PERSONALIDAD DE UN CRONISTA
Don Poncho Sánchez García conoce a todos. Con la mayoría tiene afectos. Con otros, sólo indiferencia, porque su educación no le permitía competir ni discutir con nadie. Así le conocí. Me alegra tanto ver que le solicitaban, como lo hice también, un escrito para publicar su libro. Esas muestras de cariño y ese darse es lo que le hace diferente a todos los demás. A nadie le decía que no. Y me daba cuenta cómo es que se ponía a estudiar el material y al escritor que en cuestión le pedía su Prólogo o Presentación y en todo caso Palabras Introductorias. Nunca decía que no. Con respecto a Rodolfo García Gutiérrez dice: No es el viajante que retorna cansado y vacío. Es el andante que vuelve pletórico, robusto y lleno de aires esenciales. Luego, va y describe. De las gentes que hablan sobre distintos lugares del solar mexiquense es, sin duda, el más pródigo y el que mejor retrata ya que sus planos dimensionales son infinitos. Pinta lo que ve adelante y lo que está detrás incluso de la propia materia. ¿Cuántos conocerían como don Poncho a Rodolfo me pregunto? No era fácil el cronista venido de Huixquilucan, a mí me daba impresión de que llevaba prisa en la vida por llevar adelante sus proyectos culturales. Proyectos, que seguramente habló seguido con Mario Colín Sánchez por aquél entonces director de Patrimonio Cultural en la entidad, uno de los mejores, sino es que el mejor que ha tenido desde 1960 para acá en la cultura oficial.
Escribe el profesor Mosquito: Pero lo más característico de Rodolfo es que no escribe por escribir, como toda aquella cambiante, inestable, desapacible generación del 27’; Rodolfo escribe desde un principio tratando de hacerlo bien, de dominar el idioma, de domeñar sus reglas, de someter la prosa a su férula y a su estilo y de hacer una poesía bella, pero dominada. Todo lo sabe don Poncho de sus contemporáneos. Puede haber intelectuales y escritores sabios como Gustavo G. Velázquez, pero en humanismo y amor por el Otro, su prójimo, su vecino, su amigo de barriada, nadie le ganó. Y así le da prueba a Rodolfo de lo mucho que le conoce, de lo mucho que intuye cuáles son sus ambiciones y cuál es su perfil frente a otros del Grupo Letras o en sus relaciones con aquella dirección de Patrimonio que creó las bases de una política para crear archivos, bibliotecas, museos, cronistas municipales y todos aquellos que ahora son parte del patrimonio cultural en la entidad.
Rodolfo es un hombre de retos. Dice Sánchez García: Por eso desde muy joven se atreve con ese molde y medida que es el soneto, al que los retóricos consideran como el más difícil de todos los retos literarios. Sus sonetos son de una belleza extraordinaria, completos y acabados. Y sólo hasta que ha puesto a su pleno servicio las formas clásicas, invade el campo de la libertad modernista. Y cuando escribe en prosa, al libro que produce le llama “prosas” y no de otra manera. Y prosas son las que se llaman “prosas”. Serio se ve Rodolfo caminando por las calles de Toluca, de más de uno setenta de estatura destaca entre la media de los escritores de aquellas décadas de los cincuenta y sesenta. No eran altos Mario Colín Sánchez ni Gustavo G. Velásquez, tampoco Clemente Díaz de la Vega o Guillermo Ménez Servín, mucho menos don Poncho Sánchez García y Javier Ariceaga. Creo que tampoco era alto de estatura el poeta nacional Josué Mirlo. Sí lo era Carlos Hank González, pero era una excepción. Mucho menos fueron altos de estatura José Urrieta Valdés y Amador López, cronistas más de lo oral que de lo escrito. Aunque José Yurrieta dejara algunos escritos de sabiduría y bien hechos. ¿Por qué escribo esto del tema de la estatura?… porque al verlo acercarse me llamaba la atención esta presencia un poco como que te caía encima, pero para nada, pues un poco adusto y serio lo era. Creo que en confianza debería de ser un amigo entrañable y juguetón cuando tomaba confianza. Altos, quizá Alejandro Fajardo y Pompeyo Franco. Algunos de ellos fueron mis maestros en la Secundaria número Uno, Miguel Hidalgo, en pleno centro de la ciudad. Sus instalaciones fueron parte del convento de los Carmelitas y siguen siendo una expresión muy bella por el lado de lo artístico y de la arquitectura de los conventos españoles hechos en México para nuestro orgullo con manos indígenas seguramente.
