Querida amiga Friducha

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De mis primeros recuerdos vívidos visitando un museo –y vaya que ello marcaría mi destino– fue una exposición en el lugar más bello que hubiera visitado en mi  infancia: el Centro Cultural de Arte Contemporáneo, el cual se localizaba en Polanco y, desafortunadamente, en los azares de las decisiones culturales, cerró sus puertas antes de que iniciara el siglo XXI. Por fortuna, mis padres estaban convencidos del poder que tenían los museos, y no precisamente interactivos, para formar a los individuos; así que mis mejores domingos consistían en ir a la Ciudad de México, visitar una muestra de arte y comer algo rico en familia. Fue así como un día, no recuerdo bien mi edad, pero no pasaría de los ocho años, la conocí. La sala tenía poca gente y mientras mis papás y mi hermano veían un cuadro, un poco inquieta, comencé a caminar –aunque me gusta imaginar que lo hacía bailando– y me topé  con una mujer, o más bien dos. Gemelas, pero vestidas de manera diferente. Me miraron con una fuerza extraña que detuvo mis pasos. Respiré y los pigmentos de aquel cuadro se mezclaron en las palpitaciones de mi corazón. Había conocido a Frida Kahlo.

En el 2014 una noticia cultural brillaba en los titulares de la sección especializada. Diego y Frida abarrotaban las calles de París con la magna exposición de arte que presentaba el Museo de l’Orangerie con el matrimonio más conocido de la historia mexicana: él, el gran muralista de la historia nacional; ella, el icono de los chicanos, homosexuales y para ese entonces, de la misma mexicanidad. En realidad, era ella, Frida, quien causaba mayor estupor: la mujer que pintaba en su corsé mientras se encontraba postrada en la cama por un lamentable accidente de juventud… el personaje que daría a la actriz mexicana Salma Hayek la nominación al Óscar y uno de los gustos artísticos de la reina del pop, Madonna. Frida era un fenómeno que eclipsaba a su marido, una ironía del tiempo transcurrido, pues en vida, ella resultaba ser la esposa artista del Mtro. Rivera, ataviada de tal forma que nadie le negaba la mirada y con un carácter tan feroz como el rojo de la causa comunista que llegó a enarbolar. Era todo eso, menos una artista famosa.

Aquellas gemelas se convirtieron en unas amigas que si bien, no veía a diario, solían toparse con mi vida. Recuerdo que estaba aún en la primaria y la maestra había pedido que habláramos de un libro leído en casa. Una compañera nos contó sobre el texto que relataba la historia de una pintora que había tenido un accidente saliendo de la escuela, por lo que toda su vida la había pasado entre pinceladas y hospitales. Al regresar a casa, mis padres me explicaron que se trataba de la misma pintora que habíamos visitado en el museo de los domingos y sólo pensé que me gustaba su pintura, y ahora me daba tristeza su historia. Sin embargo, pesaba más la fuerza de sus ojos que las narraciones de aquel libro descrito en clase, que ciertamente, nunca leí.

Frida Kahlo no sólo ha eclipsado a Diego, me atrevo a pensar que a su propia obra. Son constantes los comentarios que reviso en las redes o en círculos cercanos afirmando que no pintaba tan bien o en el otro extremo, fanáticos enfrascados en la historia de amor y tormentos que vivió con Diego Rivera, incluyendo su divorcio, engaños, abortos y cartas de dolor y destrucción moral. Y en medio, se me antoja imaginar, se encuentra la obra de Kahlo: no nada más los ojos que alabara el propio Picasso; además, existen otros elementos como la contundencia de su paleta de colores, la definición de su estilo y la reconceptualización del retrato y autorretrato en la luz del arte moderno. Se le cataloga como surrealista y, de hecho, por ejemplo, en el Museo de Arte Moderno en Nueva York, comparte mampara con Salvador Dalí y La persistencia de la memoria. Sin embargo, Frida siempre defendió que pintaba su realidad. Lo cierto es que el trabajo a detalle que caracteriza algunas de sus obras, con figuras pequeñas y textos, recuerdan los típicos exvotos mexicanos que también forman parte de la cultura visual de su país natal. A ello, debe añadirse su conocimiento del arte popular mexicano que se convertiría en elemento esencial de su trabajo y a la vez, sería su trabajo quien nutriría al arte popular mexicano, décadas después de su muerte.

Durante el otoño del 2019, la escuela de danza donde tomaba clases de ballet preparaba un espectáculo especial dedicado a Frida Kahlo. Por los mismos azares del destino, me tocó preparar un solo de acuerdo con la coreografía de mi maestra y teniendo el encargo de proponer mi propio vestuario. Como parte de la investigación, encontré la propuesta que hiciera el English National Ballet y un programa especial dedicado a la pintora mexicana Frida Kahlo. Con unas bandas blancas y una falda del mismo color, uno de los bailarines recordaba el cuadro La columna rota. No parecía difícil la confección y, de hecho, no resultó así. Aquella tarde de presentación, mientras me miraba al espejo, recordé las múltiples veces que había visitado en Coyoacán la casa de Frida Kahlo: la hermosa Casa azul, ya sea con mis padres, mis alumnos o mi novio en turno –no fueron muchos, pero siempre les tocó platicar con Frida y su azul cobalto–. Entonces, en las pinceladas  de los recuerdos de mi propia vida, comprendí que de Frida había aprendido la lección sobre el dolor, lo que hoy llamamos resiliencia, pero, sobre todo, la bella metáfora de que, sin importar las piezas rotas del corazón o el cuerpo, había que seguir. Y vaya que siguió.

En junio el 2021, en medio de la marea del Covid-19, el edificio art déco de la Plaza de la República, en la Ciudad de México, el Frontón México, inauguraba una muestra inmersiva, al estilo de Van Gogh Alive, sobre la artista mexicana Frida Kahlo. Los contenidos y sincronización multimedia habían sido trabajados por una empresa mexicana y siguiendo los lineamientos de los nuevos tiempos, abría sus puertas a los cuadros de Frida en gran formato, de manera digital y con la posibilidad de tomar un café sin temor de que alguna alarma histérica de museo sonara. Una oferta cultural demasiado tentadora para no visitar a una vieja amiga.

Supongo que mi encuentro resultó más ventajoso: he crecido viendo a Frida Kahlo, leyendo a Frida Kahlo, aprendiendo de Frida Kahlo. En México, Alemania, Francia o Estados Unidos, siempre ha estado ahí, sin pies, pero con alas para volar…. Entré y sabía perfectamente lo que vería; y ahí se encontraba mi amiga Friducha. Mis gemelas, el corsé blanco, el vestido colgado, la mirada contundente… la memoria hecha nuevamente pincelada. Ya no era una niña danzando por la sala, ahora Frida saludaba a una mujer que comprendía perfectamente su famoso verbo cielo; esos amores que te llevan a la agonía, el arte que cura la hermosa vida. Siempre lo supe, nada más que ahora con la madurez del tiempo lo entendía, Frida no es un Monumento Artístico de México por haber tenido su columna rota… sino por haber reconstruido sus piezas a través del arte.