¿Qué llevo a Ortega y Gasset a escribir La rebelión de las masas?

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III parte

I.

En el último espacio nos habíamos ocupado del qué, me parece, es uno de los dos criterios más importantes desarrollados por Ortega y Gasset en su texto La Rebelión de las Masas: las sociedades se comprenden de una mejor manera si centramos nuestra atención en cómo, en su interior, se relacionan individuos que son ‘masa’ o ‘minoría selecta’. Lo elegimos, junto a un segundo criterio, porque creo que ambos nos permiten interpretarlos con unos resultados de rebosante actualidad, sino también un entendimiento de cuáles son las preocupaciones neurálgicas del texto en una dirección que se ajusta satisfactoriamente a los intereses del autor. 

Si en el anterior espacio quedaron bien demarcadas las limitaciones y bondades del concepto clase de hombre y de cómo este devela las dinámicas presentes en gran parte de lo que acontece en nuestras sociedades, sólo con aclarar qué hay tras cada individuo de estas clases y cómo la propuesta de Ortega y Gasset nos incita a penetrar lo aparente de lo que vemos en términos socioeconómicos, sería suficiente para completar nuestros propósitos. O, como lo habíamos puesto: la clase a la que pertenecen los individuos que componen las sociedades no responde a asuntos socioeconómicos, sino a la grandeza de las aspiraciones que es capaz de contener dentro de sí el espíritu de cada uno”. Dicho esto, aboquémonos a la que me parece la parte más profunda del texto.

II.

El autor es muy claro cuando, para hacernos accesibles sus propósitos con este criterio, nos pide que nos figuremos a un hombre que no posea, por ninguna de las formas, ni por circunstancia ni por preparación alguna, una cualidad especial por la cual distinguirse. A primera vista, bastarían aquellas condiciones para llamarlo masa. Sin embargo, Ortega nos diría que éste no es sino el exterior del asunto. Que un individuo se encuentre en la cualificación común de la masa no significa que no quiera dejar de serlo, y con querer dejar de serlo aun cuando es consciente de que sus circunstancias le han sido siempre adversas para acceder a niveles más elevados de cualificación, es suficiente. Ser masa, es un hecho psicológico que responde a la indiferencia ante el hecho de que nos regenten por entero la existencia; se trata, de ser una ‘boya que va a la deriva’, de vivir según la máxima de ‘ser como todo el mundo’, ‘vivir sin problemas’.

Con aquello, el pensador no trata de negar la evidente y determinante injerencia que las circunstancias socioeconómicas ejercen en el estrato social al que uno pertenece. La lectura marxista del concepto de clase nunca es negada en el texto. Se reconoce y se echa mano de ella en múltiples ocasiones para hacer claros sus puntos porque, donde ha habido una conquista conceptual que aún se muestra predominante, ignorarla sin siquiera abordarla es un asunto de capricho en lugar de rigor. Más bien, lo que nos propone es una inmersión de mayor profundidad en el entendimiento con base a clases sociales que nos propone el marxismo. 

Es, pues, como si nos estuviese instando, como en el caso anterior, a no quedarnos en la epidermis del asunto. El concepto de clase social que maneja el marxismo tiene cuantas bondades podamos verle en el terreno de lo material, de lo fáctico, de lo que sucede inmediatamente en la realidad. El problema de fondo, es si acaso éste puede revelarnos los asuntos humanos tras las relaciones humanas que estudia sin reducir todos estos a cuestiones de segundo orden, que la superestructura económica puede explicar satisfactoriamente. Lo que, como se podrá intuir, a ojos de Ortega y Gasset es una empresa inviable.

III.

Lo anterior nos rompe los esquemas sobre la supuesta superioridad que existe entre las clases sociales desde una perspectiva economicista. Nos damos cuenta de que la aparente superioridad entre clases que se nos quiere presentar desde aquella visión, existe nada más, que en la parte externa del asunto, y que al llevarla al interior inician los problemas para este paradigma y para el sociólogo tradicional. El de Ortega y Gasset es un ejercicio filosófico en el más puro, o más bien, en el más antiguo sentido del término. 

De otra manera, ¿cómo podríamos entender que, en sus tiempos y aún en los nuestros, los pseudointelectuales más vulgares encuentren a su público objetivo en los lugares de la sociedad que dotan de mayor acomodo?, ¿por qué, aun teniendo una especial cualificación que los estratos más bajos no poseen, no son capaces de ver la vulgaridad y la pobreza intelectual de quienes les regentan ideológicamente? La respuesta es más profunda que sostener que estos sujetos se alinean con su discurso. Lo que sucede es que, la complejidad del ejercicio intelectual les asusta. La incomodidad de perseguir sinceramente un problema más allá de lo evidente les pasma; porque sus aspiraciones vitales son minúsculas y nada quieren hacer para cambiar este asunto. Ortega y Gasset, lo pone como sigue: Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera.