PIEDRA DE TOQUE EL SIGLO XVI

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Mucho de lo escrito por el narrador, historiador, periodista y cronista, Vicente Riva Palacio Guerrero, tiene que ver con el siglo XVI. Nuestros mexicanos a partir de la libertad que tenemos del imperio español hemos ido hacia atrás al siglo XVI, que funda para siempre otro tipo de cultura o culturas. No más el indigenismo en su pureza ancestral. Pero no más una cultura española que viniendo del otro lado del Atlántico se niegue a ser parte de un mestizaje que hoy recibe el nombre de México. Las dos áreas culturales se compenetran no por las buenas, sino por las malas: ambición del poder y amor al becerro de oro por monarcas, alto clero y milicia como lo dice una y otra vez el cronista y político Vicente Riva Palacio, como lo ha de citar también el Maestro de América Justo Sierra a finales del siglo XIX. El siglo en que España impone sus aviesos intereses de dominio tiene un poder de hipnosis sobre nuestros historiadores y cronistas.

Con esa idea es que leo a Margarita García Luna en su artículo titulado Toluca y sus alrededores en el siglo XVI, escribe: Fray Antonio de Ciudad Real nació en 1551 en Castilla la Nueva y a los 15 años de edad ingresó al convento de San Francisco en Toledo. Cuando Diego de Landa vino por segunda vez a la Nueva España, ya como obispo de Yucatán, trajo a un grupo de franciscanos y entre ellos venía Antonio como cantor de coro; desembarcaron en octubre de 1573 en Campeche. Nuestro personaje profesó en Yucatán donde aprendió con soltura la lengua maya. En septiembre de 1584 llegó a México el comisario general Alonso Ponce de León, visitador de las provincias franciscanas. Ciudad Real fue su secretario durante los cinco años que estuvo aquí hasta junio de 1589; juntos viajaron desde Nayarit hasta Nicaragua, destacando sus numerosos recorridos por el altiplano mexicano. Cuando Ponce de León volvió a España, Ciudad Real lo acompañó y siguió siendo su secretario hasta la muerte del primero, en 1592. Ese mismo año volvió a Yucatán y en 1603 fue electo provincial de su orden. Murió en Mérida el 5 de julio de 1617.

Margarita navega entre los datos de un peregrinaje que parece inacabable y nos habla de que la conquista física y espiritual del mundo indígena no fue nada fácil. Llena de oposiciones de todo tipo. Basta con ir a la iglesia en la cabecera municipal de Temoaya, en el estado de México, para ver cómo es que los rasgos de espiritualidad indígena y colonizadora de España se concatenan en pleno siglo XXI. Cuenta la Cronista de Toluca: Los dos tomos que integran el Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España, escritos por Ciudad Real, son pasmosa fuente de datos de diversa envergadura. Margarita con certeza nos informa de su deslumbrada sapiencia en la que a peregrinajes de múltiples personajes de la España conquistadora, en la que se juntan los afectos por el poder material de los aborígenes junto con el deseo de dominarlos a través de la religión, para hacerles en el deseo del dominio: lo mismo su vida física que su vida espiritual.

Escribe Margarita: Ciudad Real relata el viaje que hicieron el comisario Ponce de León y él a Toluca y sus alrededores: “Salió al amanecer de aquel puerto y acabados de subir los altos sobredichos, con los puertos que hay entre México y Toluca, y pasadas a subida y bajadas muchas barrancas con un frío muy recio, llegó como a las diez del día a Río Grande, que por otro nombre se llama Toluca, porque corre por aquel valle; no lejos de aquella villa. Pásase por un puente de madera, junto al cual estaban muchos indios e indias de un pueblecito no lejos de allí, llamado San Marcos, puestos en procesión aguardando al padre comisario, con cruz y pendones, aprendiendo llevarle a comer a su pueblo, agradeciéndole su devoción y buena voluntad, pero no accedió a lo que pretendían, porque importaba mucho llegar presto a Michoacán, y no convenía detenerse”. La cita que hace la Cronista de Toluca es de gran ayuda para comprender los avances que se tenían a través de los conventos que ya se habían fundado con la mano de los nobles indígenas en aquellos tiempos de Dios y de ídolos indígenas que seguramente se encontraban escondidos o soterrados en las capillas abiertas que habrían de ser la verdadera iglesia nueva de los indígenas que no se dejaban encerrar en recintos de grandes muros.

