PASADO Y REUNIFICACIÓN

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Si apelo a la honestidad del destino, cuando visité por primera vez Alemania, nunca imaginé cómo mi vida la convertiría en el epicentro de momentos, hoy habitantes de la memoria. Tendría 20 años cumplidos y un poco más de 8 meses de haber iniciado mis estudios de la lengua de Goethe. Como guiño al futuro, y nuevamente reitero mi desconocimiento de éste, recuerdo que nos bajamos a un pequeño restaurante en el trayecto Ámsterdam-Berlín, pues mi padre quería comer las tradicionales salchichas alemanas. En el lugar no hablaban mucho inglés –aún me preguntó porqué– y en mi escaso y tímido alemán, cumplí los deseos de quien había hecho  posible el viaje. Íbamos en grupo, así que los demás turistas me pidieron apoyo para pedir sus alimentos y en unos segundos me convertí en una novata y nerviosa traductora. Mi padre me miraba orgulloso y supongo que el efecto fue tal, que un año después, por esas mismas fechas, subía a un avión para cursar un verano en la ciudad de Friburgo, justo para convertir aquellas tímidas palabras, en la lengua con la que escribiría los años siguientes mi propia vida.

Alemania es uno de los países más enigmáticos que conozco. Ya sé, su cultura no es tan mística como pudieran resultar las asiáticas ni tan inquietante como la africana, pero su pasado reciente lo que convierte en un enigma que se esconde detrás del perfeccionismo, la puntualidad y la formalidad. Recuerdo vívidamente el año de 2017, cuando en una visita familiar a Pforzheim, una mexicana-alemana me explicaba lo difícil que resultaba tomar una postura sobre el racismo en tierras germánicas si no estás de acuerdo con las políticas de migración, inmediatamente te tachan de nazi, mientras que al resto del mundo le aceptan pensar diferente…. la esvástica parecía entonces flotar sobre el cielo de su geografía de montañas y lagos, como si el pasado, en verdad, pudiera condenar a un pueblo, para siempre.

Friburgo, me decían, era la ciudad más soleada del verano alemán. Sólo tengo presente la imagen de la lluvia todas las tardes mientras caminaba por sus calles y observaba la tranquilidad del río recibiendo las gotas. Recuerdo que un día, durante la clase de gramática, me preguntaron el porqué de mi deseo por aprender el idioma a lo que respondí con una sonrisa y mi interés por la reunificación, pero, sobre todo, por Beethoven y Nietzsche –vaya combinación–… ganz genau! siempre fui un ratón raro de biblioteca ya que todos los demás, en un porcentaje de 90, afirmaron que se trataba la Segunda Guerra Mundial su referente más cercano sobre la cultura alemana. Hollywood y las series de guerra, además de los múltiples libros dedicados al tema, habían cumplido su cometido.

Berlín es la capital de Alemania, pero si nos encontráramos en los años setenta del siglo pasado, la respuesta sería diferente. Se trataba del territorio de dos países, en una especie de isla donde el mundo, o lo que se concebía de ese mundo, estaba dividido. Era entonces el referente por excelencia del mundo dividido en dos bloques. Aquella primera vez que visité la ciudad, en nuestro día libre de los recorridos fijos, convencí a mis papás, no sin trabajo, que siguiéramos una ruta diferente. Tenía en la mente una lección de mi libro de alemán donde hablaban sobre la plaza Alexanderplatz y el Reloj del Mundo, ambos localizados en lo que era el Berlín Oriental. Tomamos el metro cerca de la Puerta de Brandeburgo y lentamente, observamos cómo cada estación cambiaba, de una decoración cuidadosa y planeada para el turista hasta una parada sencilla y con grafitis. Bajamos del vagón, subimos las escaleras y aquel momento pareció un viaje por el tiempo, uno que ni siquiera me pertenecía, pero que reconocía por las películas de familias escapando del comunismo. De repente, nos encontrábamos en esos años setenta, con grandes edificios horizontales austeros y tono de tristeza que encontramos entre las calles que recorrimos. Pensar que un día antes nos habíamos sacado una fotografía en la zona más moderna de la capital alemana con pantallas y luces que hablaban de un nuevo siglo. Pensar que los rostros urbanos son los que hablan del pasado más que los propios textos escritos en los libros de Historia.

La historia de Alemania no ha sido nada fácil después de que se esfumara la promesa de la Belle époque con la Primera Guerra Mundial. Las condiciones del Tratado de Versalles sumieron a este país en una severa crisis económica, agravada con la caída brutal de 1929.  Un terreno fértil para que Hitler ascendiera al poder en el ya casi centenario 1933. De ahí, la historia transita entre la gloria del desarrollo germano y la ceguera de occidente ante el régimen autoritario que surgía. Después sucedió la guerra, el avance del nazismo, la sobrepoblación de los campos de concentración, las cámaras de gas y el desembarco norteamericano. Y cuando todo parecía justo terminar con el suicidio de Hitler, comenzó una pesadilla de muchas décadas más: la división de Alemania. Por un lado, existía la Alemania Federal, reconstruida bajo el régimen capitalista; y por el otro, la República Democrática Alemana, uno de los satélites de la Unión Soviética. Y sucedió de nueva la vida, las generaciones y la cultura pop en torno al muro que representaba la división: construido en Berlín para diferenciar la Alemania Occidental de la Oriental, convirtiendo la antigua ciudad capital en dos ciudades bajo regímenes antagonistas.

Hablar de geopolítica y de historia resulta más fácil cuando se trata de un relato lejano a tus propias memorias. Recuerdo que en aquel viaje a la capital germana visitamos el museo del Muro de Berlín. En sus paredes había dibujos de niños habitantes de ambas Alemanias, observando el mundo. Un Volkswagen con estrategias para escapar en el punto de revisión y fotografías de la ciudad dividida. En un instante me paré frente a una de las ventanas y observé los restos del muro, fotografiado por turistas como yo, con la imagen vaga de esa gloriosa noche del 9 de noviembre de 1989 en que fue derribado. Pensé en las familias separadas, los muertos en el intento de escape, la vida transcurrida y el nuevo siglo que hacía unos cuantos años acababa de iniciar. Los bebés que seguro lloraron aquella noche de otoño, ahora eran jóvenes que construirían la reunificación.

El 3 de octubre de 2021, después de un proceso electoral complejo y la conclusión del mandato de Angela Merkel, Alemania conmemoró 31 años de su reunificación como país. Si bien el muro había caído meses antes, fue hasta ese día, pero del ya lejano 1990, que se logró formar una sola Alemania. Una generación ha pasado desde entonces, con un proceso difícil de superación y también, desconocimiento. Existen grupos que niegan las atrocidades de la guerra, mientras que otro, claman con rencor, muchas décadas después, la justicia por esos crímenes. Y en medio existe un pueblo disciplinado y trabajador que, en el 2006, después de tanto tiempo, se atrevió a sacar sus banderas y demostrar un guiño de nacionalismo al ser sede del Mundial de Futbol. No es fácil ser los perdedores de una historia, ni los villanos, ni sus descendientes… pero ahí están, tomando su cerveza, pagando la Unión Europea y transitando entre el pasado, el perdón y la fortaleza para salir adelante. Y esa, después de muchos años de tejer mi historia en sus ciudades, creo, ha sido su mejor enseñanza.