Pensar la guerra hoy

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Una reflexión sobre la guerra como sistema que organiza y jerarquiza la muerte

Hace unos días, vi y leí que había muerto Yaqeen Hammad, una niña palestina de 11 años. Murió por un ataque aéreo por parte de Israel al lugar donde ella vivía, Deir el-Balah. Fue una noticia que te frena en seco, Yaqeen realizaba videos, dónde mostraba su día a día ayudando en Gaza, es por eso que su muerte refleja uno de los rostros encarnados del genocidio en Palestina. 

Hasta el 2 de junio de 2025, el Ministerio de Salud de Gaza, controlado por Hamás, ha informado que al menos 54,381 personas han muerto en la Franja de Gaza desde el inicio de la ofensiva israelí el 7 de octubre de 2023. De estas, más de 17,400 son niños y más de 10,000 son mujeres

Siempre me pregunté (y creo que nos preguntamos) cuando leía sobre guerra, sobre la más grande guerra mundial cómo la sociedad permitía el horror, ¿Cómo la sociedad permitió que sucediera tal masacre? ¿Cómo fue posible? ¿Cómo tantos pudieron vivir al lado del exterminio y hacer… nada?

Y sin embargo, desde que he existido, la guerra jamás se ha ido. Siempre ha estado presente.

Lo permitieron como lo permitimos ahora. 

 

La guerra no desapareció, pero hay una distinción, algo que hace distinto vivir la guerra siglos atrás, que hoy en día, y es la tecnología, el acercamiento en tiempo real de lo que sucede en otras partes del mundo. Vivimos una época en la que ya no se necesita clandestinidad para matar, el horror no está escondido: lo vemos en vivo, lo compartimos, lo comentamos.

Y sin embargo, nos hemos vuelto expertos en soportar lo insoportable.

Podríamos buscar nombrar está nueva forma de espectador, y como esto nos podría deshumanizar.  La filósofa Susan Sontag ya advertía que el exceso de imágenes de sufrimiento puede entumecer más que sensibilizar, puesto que mirar mucho dolor ajeno sin hacer nada, puede convertirnos en voyeurs morales, testigos impotentes de una tragedia convertida en espectáculo.

¿Por qué? Es que la guerra en vez de invisibilizada, es hipervisibilizada. Lo que paradójicamente hace que se sobrelleve como un dolor más en el mundo.

La guerra hiperexpuesta se vuelve parte del flujo cotidiano de información, como el clima, las recetas o las tendencias, la muerte de un niño en Gaza, de los cuerpos encontrados en el rancho de Jalisco aparecen en la misma pantalla donde cinco segundos después se ríe un influencer, mientras bebe un matcha latte.

Aquí opera una violencia semiótica y temporal, y hay  grandes razones; 

  • La velocidad evita la reflexión.

  • La abundancia desactiva la atención.

  • La simultaneidad desmoraliza.

Y entonces el espanto se vuelve, plano.

Ese es nuestro presente, pero la anestesia no es sólo efecto del presente: es continuidad. Porque si hoy la guerra se exhibe, es porque nunca dejó de organizar el mundo. La guerra no ha muerto, nada más ha aprendido a transformarse: ya no necesita declararse para existir.

Y es ahí donde conviene mirar con más crudeza, pues, la guerra no es excepción, es sistema. Es parte estructural de un mundo que se sostiene sobre la dominación, sobre la producción planificada del sufrimiento, de la ideología como fuente de poder y opresión.  La historia no está hecha de conquistas, está escrita con sangre.

Desde la Antigüedad hasta hoy, el poder ha necesitado enemigos, muros, fronteras, cuerpos sacrificables y la guerra, le digo, es su herramienta más precisa.

Como decía Walter Benjamin, cada documento de cultura es también un documento de barbarie.

La guerra no es un error

La guerra no ha sido una interrupción de la paz, no es un paréntesis en la historia, ni un desvío trágico del progreso. La guerra es estructura, es mecanismo fundante del poder, es forma de organización de lo humano bajo la lógica de la muerte planificada.

Desde los relatos fundacionales de la Antigüedad cómo La Ilíada, los textos babilónicos, las guerras santas, las cruzadas, los imperios construidos sobre ruinas, hasta las guerras contemporáneas, lo que se reproduce es un mismo gesto: la necesidad de un otro al que se le niegue el derecho a existir.

La necesidad de supremacía, de ganar. De la existencia de un otro a quién yo pueda desplazar y destruir porque sin el otro no hay un yo (que tenga el poder).

Entonces se crea una masa gigante que busca poder, que se cree primero, antes que la vida, se cree con el derecho de jerarquizar y encasillar a un grupo como los otros. Se radicaliza, y la muerte pierde su fin en sí misma, y se vuelve sólo el medio para el fin de la guerra, como si la muerte ajena pudiera ser necesaria, justificable, funcional.

