Punto final

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Tres años me he tardado en acabar este trabajo. 36 meses me ha llevado construir la historia de A.S. y con ella decir que es buena literatura. Un año ha pasado desde el último capítulo que escribí y justifiqué a través de la cita. La razón fue que intenté encontrar a P.T. y darle lo que solo a ella le corresponde. Tenía que contarle cuánto la quiso mi padre y darle la historia completa.

Gracias a mis abuelos paternos supe que mi padre se quedaba en una ciudad cerca de Tucson. Quedaba a casi una hora, su nombre: Benson. Después de la cita diecinueve, me fui de vacaciones allá y sin casi información, traté de conocer a cada uno de los personajes. También fui a mejorar mi manejo de su idioma. El trayecto no fue tan pesado como yo lo tenía en mente. Tenía tanta curiosidad y felicidad sobre este diario, quería darles rostro a las personas reales ficcionalizadas en el diario.

Katherine y George mantenían su mismo domicilio, misma que estaba apuntada al final del diario. Atendieron la puerta rápidamente y les platiqué razón de mi visita, se pusieron un poco tristes. Ambos tenían gratos recuerdos de él, me invitaron a pasar y a conversar sobre el pasado. También me enseñaron la habitación que usó en ese tiempo y algunas cosas que había olvidado: entre ellos un cuaderno, dos libros y una camisa.

En el cuaderno encontré un número. A pesar de la fea letra (característica que siempre le acompañó), supe qué era el número de P.T. Algo dentro de mis entrañas me lo decía. Me despedí de los Williams y me dirigí al mismo teléfono público, algo obsoleto, pero allí estaba (a la misma distancia que describía el diario). La nostalgia estaba a nada de pegarme, pero tenía el deber de cerrar el ciclo. Marqué y en respuesta escuché una voz de una chica, al pasar esta, pregunté:

–¿Disculpe, este es el número de la familia Turner?–

–Así es, ¿busca a alguien es específico?–

–Sí, buscó a Paula.– contesté.

–Solo estoy con mi abuela, mi madre salió. Si gustas llamar a las seis, ella volverá a esa hora.–

–No podría darme su domicilio, tengo que hablar con ella en persona.– afirmé.

–¿Quién es?–

–Soy el hijo de un viejo amigo suyo. Vengo a entregarle un diario.– mencioné.

No confiaba en mí, sinceramente yo también me habría retraído a una conversación tan extraña. Tuve que mencionarle las siglas de mi padre, y seguir explicándole la razón de mi viaje, en menos de diez minutos accedió a darme su ubicación. A las cinco y media caminé hacia esta y al ya ubicarme me senté en el portón. Toqué delicadamente el diario y lo hojeé por última vez, en la última cita del 24 de julio de 1996, me encontré con tres páginas escondidas, misma que serán mi última cita:

“12 de diciembre de 1996

–Hola, ¿cómo estás?–

Sé que posiblemente nunca leas lo que te estoy por decir, pero quiero que sea la última fecha de este diario de mi año en intercambio. Paula estás cumpliendo tus 18 años y no he podido olvidarlo. Me gustaría poder marcarte, o incluso ir a abrazarte e invitarte a cenar. Quiero decirte que eres una de las personas más fuertes que he conocido. También una de las más brillantes y graciosas. Tienes demasiado a tu favor para superar cualquier problema, cualquier situación y sanar tu corazón.

Mujer, alza ya la cara y el ánimo, que vendrá tiempos mejores. Lamento no ser yo y también lamento haberte incomodado con mi última llamada, debió quedarse como un secreto, guardado por este libro. Pero ya pasó y solo quiero decirte que te quiero, te aprecio y te admiro. Espero volver a verte y poder dártelo (refiriéndome al libro). El tiempo se escurrió por mis manos, pero sé que aún hay más que contar. Te he escrito este poema:

Si alguna vez te vuelvo a ver,

Si tu sonrisa se vuelve a llenar de alegría,

Si tu corazón sano esta,

Si tú eres de nuevo quien me causó esa impresión.

Paula, chica, quien fue mi luz,

Viajaré a ti y haré que el tiempo se detenga.

Para que tú y yo no seamos solo un recuerdo,

Y así vivir en felicidad.

Amigo o algo más, me iré feliz,

Con una sonrisa en mi rostro,

Que me durará toda la vida.

Y así terminando de confesarlo todo,

Mis sentimientos serán palabras, una realidad

Pues, ya no te amaré en susurros.

Espero estés disfrutando tu día, te quiere: A.S.”

Antes de tocar al portón, tomé fotos a esta última fecha. Una chica me abrió la puerta; ella era delgada, de piel blanca, de ojos marrones y pelo castaño. Su belleza la escondían unos anteojos. Era idéntica a P.T., la viva imagen de ese personaje indeterminado que describió mi padre, diferencia de generaciones, ella era su hija.

Me dejó pasar y me guió a la sala. Allí estaba su madre, platicamos un buen rato y personalmente le leí la última cita. De uno de sus ojos escurrió una lágrima, le di el diario y me fui, cerrando la historia inconclusa de ellos dos. El peso de relatar y construir esta novela ya ha caído de mis hombros. El afecto que mi padre sentía por P.T. ya no es escreto, es un grito y afirmación.

He sido el narrador de una historia ajena a mí y de una forma la he llevado de una forma simultánea a mi investigación. Como mencioné, la respuesta siempre estuvo en mis narices y me enorgullece saber que ese joven era mi padre. Finalmente, a través de una afirmación, sus palabras y las mías he construido una unidad de sentido. Una historia-ficción-realidad que significa mucho más.

El amor ya no es en susurros, ustedes como yo han convertido los sentimientos de A.S. en un eco.

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