Múltiples tragedias
Lo acontecido en Acapulco resulta trágico en toda la extensión de la palabra; desde la inoperancia gubernamental –por no haber hecho el anuncio a tiempo–, hasta las consecuencias del propio fenómeno natural que transformaron a uno de los centros vacacionales más emblemáticos del mundo en una zona en desgracia. Infraestructura dañada, sin comunicaciones, sin luz, sin agua y sin una autoridad que salvaguarde la integridad de los habitantes. Hoy, esa zona de Guerrero es un espacio de apocalipsis.
Pero a esa tragedia, por definición devastadora, se suman otras más que, de nueva cuenta, exhiben nuestras deficiencias como seres humanos; resulta incomprensible que, ante la desgracia, haya personas capaces de buscar enriquecerse con la tragedia.
Igual de nefastos quienes pretenden vender un garrafón de agua a precios estratosféricos que quienes se organizan para realizar actos de rapiña, ¿es en el dolor ajeno cuando debo buscar echar agua a mi molino? En otras ocasiones he referido que mucha gente –en mayo– no tiene absolutamente nada que festejar.
Porque sacar ventaja del desvalido es un acto de cobardía, porque robar no es una conducta de gente bien nacida, porque ignorar el sufrimiento del otro, resulta una incongruencia monumental en la definición de ser humano; todo eso parece encontrar eco en este caso en particular.
Se busca aprovechar el caos; a lo anterior se suman intentos de extorsión, la venta de servicios de transporte que resultas fraudulentos y el condicionamiento de apoyos a cambio de votos.
Si le vamos sumando, encontraremos tragedias sumadas a las tragedias, en una avalancha que parece no tener fin y ante los ojos ciegos de quienes en el papel tendrían que defendernos.
Es cierto, hay gente mala y seguramente en nuestras vidas les hemos encontrado. Personas que disfrutan al causar daño, con un nivel de maldad que va desde la inmadurez psicológica, la inconsciencia total o la psicopatía o sociopatía clínica.
Incluso estoy seguro de que al leer persona mala todos habremos pensado en alguien en concreto por razones diversas: abuso, conductas agresivas, malestares ficticios o ganas de fastidiar.
Alguien con el corazón roto y helado, podrido y negro desde hace tiempo, sólo verá debilidad en aquello que es frágil. No será capaz de disfrutar de un instante, porque no lo puede poseer o no lo puede romper. Nasa más le interesa aquello contra lo que puede dirigir su mala cabeza.
Cuando nos acostumbramos a determinada conducta, cambiarla será complicado; no todos están dispuestos a cambiar paradigmas.
A la maldad debemos sumar la mezquindad; se han abierto espacios para el acopio de insumos de apoyo y más de una persona considera que apoyar de esa manera resulta ocioso o no tiene sentido. ¿Creería usted que en espacios de clase media alta se –recolectan– apenas algunos frascos de café?
En fin, quizás no debiéramos de sorprendernos por lo que acontece, hemos dejado de reflexionar sobre el deber ser y la consecuencia es esta suma de tragedias naturales y humanas que nos dicen lo que verdaderamente somos.
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