Nacionalidad

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La nacionalidad se define como una condición: la de una persona que pertenece a una nación,  con esto viene adjudicada la  pertenencia, pero también los  derechos y deberes de ciudadanos. Veamos, por nacimiento o naturalización, los individuos  adquieren una nacionalidad y como ésta es autónoma, por tanto, se gana también  libertad cuando nos confieren nuestra nacionalidad.

Porque se nació de determinados padres, en México, somos mexicanos y desde tempranas edades somos educados en la práctica de festividades cívicas, la primera de ellas, sin duda, 15 de Septiembre –Noche del Grito de Dolores; no haremos alusión al sentido metafórico de esta denominación–, seguida del tan  necesario 16 de Septiembre –Día de la Independencia–.

Sin embargo, los vínculos establecidos mediante el apelativo mexicano –tampoco entraremos en debates de género– son jurídicos, políticos y anímicos, más aún,   se trata de la  relación entre el Estado mexicano y la persona. En la vida social cotidiana, ser llamado connacional significa pertenecer al mismo grupo social de gran personalidad identitaria, compartir el carácter peculiar de un pueblo o considerarse habitante de la misma tierra,  derecho consagrado en las antiguas declaraciones de independencia, la nuestra, la mexicana, firmada en 1821, desde entonces podemos con nuestra nacionalidad mexicana: adquirirla, ejercerla o perderla.

Hoy, lejos de la fiesta, reflexionemos en esta condición de ser ciudadano de esta nación, pero hagámoslo bien,  desde la conciencia, estableciendo que tenemos una relación de ambas partes, de forma recíproca. Está bien que de eso se encarguen  las ciencias sociales, pero recordemos que  la nación no le entrega los derechos si no ha cumplido con los deberes para ser miembro del pueblo, el Estado es otorgante y el individuo receptor, porque últimamente nos hemos acostumbrado a recibir todo lo que convenga. Lazos causales nos hacer ser así, bien mexicanos; algo desobligados, perpetuando  continuidad racial,  adoptando nuevos proteccionismos, pero eso sí, bien nacionalistas.

Una nación es un hogar enorme, una región  con un grupo particular  que comparte el idioma  o dialectos relacionados  y comparten también tradiciones e historia, religión, política, arte. Ya sea por  lus sanguinis –derecho de sangre–, lus soli               –derecho de suelo–, lus domicili –derecho de domicilio, propiedad o trabajo– o por  lus optandi –derecho de optar–, 125 millones de personas pueden llamarse mexicanos, ciudadanos investidos de nacionalidad, ejerciéndola, abiertos, nobles,  generosos, hospitalarios, personas que  fácilmente tienden puentes de amistad, al menos eso se dice de los mexicanos, principales rasgos de los habitantes de este país libre y soberano.