Posturas absurdas
La ruta para enfrentar la vida tendría que ser diferente, en el imaginario colectivo encontramos posturas que, lejos de contribuir a una construcción positiva de las sociedad, favorecen la incongruencia y acaban por destruir lo que en el papel tendríamos que cuidar; posturas absurdas que nos tienen francamente mal.
Desde el seno familiar, orientamos en el contrasentido porque nuestro estilo para educar debe ser diferente al de otras generaciones: desde la infancia le damos al niño todo lo que pide, así crece con la convicción de que todo el mundo le pertenece. No se le comparte ninguna educación espiritual, pues esperamos que alcance la mayoría de edad para que el pueda escoger libremente; cuando dice malas palabras, reimos, esto le anima a hacer más cosas graciosas; no se le puede regañar nunca, porque se le puede crear un complejo de culpabilidad, se le recoge todo lo que tira, así se acostumbre a cargar su responsabilidad en los otros.
Les permitimos ver y leer de todo, llenando sus pensamientos de basura; les damos todo el dinero que requieren, no vaya a ser que descubran que para ganarlo hay que trabajar; y lo más grave, nos ponemos de su parte en todo conflicto o diferencia, porque seguramente el mundo tiene animadversión contra ese angelito.
En otro sentido, y recordando al maestro Miguel Ángel Cornejo, orientamos mal los esfuerzos, si un niño obtiene un 7 en matemáticas y un 10 en literatura, nos enfocamos a resarcir ese 7 cuando en realidad es claro que ese pequeño tiene gusto y probablemente talento para la literatura. Estar duro y dale con que mejore en matemáticas, si acaso lo hara pasar de malo a regular, quizás bueno; si le apoyamos en aquello en lo que es bueno, no sólo será excelente, sino que tendrá una luz clara en su camino.
El resultado, con el paso del tiempo, no es más que el fruto de lo que hacemos cotidianamente; Aristóteles, más de trescientos años antes de Cristo, expresó: El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento, el comportamiento repetido crea hábitos, el hábito estructura el carácter, la manera de pensar ser y actuar de un individuo, y el carácter marca el destino.
Ese destino, refleja lo que en realidad somos; quienes no han sido del todo favorecidos (porque no lo han construido adecuadamente), andarán por la vida alabando sus propios logros, diciendo que ellos son lo más mejor del mundo y restregando a todos que nadie como ellos. Evidentemente posturas chatas y urgidas de reconocimiento.
Nada tan absurdo como vencer, es mucho mejor convencer, pero siempre con argumentos que se enfoquen en ese deber ser tan olvidado en los contextos actuales; ante la incapacidad por hacer las cosas por mérito propio, resulta más sencillo hacerlo a través del fracaso del otro, y si para ello debo estar hablando mal del prójimo para sentar mi éxito en la desdicha del de enfrente, resulta una estupidez que, desafortunadamente, llega a encontrar eco en los otros.
Versa el adagio, podemos engañar al mundo, pero a uno mismo, jamás.