Escribe don Poncho, en ese acto de amor que nos diera a tantos al solicitarle humildemente y con miedo de que dijera: No. Decía siempre sí, y cuando lo hacía, insisto se ponía a estudiar a fondo al personaje que le ha solicitado unas palabras, y no todo un ensayo biográfico en donde se comprueba que el profesor Mosquito se la sabía de todas, todas; para orgullo de él, de su familia toda y de quienes tenemos en nuestro expediente personal las palabras no sólo del cronista municipal de Toluca, sino la del escritor que va más allá, por su humanismo y don de gente. Un mexicano completo en fortalezas más que en debilidades. Escribe sobre Rodolfo: Para algunas gentes, que lo saben introvertido y poco sociable, Rodolfo pasa por misántropo, con algo de monje y de recluso. Para otros sólo es el filósofo que ha sabido interpretar de manera perfecta la fuga hacia el menor ruido mundanal y que en efecto, va por la trocha universal del sabio.
Fue al que menos vi en mi vida, a otros les llegué a hablar de algunos asuntos de Toluca o de la entidad. El mundo del periodismo de aquellos tiempos era un mundo grandote de puertas abiertas, Hoy no es tanto así, pues la desconfianza se ha metido entre nuestras venas; se puede intuir que ha sido el ambiente de la política lo que trajo consigo esa desconfianza, que antes era alegría por convivir de tarde y de noche. O en los desayunos matutinos que son por siempre el espacio de la charla menor o de las discusiones ideológicas y partidarias que a todos enferma.
Vivía en el mundo real, pero en su mirada se veía que tendía a escaparse hacia otros vericuetos y laberintos que le hacía diferente a los de la barriada y del ambiente popular que nos daba a los cronistas cercanos al pueblo como gobernados que se sabían y les gustaba así serlo. Un cronista cercano al gentleman, no sé si me equivoque en ello. Tendré que hablar con el decano de la poesía mexiquense: Luis Antonio García Reyes, para que me dé su versión, pues Rodolfo fue su tío por parte de su papá, y se bien que sus relaciones fueron de amistad y cariño. De un hombre culto a otro, más joven, pero también muy discutidor de la vida y las cosas mal hechas, en donde la deshonestidad estaba presente para lastimarles.
Dice Sánchez García: No sólo no le ha interesado, sino que incluso ha rechazado la “gloria mundi”, y a veces, hasta para hacerlo aceptar un lauro, ha sido casi preciso llevarlo a la fuerza. Cualquiera diría también que este carácter retraído lo adquirió después de refinar su selección literaria; cuando alcanzó esa cima en que es uno de los más depurados poetas y prosistas del centro de México. Y la verdad que no es así. Rodolfo ha sido siempre fiel a sí mismo. Es como es, desde su infancia, desde su juventud escondida, ajena al baile y al borlote. Seguramente era feliz con toda esa pléyade de periodistas y cronistas de mitad de siglo XX y hacia delante. Pero de que le costaba seguirles el paso se veía a leguas. Pensaba en sus adentros, que para andar de francachela, mejor estar acompañado con una serena tarde leyendo el libro favorito. Su gozo era más del que apreciaba Jorge Luis Borges, que de aquél que era fiesta para Pablo Neruda. O en nuestro caso, del estilo de vida que tanto le amamos al poeta Efraín Huerta, frente a la vida bucólica de Josué Mirlo. Entre ellos, Rodolfo, apreciaba más la serena compostura que aquella locura de carnaval de los meses de marzo y abril en tierras mexicanas. Uno es el carácter porque el mismo se ha hecho a lo largo de la vida desde los primeros meses de nacido.

