“Mirar no sobre nuestras cabezas sino bajo nuestros propios pies”
Dentro de lo que podemos llamar el rigor filosófico tradicional, pareciera que hacer filosofía es, necesariamente, penetrar en la forma unívoca de entender los fenómenos, esto es, indagar la esencia de las cosas, ver las cosas en su fundamento, comprender el fundamento, o esencia, de todo lo que tiene que ver con la experiencia, como lo caracteriza Wittgenstein a la mitad de las Investigaciones. Este tipo de actitud, es precisamente lo que Wittgenstein con Cavell, rechazarán constantemente a lo largo de sus obras bajo la icónica expresión del segundo: miremos no sobre nuestras cabezas sino bajo nuestros propios pies, invitándonos a que en nuestra investigación no aprendamos nada nuevo con ella, que no comprendamos algo que ya está patente ante nuestros ojos, porque lo implícito y manifiesto en lo que tenemos delante, es justamente lo que la rigidez de nuestra visión nos hace perder. (§89). Lo interesante ahora, más bien, es cómo los fenómenos se presentan de muchas formas posibles y aprender a apreciar la riqueza de cada una de ellas. Esto es, sus posibilidades, cómo la experiencia subjetiva pública se actualiza y enriquece en cada contexto en que se hacen presentes las regularidades que sostienen nuestro lenguaje.
Vistas así las cosas, comprendemos cómo sobre un mismo objeto nacen infinitas posibilidades que nos hacen mirar lo mismo, pero diferente. Por esto que Wittgenstein dice inmediatamente en la sección b) de este mismo parágrafo, que nuestra investigación sobre esto es gramatical. Y que esta investigación arroja luz sobre nuestro problema en tanto nos ayuda a despejar malentendidos. Así, en el §91 nos encontramos con: Como si nuestras formas de expresión usuales estuviesen, esencialmente, aún sin analizar; como si hubiera algo oculto en ellas que debiera sacarse a la luz. Si esto ocurre, entonces con ello la expresión se aclara completamente y nuestro problema se resuelve.
Desde la interiorización que tenemos ordinariamente de lo que las cosas son, mirándolas desde ese sentido ordinario, siempre nos encontraremos disconformes con lo que los lenguajes u órdenes ideales nos dicen sobre ellas. Nuestra vida ordinaria y su gramática y sus distintas manifestaciones conceptuales, constituyen, efectivamente, la luz que, por muy claras y bien delimitados teóricamente que estén las nociones de enunciado, palabra o juego, guía al sentido tácito de esos términos en su uso, finalmente; las posibilidades de los fenómenos, diríamos. Este sentido al que se puede acceder, finalmente, no puede ser ni captado, ni subsumido, ni mucho menos representado con nitidez en los marcos puros y nítidamente recortados de la lógica. Y el chiste es que así siga siendo.
Por esto que teorizar con el mayor rigor posible el lenguaje ordinario, el fáctico, el práctico, el efectivo, el ordinario, en suma, supone conflictuar todas las posibilidades de uso y de significado que este tiene en la actualización que sufre él mismo en cada contexto. Las condiciones que nos ponemos a nosotros mismos son aquellas por las que no podemos andar en nuestras propias investigaciones, diríamos. Toda nuestra exigencia está desplegada a la hora de investigar algo, pero nuestro objeto nos traiciona cada vez más; estamos en el aire, necesitamos rozar suelo vivencial. Sin él, sólo teorizamos sobre fórmulas vacías. Si queremos andar, entonces necesitamos la fricción. ¡Vuelta al áspero suelo!, es la manera famosa de Wittgenstein para expresar que debemos reconducir las palabras a sus usos ordinarios para explorar qué sentidos toman, en ese lugar hasta que el problema que teníamos, se soluciona.
A Wittgenstein, entonces, no le interesa un acceso inmediato al ser despejando nuestros prejuicios y tampoco proponer ninguna teoría o hipótesis que se derive de estas mismas. Su filosofía es una descripción de lo que haya de implícito en nuestra gramática, en tanto esta es una expresión de nuestras verdaderas necesidades, y por lo mismo, de cómo que quedan plasmadas tanto en ella como en las palabras. Nacido el problema filosófico, nos lleva de la mano para que veamos cómo el atrapamoscas de lo teórico nos ha llevado a él, en tanto un problema filosófico para él es estar perdido sin saber cómo contentar las exigencias de nuestro interior y de los sentidos que tenemos de ordinario en las palabras desde los límites del escepticismo que caracteriza a nuestra forma de pensar.
El lenguaje y lo que queda en él se comunica con nosotros, pero somos nosotros mismos quienes tenemos un ímpetu interiorizado a malentenderlo por hábito y tradición; tenemos una gramática sedimentada dentro de nosotros que nos mueve, casi reactivamente, a tratar problemas filosóficos teorizando los contenidos de nuestra vida psíquica y ordinaria. Un problema filosófico se soluciona redirigiendo las palabras a sus usos ordinarios, a nuestro interior, a los sentidos que reconocemos que se forman desde el interior. Esto es, lo ya conocido, que es precismaente a lo que Wittgenstein nos llama siempre a explorar antes que a entidades trascendentes o a mirar nuestra experiencia de otro modo.
