¿Quién soy yo? Una responsabilidad ‘consciente’ de impacto social
Al igual que en la producción de los bienes necesarios para su vida el hombre entra en relación con la naturaleza y la transforma mediante el uso de herramientas; idea que fue tomada de Carlos Marx, de El Capital, también en su relación con otros hombres, con quienes colabora, necesitará unas herramientas específicas para influir en ellos de forma que su actividad conjunta resulte exitosa. Tales herramientas son los signos. Una herramienta…sirve como conductor de la influencia humana sobre el objeto de su actividad. Está dirigida al mundo externo (…) Un signo es un instrumento para influir psicológicamente en la conducta, tanto si se trata de la del otro como la propia; es un medio de actividad interna, dirigida al dominio de los propios humanos. Un signo está interiormente dirigido. Como lo ha descrito Vygotsky (1960). Claramente podemos entender a Marx (1974) ahora cuando nos dice que el lenguaje es la conciencia práctica, si atendemos a la aportación vygotskyana, el lenguaje es praxis, que surge en y para el intercambio comunicativo, y que luego de ser interiorizado constituye la conciencia, el pensamiento de cada sujeto empírico. Vygotsky lo enuncia en su ley genética del desarrollo cultural: Cualquier función, presente en el desarrollo cultural de niño, aparece dos veces o en dos planos distintos. En primer lugar aparece en el plano social, para hacerlo, luego, en el plano psicológico.
Ahora podemos pasar al tema del interaccionismo simbólico de G. H. Mead, (1974) quien también sitúa el origen de la conciencia en lo social, en donde el pensamiento es simplemente la interiorización de este proceso social, de manera similar a Vygotsky. La auto-conciencia tiene para Mead (1974) un marcado carácter social. Se llega a ser un sí–mismo cuando se toma conciencia de uno como objeto social, en suma, cuando el individuo es capaz de verse a sí como lo ven los otros, para lo cual es imprescindible adoptar su perspectiva.
Ahora bien, no hay que perder de vista que el establecimiento y desempeño de roles constituye otra forma de coordinación de la interacción social, que igualmente va a propiciar la aparición de la auto conciencia en el sujeto. La tipificación de los individuos y sus conductas, el hecho de que exista un código de conducta compartido, posibilita que cada uno de los participantes del intercambio social sepa qué conducta cabe esperar del otro, cómo debe interpretarla y cuál es la respuesta adecuada a dicho comportamiento, esto es, permite la coordinación. Así que la pregunta más importante que se hace el ser humano como ser social y cultural es, ¿quién soy yo? Pero para encontrar su respuesta se requiere de toda la vida porque se construye con los elementos que proporciona la cultura a la persona, articulándose en su trayecto de forma particular y podríamos decir que única. Esta dualidad, Davies (2007) la define como identidad continua y diversidad personal discontinua. Por otro lado Bourdieu (1977) aborda lo cultural desde una mirada antropológica utilizando la noción de habitus, entendidos, dice, como aquellos que caracterizan a una clase o grupo social a la cual corresponde un estilo de vida, que es la expresión simbólica de las condiciones de su existencia.
Así es que cultura, identidad y discurso constituyen el sendero que durante toda la vida recorre el ser humano para contestar a la pregunta ¿quién soy yo? Y la sociedad y la escuela no están ajenas ni a la pregunta ni a la respuesta, porque ambas forman parte del lugar donde se vive y experimenta, pero, sobre todo, se dice. En este espacio compartido una persona emerge de los procesos de interacción social no como un producto final relativamente completo, sino como uno que se constituye y reconstituye a través de las variadas prácticas discursivas en las cuales participa, teniendo el discurso un rol similar al esquema conceptual. El desarrollo de nuestro propio ser y de cómo el mundo se interpreta desde la perspectiva de nuestra identidad implica los procesos siguientes: 1. El aprendizaje de las categorías que incluyen a algunas personas y excluyen a otras, 2. La participación en prácticas discursivas diferentes a través de las cuales los significados se asignan a esas categorías, 3. El posicionamiento de la identidad en términos de categorías y argumentos, 4. El reconocimiento de uno mismo como portador de las características que lo ubican como miembro de varias subclases de categorías dicotómicas y no de otras, tal como lo explicaron Davies y Harré (2007). Y en todo ello es, precisamente, el hecho de experimentarse a sí mismo como contradictorio, dice Haug (1987), lo que provee la dinámica para el entendimiento.