A través de lo que transcribe Margarita es que entendemos cuáles son los Conventos que en el valle de Toluca se han creado alrededor de la ciudad, cito lo escrito por el fraile Ciudad Real: Pasó, pues, adelante y andada dos leguas de camino tan llano que aún a los muy descansados cansa y muele, llego a mediodía a la villa y conventos de Toluca, cinco leguas largas de San Antonio, dos de Río Grande y nueve de México. Hiciéronle los indios aquella villa muy solemne recibimiento, con muestras señales de mucha devoción, lo mismo mostraron los españoles que ahí residen, que son muchos. Los indios de aquel pueblo y las demás de aquella guardianía, parte de aquel pueblo y las demás de aquella guardianía, parte de ellos son mexicanos, parte otomíes, parte matlatzincas y parte mazahuas, que son diferentes naciones y diferentes lenguas, aunque los mazahuas hablan la lengua otomí corrupta, todos caen en el arzobispado de México. El convento es bueno y bien edificado, está acabado con su claustro alto y bajo, iglesias, dormitorios y huertas, en la que se hace muy buena hortaliza y se dan duraznos y tunas de maravilloso sabor. Había a la sazón en aquel convento estudio de teología y muchos estudiantes; cuando no los hay, moran en él de ordinario cuatro religiosos.

El Convento de San Francisco, del cual la nostalgia se convierte en un suspiro por lo que era la principal prueba del progreso religioso, social y espiritual de la Toluca que se ha construido y destruido desde aquellos tiempos desde antes que llegaran los españoles a ejercer su dominio físico y espiritual. El Convento que en décadas del siglo XX, entre los cincuenta y setenta, ejerció en sus ruinas como catedral de Toluca hasta que se inauguró la actual y majestuosa que tuvo su primer obispo en don Arturo Vélez Martínez. El artículo de Margarita García Luna para el periódico El Sol de Toluca nos abre puertas al conocimiento, no sólo del siglo XVI, sino que nos hace entender lo que vendría en los siguientes siglos en que se ve destruir el Convento de San Francisco de la villa de Toluca, su centro urbano más relevantes pues alrededor del Convento estaban las casas y escuelas y más allá, en el siglo XIX el Hospital que era otro edificio histórico y que terminara destruyéndose para construir en ese lugar la actual Escuela Normal del Estado de México, inaugurada por el presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz en la ciudad de Toluca en el año de 1968, en el siglo pasado durante el gobierno estatal de Juan Fernández Albarrán.

La Ruta de los Conventos es lo que desvela la cronista Margarita García Luna, basta seguir la cita que hace de fray Antonio de Ciudad Real:“Está aquel convento con otros tres, fundado en un valle muy grande que se llama Toluca, muy fértil de maíz y de pastos para ganado mayor y menor, y así hay en él muchas estancias, criánse muchos puercos y hacénse maravillosos perniles que tienen fama en toda la Nueva España. En Toluca hacen los indios, de yerba de la tierra, cuerdas para mujeres, muy blancas y delicadas, y tan curiosas como se pueden hacer en Castilla; es pueblo de gran vecindad en él y en todo aquel valle hace muy recio frío y se dan muy buenas tunas y en mucha abundancia. Cómo sería el frío de aquellos tiempos a fines del siglo XVI, si sólo basta con saber que para la década de los treinta en el siglo XX Toluca tenía una media de temperatura anual del 13.5; así que el pensar en aquellos peregrinajes que nada tenían que ver con medios que para el siglo pasado se resolvían con los medios de automotores y el tren. Los datos que da García Luna son vitales para comprender aquellos tiempos en el valle de Toluca. Saber nuestro pasado es entender el presente cuyo mestizaje cultural nos enriquece.