La modernidad se ha vestido de razón, pero no ha dejado de matar. Se mató con piedra, con espada, luego con balas, con bombas, con drones, con bloqueos. Pero hay un arma que siempre ha estado: el silencio. La guerra hoy ya no necesita héroes ni épicas, basta con que haya recursos estratégicos, intereses geopolíticos y cuerpos prescindibles. 

La paz, entonces, podría nombrarse como una ausencia de guerra, porque muchas veces, es una tregua para quienes aún no han sido marcados como enemigos, la calma tensa de quienes aún no han sido invadidos, es el privilegio de quienes pueden pensar, escribir, opinar, porque sus casas no han sido arrasadas. Mientras tanto, en otros territorios, lo que se vive no es guerra, es en cambio: colonialismo armado, ocupación, limpieza étnica. 

Des-conocer para matar: el primer paso

Nadie puede matar a otro sin antes dejar de verlo como humano igual. Toda guerra comienza con una narrativa que degrada al otro. El enemigo es bestia, amenaza, virus, fanático, terrorista, pero nunca niño, nunca madre, nunca rostro. Y esa deshumanización, como escribió Frantz Fanon, es la condición para la violencia colonial y para toda forma de exterminio. Muchas veces la banalidad del mal no está en los monstruos, sino en la obediencia sistemática de quienes ya no ven al otro como otro y es que el mal no requiere odio, a veces basta con el deber.

Lo que hace posible esa degradación no son solo las armas, sino el lenguaje, por ejemplo, se dice bajas colaterales, objetivo militar, escudo humano, daños inevitables. Cada palabra neutraliza el espanto, cada eufemismo permite que seres humanos mueran sin que tiemble el mundo. Como decía George Orwell, el lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades y el asesinato, respetable.

Eso me parece algo atemorizante, pero que sirve desenredar, para comprender. Mientras más técnicas, más frías cómo mientras más institucionales, más letales. Una bomba no cae sobre una escuela: impacta en una infraestructura sospechosa.

Ahí donde muere la lengua común, muere también la empatía, por eso la degradación no es sólo física, es semántica. Se vacía al otro de humanidad al vaciar su nombre, su historia, su dolor. Y ahí, justo ahí, es cuando la muerte se vuelve posible sin culpa. 

El poder colonial no sólo somete al cuerpo, reconfigura la manera de nombrar la realidad, porque el colonialismo impone una lengua que nombra al otro como amenaza, nunca como hermano. Así, la guerra se vuelve un acto violento, sino un discurso sostenido y legitimado por siglos. La guerra, más que un acontecimiento puntual, se revela como una estructura compleja y sostenida que atraviesa la historia humana, un mecanismo de poder que se perpetúa en la violencia y en la deshumanización sistemática. Hoy, esta estructura se exhibe en una hipervisibilidad paradójica: el horror se vuelve espectáculo cotidiano, consumido entre flujos incesantes de información que trivializan el sufrimiento y erosionan la capacidad de conmover. La consecuencia es una anestesia ética, una distancia emocional que no surge de la crueldad, sino de la imposibilidad de procesar la magnitud del dolor.

Pero este escenario no debe conducirnos a la resignación ni al silencio cómplice. Reconocer la guerra como sistema significa también entender que la resistencia comienza en el acto de nombrar, de visibilizar, de humanizar a quienes el poder ha tratado de convertir en meros números o en otros, es el primer acto de rebeldía contra el olvido y la opresión. No podemos permitirnos el lujo del silencio cómodo ni la anestesia emocional, el dolor ajeno es un llamado a romper la cadena que normaliza la violencia, a interrumpir la lógica que convierte al otro en enemigo y a devolverle su nombre, su rostro, su dignidad.

Que nadie nos engañe, el objetivo final del estado Israelí no es recuperar a los rehenes israelíes, no es ocupar un lugar, esto es un exterminio étnico, disfrazado y vulgarizado de religión extremista, su objetivo es borrar Palestina de la faz de la tierra, el mismo propósito de hace 80 años tuvieron los nazis.

Tal vez un día podamos volver a escuchar a los pájaros, pero mientras tanto, que nuestras palabras no se callen. Que sigan nombrando lo que otros quieren borrar, porque mientras haya alguien que diga su nombre, no habrá finalizado la lucha.

En un mundo que prefiere el silencio cómodo a la palabra incómoda, pensar es ya una forma de resistencia.

 

لكي أكتب شعرًا ليس سياسيًا،

يجب أن أصغي إلى العصافير،

ولكي أسمع العصافير،

يجب أن تخرس الطائرات.

 

-Marwan Makhoul

(Para que yo pueda escribir poesía que no sea política

debo escuchar a los pájaros

y para escuchar a los pájaros

hace falta que cese el bombardeo.)