¡Por capricho!

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Cuando leemos la cita de Albert Einstein, dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo, parecería una exageración, sin embargo, es lamentable descubrir que esa aseveración tiene, para tristeza de la educación en México, mucho significado.

 

Los estragos de la pandemia nos han desnudado a niveles insospechados, evidenciando nuestros miedos y limitaciones; nuestras razones y creencias, nuestra intolerancia y mediocridad.

 

Lejos están aquellos tiempos en que el docente lograba establecer reglas, condiciones, procesos y métodos para compartir el conocimiento; en nuestro tiempo, el profesor es recluso de una sociedad egoísta, prepotente y acostumbrada a conseguir las cosas con el menor esfuerzo.  No es casualidad ver los niveles de incompetencia en todas partes; la razón parece haber quedado en un cajón, condenada a morir ante la cada vez más evidente falta de argumentos.

 

Antaño, se apostaba al respeto como elemento básico para la convivencia, la disciplina tenía un peso específico y se procuraba educar en valores.  Todo eso está perdiendo significación ante las posturas de una modernidad que ha sido mal entendida.

 

Es cierto que muchas instituciones educativas privadas han perdido matrícula, esto resulta natural ante la crisis económica que atravesamos, en ese transitar, algunos alumnos y padres de familia han sacado ventaja para chantajearles de manera dolorosa.

 

En esa lógica, padres que exigen que a sus hijos se les permita ingresar a sus sesiones síncronas a cualquier hora o que los profesores acepten las tareas aún a destiempo; si el docente (previo establecimiento de reglas de trabajo) opta por honrar el compromiso hecho en aras del orden y el trabajo efectivo, recibe la presión de la escuela porque el progenitor, en tanto no se le permitió imponer su voluntad, externó que se llevaría a su campeón a otra institución.

 

¿El resultado?, cientos de miles de niños y jóvenes que crecen convencidos de que ese es el mecanismo para obtener las cosas, ¡por capricho!

 

Esto pone en un grado de vulnerabilidad tremenda a los profesores, porque si algo, lo que sea, no les parece a sus brillantes alumnos o papitos, basta con pedir su cabeza (so amenaza de ya no seguir pagando) para que se salgan con la suya.  En un gran número de los casos, porque se entiende (pero no se justifica) la necesidad de las instituciones, el sacrificado será el mentor, porque este ejercicio del poder obtiene un protagonismo preocupante.

 

Si en el mundo laboral o de la política es una conducta reprochable, ¿imagine en el ámbito educativo? Estas actitudes son muestra de una sociedad que asume que merece todo, por decreto, haciendo el peor uso posible del poder.

 

Además, sin dar posibilidad de réplica, desde la cobardía, porque son perfectamente conscientes de que no tienen otro argumento más allá de su incomodidad.

 

¿En dónde quedan los procesos formativos?, ¿En dónde queda la corresponsabilidad en el proceso de enseñanza-aprendizaje?, ¿Qué tipo de conductas estamos modelando a las nuevas generaciones?, ¿Dónde está el respeto mínimo que merece un profesional de la educación?, ¿Qué pasó con los valores fundamentales?

 

Afortunadamente, el tiempo es el mejor aliado, y esos que ahora se sienten poderosos, acabarán mordiéndose las uñas por sus vidas vacías y urgidas de conflicto.

 

Que sabio es Marco Antonio Solís, el Buki, cuando nos obliga a reflexionar; ¿A dónde vamos a parar?

 

No cabe duda, siempre puede ser peor.

 

horroreseducativos@hotmail.com