores han muerto en condiciones violentas en nuestro México insensible; si bien los dos casos que he referido son dolorosos, son nada en comparación con lo que está sucediendo todos los días.   Detrás de cada caso, un padre o una madre que no están haciendo su trabajo y han dejado de asumir su responsabilidad.

 

Hoy, en muchas casas el niño o joven roba, miente, engaña, entra y sale a deshoras, a la par que hay un progenitor que simplemente no muestra interés por lo que sucede.  Las consecuencias suelen ser muy graves.

 

Desafortunadamente, no puede haber sensibilidad cuando padres permiten que sus hijos no se hablen; cuando no me importa cargarle la mano al abuelito para que haga tareas que corresponderían a los padres (aunque desde el gobierno se diga que los abuelitos son los “idóneos” para cuidar a los menores); cuando soy permisivo y ni siquiera tengo idea de con quién están mis hijos por las tardes y noches, o cuando les permito utilizar sus celulares y tabletas para que tengan contacto con sabrá Dios quién en redes sociales.

 

Así, ¿cómo carambas le vamos a hacer?