Por otra parte según Mead la comunicación es una conducta que le permite a la persona ser un objeto para sí mismo. La comunicación humana tiene que ver con el tema de que al tiempo que afecto a mi interlocutor con lo que digo, me afecta a mí mismo con lo dicho. Se convierte del mensaje a un conjunto de símbolos significantes. Nos señala también que hay diferencia entre la comunicación humana y otras formas animales de comunicación. No es lo mismo el llamado de una gallina a sus polluelos o el aullido de un lobo a su manada y la comunicación de símbolos significantes. La comunicación humana involucra un yo soy… En tanto conversación con símbolos significantes, nos remite a lo que Mead (1934) llama el discurso o la argumentación significativa que consiste en una, acción que afecta al propio individuo y este electo es parte del llevar a cabo inteligentemente la conversación con otros. Mead explica la comunicación humana como la consecuencia de la capacidad del individuo de objetivarse. Esto es, reconoce que el individuo tiene habilidades reflexivas, auto conciencia y, a través de símbolos significantes, se puede comunicar, con los demás y afectarlos de la misma manera en que se afecta a sí mismo. Mead nos ha hablado de cómo un individuo se transformara en persona al desarrollar habilidades reflexivas al adquirir un lenguaje y experimentar su como parte de un todo social. Sin embargo, la persona surge también y paralelamente, como, un todo social. Es precisamente, aquí donde la naturaleza de la comunicación humana es relevante, en tanto que la persona no sólo es un individuo sitio una persona en posesión de un yo soy social, es decir, un individuo con auto conciencia.
El yo, afirma Mead (1934), da un sentido de libertad, de iniciativa. El mí, por el otro lado, representa una organización definida de la comunidad ahí en nuestras actitudes, la cual demanda una respuesta, pero la respuesta que tiene lugar es algo que sólo pasa. No hay seguridad en cuanto a ella. La relación del yo y del mí es curiosa e interesante. Son entidades que existen de manera independiente y, sin embargo, se pertenecen, están juntas. Son partes de un mismo todo. Su separación, nos dice Mead, no es ficticia, es real. No. son idénticos. El yo no es calculable, predecible. El yo tanto llama al mí como responde a él. Tomados juntos constituyen una personalidad tal y como aparece en la experiencia social. Se trata entonces de una responsabilidad consciente.
De acuerdo con lo que se ha venido planteando la invención de uno mismo no surge de la nada, ni siquiera de unos reductos del Yo preexistentes, tal y como afirma la teoría preformacionista, sino que el individuo (la materia prima), los procesos constitutivos (las herramientas) y los agentes (constructores) son materia constitutivamente de origen y destino social. En esta misma línea Goffman (1959/1981) concibe que la conformación de la identidad personal se basa en el supuesto de que la persona puede diferenciarse de todos los demás. Aunque resulta difícil apreciar cómo la identidad personal desempeña un rol estructurado, cuando estamos sometidos a un continuo tránsito de información, puede que exista un contenido objetivo, aunque interpretado por la persona, con una continuidad en el tiempo. Identidad social y personal están conectadas en las interacciones, se crean mediante la situación y se transforman mediante la interpretación de las expectativas de los actores sociales. De este modo, el individuo es un agente interpretativo.
Sin embargo, la identidad se desarrolla a través de los otros, pero el vehículo de acción no es otro que el lenguaje a modo de acto de introspección, conversión de la identidad en objeto gracias a la acción de un poderse hablar y escuchar críticamente a sí mismo. Desde esta perspectiva entre identidades personales e identidades sociales se inserta una tercera instancia, la identidad del Yo, mediante la que se permite al individuo identificarse como uno a través del tiempo y de las situaciones de interacción. De acuerdo con Mead el Yo ha de concebirse, pues, como la respuesta del individuo a las actitudes de los otros hacia él, respuesta que se produce a partir del momento en que se asume una actitud hacia los otros. Ahora bien, los mí o roles introyectados que dependen del aprendizaje sociocultural, el tiempo y el lugar pueden modificar el yo.

