Pobres políticos

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Carlos Hank González lo estableció con una frase demoledora: “un político pobre es un pobre político”. Tan simple como eso. De lo que se desprende, luego, ¿cómo hacerse de esa riqueza? “El Profesor”, como se le conocía, era natural de Santiago Tianguistenco y cursó la carrera magisterial porque era lo natural en su condición de penuria. ¿Cuántos, como él, no siguen el mismo curso en los planteles de Ayotzinapa o Texcoco? No obstante que era hijo de inmigrante alemán (lo mismo que Frida Kahlo), Hank González se convirtió muy pronto en juvenil emprendedor. Inventó una fábrica de dulces y natillas, él mismo preparaba la mermelada de tejocote, adquirió un camión y se hizo transportista, luego fundó la empresa Campos Hermanos, fabricante de herramientas… y así quedaron dispuestas las circunstancias para dar el gran salto a la política, que era su ilusión juvenil.

         ¿A qué viene todo esto? En las recientes semanas hemos atestiguado algo que recuerda la frase lapidaria del profe Hank, cuando emisarios de talante resignado reciben paquetes, o bolsitas de dinero, pero eso sí, videos difundidos a todo color en horarios triple A. Se supone que son dineros de misteriosa procedencia destinados a pagar (o “apoyar”) campañas políticas de este o aquel partido en comicios no tan remotos. Y como no hay recibo que avale el ingreso de esos caudales, volvemos al adagio hankiano, hacerse ricos, de una u otra forma, para dejar de ser un pobre político.

         Hay muchas maneras de lograr un patrimonio en la vida, aunque en principio son tres: por las buenas, por las regulares y por las otras. La primera requiere de tesón, ingenio, prudencia, ahorro, buena suerte y el beneficio de los vientos propicios. La tiendecita que se hizo almacén y luego cadena de supermercados. La tercera manera (nos saltaremos, por el momento, la segunda) es por medio del crimen. La transgresión a las leyes y al derecho ciudadano a la propiedad (que es uno de los derechos humanos esenciales, por cierto). Lo conocemos hasta el hartazgo… robo, narcotráfico, secuestro, contrabando, extorsión. ¿No estuvo contemplado, durante algún tiempo, el “Chapo” Guzmán Loera en la Lista Forbes de los cien hombres más acaudalados del mundo? Pues bien, la segunda manera de hacerse de un patrimonio es por medio de la política, digamos, las prácticas ilícitas de la administración pública, que incluyen el tráfico de influencias, el cohecho, el peculado, la malversación y, en general, todo tipo de “mordidas” y moches que protagonizan lo mismo el policía de tránsito, que el inspector de obras o el señor gobernador, ya no se diga, ahora, el director general de la famosa paraestatal.

         Así que no nos alarmemos demasiado, pobres políticos pobres, están cumpliendo con la normatividad no escrita, y de la discreción y la marrullería dependerá su sobrevivencia en la cuerda floja que implica su cargo. A lo mejor lo grabaron, lo filmaron, sorprendieron su firma en el documento comprometedor. Por eso se prefieren las “donaciones” en riguroso efectivo, que no quede huella, que no, que no…

         Luego del escándalo queda una pesarosa sensación de impotencia. Todos son lo mismo. Llámese Lozoya o Pío, Peña Nieto o Rosario Robles, Bejarano o Videgaray. Ninguno se salva, no aprendieron la lección del profe Hank, la riqueza era en otra parte, y luego, con talento, el ejercicio de la política… y no al revés.

         Sí, el panorama es de escándalo, máxime en vísperas del periodo electoral. La danza de los millones que ante nuestras narices van y vienen, mientras la catástrofe del covirus pasa a segundo plano. ¿Hoy murieron 670 contagiados, igual que ayer? “Hombre, qué pena… habría que guardar la distancia”. Gobierno ladrón y ladrones gobernando. Es la imagen que guarda la ciudadanía, acrecentando de ese modo su desconfianza a la política y su procedimiento, que se llama, por cierto, democracia. ¿Para qué, si van a hacer lo mismo?

         Mal momento para recordar aquella otra frase que el Profe le dictó a don Fernando Benítez, cuando lo entrevistó: “¿Ustedes suponen que un día van a llamar a los hombres buenos y puros, y les van a decir: –Aquí tienen el poder. ¡No! ¡El poder hay que ganarlo!”. De eso, tristemente, se trata todo.