Nocturnal del mercado
Apenas se habían borrado del mar del cielo los destellos sanguíneos del crepúsculo y los comerciantes de aquellos Viernes de Plaza arriaban las velas de manta y esos tiesos pañuelotes que los habían defendido de la lluvia y el sol quedaban convertidos en un cubo, en sábana almidonada echa bola, en casi nada.
Igual había sucedido con los gritos: ¡Llévelos marchantíta!; ¡peso, peso, a peso! y con los cien vívidos colores de las frutas abiertas en canal y con el taco de plaza y con los cargadores que con todo y mecapal se metían a una de las nueve pulquerías que circundaban el mercado a echarse la última catrina del día.
Se iban yendo con trabajos arropados por la noche, el frenesí vende-compra, las canciones de José Alfredo que salían de la sinfonola del Pacha, el olor de la cecina quemándose en el aceite hirviendo y el regateo de las santas madres que todo lo querían barato.
Se iba la luz y se recogían mercancías, íbanse comerciantes y compradores, y con la noche, iba saliendo así, como rostro que se va asomando de un viejo zaguán, la otra cara del mercado.
Los puestos de carnitas encendían el mortecino foco, el radiecito de bulbos provocaba carcajadas con los chistes del panzón Panseco; de la hornilla y el comal salía el vaporcito de la carne y con la llegada de los comensales y los humitos y quejumbres en el sartén, el cuchillo tasajea las carnitas y por las cañas de General Prim, un par de briagos -¡Éntrale tal x cual!- quieren tasajearse sus propios intestinos.
La noche del mercado tenía su clasificación C: Por obscuros rincones transitan hetairas noctámbulas con cien luceros apagados que por los puestos de Cura Merlín y Lerdo, a la chita callando, navegan en prestadas velas de amor.
También era imperio de las ratas: Las del reino animal que como conejos salen de las alcantarillas y royendo lo que se quedó, solo se notan por sus blanquísimos dientes o sus ojos como rojas lucecitas. Y las ratas del humano reino del mal que por la subidita de Rayón hacen las cuentas del día: tres carteras, un reloj, y hasta el botecito con suelto del dizque limosnero tranza. No estuvo mal. Y con sonrisa sardónica, un Ratón Macías exclama:
-La molleja es HASTE, batos.
Ya nadie duerme: Ni los gendarmes, demonios azules que saben que siempre habrá a quien pepenar, ni el figón del Hotel Rosario que toda la noche ofrecerá cobijo a los desbalagados con cervatanas, tostadas de frijoles y las canciones más sentidas que ofrece su colorida sinfonola en la que una moneda, ¡click!, hacía que cayera el discote con la quejumbre de María Luisa Landín: Amor perdido si como dicen es cierto que vives dichoso sin mi…
-¿Otra tercia mi buen?
– Otra ¿Usté no es de aquí? Contesta el Tifas Antúnez con otra pregunta.
-No; vine a vender y se me fue la troca.
Montón de náufragos que recoge la noche: los que se preparan porque al rato darán la serenata que según cicatrizará aquella herida de amor y no tienen lana para ir a una cantina del centro a calentar el gaznate y se conforman con las pócimas del chori: un té caliente de hojas bien endulzado y luego su chorrito de alcohol.
O más tarde, ya pasando la madrugada que como treinta perdidos en el desierto de las calles solitarias y el corazón marchito, llenarán el cuartito del popular chori y al primer fogonazo cobrarán vida y reconocerán a los demás tolucos
¿Quiubo… ¿Tu eres de San Sebas, ¿no?
– Clarines
Y de todos lados se juntan: el que vendió sus animalitos y por echarse una de más en Los Canarios del señor Tapia, hay anda con los bohemios tolucos, o un trío del mariachi Sinaloa que todavía picados de canciones y alcohol se avientan por su cuenta un escuálido son.
Y pasa poco a poco la noche: golpes por allá, un detenido aquí, el Tifas Genaro Antúnez que por ahí se madreó. Y siempre con vida las accesorias de las vecindades que como farolitos encendidos parecen no dormir por escuchar La Hora Azul de Agustín Lara y junto al puesto de tacos de bistec, el cinturita que le promete a la morena que –me cae que no le vuelvo hablar a la vieja del seis.
Y en la zona más popular de la ciudad también se llora: En la tarde murió Chonita la de encase los coyotes, la que fiaba pancita a los Tepos y en esta madrugada toda la vecindad armada de café con piquete le reza lagrimeando. Y luego ¿Quién… ¿Quién qué? ¿Quién se quedará con su, su, anafre y…? buju. Y más lagrimas por la viejita chula.
Pasa así el tren nocturno que con las primeras luces del día se va yendo, mejor decir, se va diluyendo el nocturnal choricero y aparecen las gentes bañaditas que corren a las escuelas, oficinas y otras cien chambas. Se abren los comercios y ratas, ratones bohemios y besos fingidos simplemente se van. Ya solo quedan rasguitos de la nocturnidad: la roncada del que escucha una canción de Pedro Infante, el que se soba un chichón y al hacer buches ah chirrión me tiraron un diente y los crudelios que van buscando una pancita mañanera. Y el Tifas que tambaleando se acerca a la vecindad de Los Coyotes.
Nadie sabe, casi naiden supo que a unos metros de Palacio y de la Catedral en construcción, hubieron, existieron y murieron aquellas frenéticas noches del viejo mercado de El Carmen que hoy mueven a decir: ¡Pus ya qué!

