Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz… –primera parte–

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Y fue así, de cassette en cassette, de mano en mano, de guitarra en guitarra circulan en Latinoamérica las canciones de Silvio Rodríguez, entre un mar de ellas: Ojalá, La era está pariendo un corazón, Óleo de una mujer con sombrero, Te doy una canción, El rey de las flores. Mujeres… y tantas y tantas otras. Sin embargo, no todos conocen a este cantautor, siquiera sin ser anunciado está presente en el guitarreo habitual entre amigos, en las peñas, en los discos y cintas que se reproducen y regrababan desde los años setentas, hoy en día perdura en las inmensas listas de streaming, y me atrevo a afirmar que continúa siendo influencia en la creatividad de jóvenes músicos y poetas. Desde aquellos tiempos y hasta la fecha, las canciones de Silvio Rodríguez han sido muy reconocidas por la juventud latinoamericana, sin el requerimiento negado por los sistemas de grandes campañas publicitarias. Comencemos por aquí:

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo

Cuando caigan

Para que no las puedas convertir en cristal

Ojalá que la lluvia deje de ser milagro

Que baja por tu cuerpo

Ojalá que la luna pueda salir sin ti

Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Pondremos especial atención, en esta oportunidad, en la canción personal que lleva como título Ojalá. Antes que nada algunas precisiones: Hay que comenzar sin perder de vista jamás, que la palabra, para poder ser escrita, primero tiene que ser hablada. Es curioso entonces que la literatura, a pesar de nacer en la tradición oral, ha ido asentando en los cimientos de la escritura, transitando de las formas orales a la palabra escrita. Esta cuestión sin duda tiene que ver con un acto de supervivencia. Esto es dado que ante la volubilidad de la oralidad, la longevidad de lo escrito permitía la conservación de las obras prácticamente incorruptas desde su concepción original, manteniéndolas a salvo de los cambios que inevitablemente se producirían ante la falta de un registro. Así es que, la imposibilidad de registrar la palabra pronunciada, recitada o cantada predijo un empujón decisivo para que la asociación entre la literatura y la escritura arraigara definitivamente.

De aquí, como un punto de partida, hay que brincar a que esta canción más allá de corresponder a una temática personal que nos inunda del tema romántico está sustentada en una premisa inequívoca de la trova cubana, se trata de cantar por y para el pueblo, así como de hacer llegar su mensaje al mayor número posible de oyentes. Es importante señalar también, que adicionalmente, en sus letras se asoma un carácter hermético y misterioso, influido indudablemente por sus conocimientos literarios. Esto llevará al escucha-conocedor o que aspira serlo, a considerar o ir en búsqueda de inverosímiles teorías respecto del significado de algunas de sus obras. Por lo dicho hasta aquí, hay que decir que lo popular, lo comprensible, lo enmarañado, lo oculto, tiene que ver con el saber literario, se une en la obra de Rodríguez en un intento de hacer realidad una de las proclamas de esa Revolución defendida por el trovador cubano y que lo emparentan con grandes nombres de las letras hispanoamericanas bajo la premisa de llevar la alta cultura a las esferas populares. Un objetivo que, por cuestiones logísticas y socioculturales, corresponde a la música, con una capacidad de penetración en la población mucho mayor que el resto de las artes. Esta manera de emprender fue captada por nuestro cantaautor, sin dejar de asumir una responsabilidad moral y estética que se refleja en un sin número de sus creaciones, de esta manera, alejándose de los cánones comerciales para embarcarse en una labor artística y poética.

Analizando toda la obra Silviana resulta sorprendente la increíble asociación que se puede encontrar con una personalidad aparentemente ajena, tanto en lo temporal como espacial, como lo es la figura de Francisco de Quevedo. Sin embargo, el propio Silvio ha afirmado, en más de una ocasión, haber extraído, del poeta español, más de un elemento que el cubano ha incorporado a su estilo poético. Él se expresó así: Francisco de Quevedo me dejó el amor por los sonetos y me hizo sentir la resonancia contundente de los endecasílabos. Me deslumbra cómo escribía en diferentes estilos y cómo los usaba para abordar cada asunto; el rigor de sus hechuras, fueran coplilla al estilo de ‘Poderoso caballero/Don Dinero’, o en las honduras de ‘Podrá cerrar mis ojos la postrera…: La inconformidad, y el genio puesto a su servicio, es otra de sus grandes lecciones. Pero tomando en cuenta que lo empecé a leer en la adolescencia, lo que más me estremeció de él fue la intensidad, por momentos abrumadora, con que trató los temas del amor, la desolación y la muerte.

 

Ahora bien, a nivel temático, la influencia Quevediana es más evidente de lo que pudiera parecer. Por ejemplo, un típico que es recurrente en la creatividad del Siglo de Oro es precisamente el deseo de venganza del amante despechado mediante los estragos que el tiempo causará en la belleza de la amada, podemos observar y reconocerlo, entre otras, en Ojalá:

Ojalá se te acabe la mirada constante

La palabra precisa, la sonrisa perfecta

Ojalá pase algo que te borre de pronto

Una luz cegadora, un disparo de nieve

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte

Para no verte tanto, para no verte siempre

En todos los segundos, en todas las visiones

Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Si nos remontamos a sus orígenes de creación recordemos que fue en 1965 cuando Rodríguez eligió embarcar en la tropa cubana de pesca que recorrería las costas africanas. Fue en ese viaje que compuso más de sesenta canciones entre las que se encuentran algunas de las que posteriormente marcarían su carrera musical: Ojalá, Playa Girón o Debo partirme en dos. A su regreso cofundó el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, del que fue despedido al poco tiempo por el Gobierno. Él mismo lo contó: cuando empecé a subir las escaleras no imaginaba que esta iba a ser la primera y la última reunión con el nuevo funcionario. Así que dejé a todo el mundo en el estudio (…) Me abrió la puerta un renombrado director de orquesta que, sin ser militar, solía vestir como si lo fuera (teniente capitán, o algo así) (…) Sobre Los Beatles expliqué que me había limitado a responder una pregunta directa (…) que me parecía que el grupo inglés estaba desdibujando las fronteras entre música popular y música culta, y que eso estaba muy bien (…) No tenía explicación respecto al beso (…) Así que me limité a confesar que no encontraba mal que en la pantalla apareciera algo tan común como un beso.