POPULISMO Y GLOBALIZACIÓN… LA IGNORANCIA ECONÓMICA
“Cuidado con las soluciones simples para problemas complejos.”
- Hermann
IGNORANCIA QUE AFECTA AL PUEBLO: Visualicemos a alguien que se siente enfermo y decide operarse a sí mismo porque “ha visto algunos videos” y cree que entiende cómo funciona el cuerpo humano. No sólo no se cura, se agrava. Algo parecido ocurre cuando un político -de izquierda, derecha o centro-, sin comprender economía ni historia, pretende “arreglar” la globalización confundiendo conceptos básicos.
Cree que globalización es lo mismo que neoliberalismo (sí no sabes, confúndelos) -como si anatomía y cirugía fueran idénticas- y desde esa ignorancia receta políticas públicas equivocadas como cerrar fronteras, subir aranceles y culpar al mundo exterior. El resultado suele ser el mismo que el del paciente autodidacta, más daño, más dolor y cero soluciones.
La globalización no es lo mismo que el neoliberalismo. La globalización es un proceso histórico de integración económica, tecnológica y cultural entre países; el neoliberalismo, en cambio, se identifica como un conjunto específico de políticas —privatizaciones, desregulación, reducción del Estado— aplicadas por algunos gobiernos desde los años ochenta. Puedes tener globalización con fuerte intervención estatal (como China), o neoliberalismo sin apertura comercial plena. Confundirlos es un error común: uno es un fenómeno estructural del mundo moderno; el otro, una receta ideológica particular.
El problema populista es cuando se confunden los términos, generalmente porque no se conocen. Cuando se habla de romper la globalización, conviene recordar la advertencia del economista Dani Rodrik cuando señala que “La historia de la globalización es la historia de tensiones profundas entre integración económica, soberanía nacional y cohesión social.”
Y es precisamente en esas tensiones donde prosperan líderes como Trump, Putin y distintos regímenes populistas que, desde trincheras ideológicas opuestas, comparten un objetivo común: debilitar el comercio global y regresar a esquemas proteccionistas que son más caros e inflacionarios.
Como es obvio que éstos y otros líderes como Maduro, Ortega y los hermanos Castro y asociados, no estudiaron ni entienden economía, sus costosísimas decisiones se explican desde la trinchera política o politicoide. La globalización generó enormes beneficios como precios bajos, acceso a tecnología y expansión de mercados, pero también produjo perdedores visibles, regiones desindustrializadas, trabajadores desplazados y clases medias estancadas.
Como el malestar es real, los populistas lo capitalizan ofreciendo una narrativa simple:
“Tus empleos se fueron porque otros países te explotaron. Cerremos fronteras y traeremos la prosperidad de vuelta.”, dice Trump y así “le devolveremos a América (USA por supuesto) su grandeza” Esto funciona políticamente porque da identidad, enemigo y consuelo. Pero no funciona económicamente.
CUANDO EL PROTECCIONISMO ENCARECE LA VIDA: Subir aranceles, prohibir importaciones o forzar la producción local implica fabricar caro lo que antes se importaba barato, lo que significa precios más altos, menor competencia, costos crecientes para las empresas, menor inversión, y, lo que ya estamos viviendo, salarios que rinden menos. Todo, por si no lo habían notado es, en los hechos, inflación disfrazada de “soberanía”.
Gracias a la globalización, desde 1994, México importa más del 60% del trigo que consume.
Si intentara producirlo todo internamente, la tierra no alcanzaría, los costos serían mucho mayores, los precios del pan, la harina y la pasta se dispararían, y el ingreso de las familias caería en términos reales.
Gracias al comercio internacional, México puede comprar trigo barato y dedicar sus campos a cultivos más rentables. El trigo “regional” en México, a raíz del Tratado de Libre Comercio (el original) permitió que la globalización abaratara la vida y mejorara la productividad.
Trump ataca porque asume que la deslocalización manufacturera -sumada a la automatización- destruyó millones de empleos industriales en EE.UU. y Europa.
Ciudad tras ciudad en el “Rust Belt” quedó marcada por fábricas cerradas, pobreza y resentimiento. Ese vacío, más tecnológico que por desplazamiento, fue llenado por discursos nacionalistas que prometieron “volver a traer la industria”.
La realidad es que ningún arancel ha devuelto, en ningún país, la era dorada a la manufactura. Lo que sí han devuelto son productos más caros y tensiones comerciales y generado la paradoja del populismo económico.
Los regímenes que demonizan la globalización sostienen tres promesas que rara vez cumplen:
- “Defender la economía nacional”, encareciendo lo que consumen los propios ciudadanos.
- “Proteger empleos”, sosteniendo industrias poco competitivas con subsidios que pagan los contribuyentes.
- “Recuperar soberanía”, mientras reducen el crecimiento y alejan la inversión.
En los hechos, lo que se gana políticamente se pierde en bienestar. El punto, para los que sí estudian y entienden a la economía, es que hay que globalizar mejor, no globalizar menos.
Rodrik lo resume sin estridencias, la globalización no debe quebrarse, sino corregirse.
Las economías necesitan apertura, pero también necesitan políticas que protejan a las personas que quedaron atrás.
La alternativa planteada por Trump, perseguida criminalmente por Putin y mal seguida por países latinoamericanos sumidos en el populismo, -el cierre, las murallas, los aranceles, la desconfianza- siempre termina igual, con consumidores pagando más, empresas invirtiendo menos y países creciendo poco.
La globalización imperfecta puede ser corregida. El proteccionismo perfecto nunca ha traído prosperidad.
DE FONDO
El incremento de la deuda pública para México para 2026, con presupuesto aprobado, significa que habrá un mayor costo financiero, una menor disponibilidad de recursos para programas sociales e inversión, y una mayor presión sobre las finanzas públicas, lo que afectará la sostenibilidad fiscal y el crecimiento económico. El aumento se debe a un déficit histórico y a que se destinarán recursos significativos para el pago de intereses, más de lo que se gasta en salud, educación e inversión física. Con ello, la deuda pública alcanzará un máximo histórico de 52.3% del PIB, equivalente a 151 mil pesos por habitante
DE FORMA
La deuda pública, como la privada, solo es sostenible y beneficiosa si se usa de manera inteligente para financiar inversiones que impulsen un crecimiento inclusivo y sostenido. Cuando no es así, se convierte en una carga que compromete las finanzas presentes y futuras del país. El impresionante incremento de 10 a 20 billones de pesos en tan solo 7 años, nos coloca en el espejo de Venezuela, de Argentina y de Nicaragua. Mal presagio.
DEFORME
El INEGI reporta que el 67% de los mexicanos lee “algo”, pero equipara libros, revistas y ¡hágame usted el favor!, redes sociales. No dice el porcentaje de lectores que comprende lo que lee. Los mexicanos tienen un bajo nivel de comprensión lectora, según la última prueba PISA, donde México se ubicó en el penúltimo lugar entre 37 países evaluados. Quizá esto explica la confusión entre neoliberalismo y globalización…

