Raíces mexiquenses de Sor Juana

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La región de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl es parte del eje volcánico transversal que ocupa territorio en los Estados de México y Puebla. Concentra gran biodiversidad y riqueza de ecosistemas. Es uno de los parques nacionales más antiguos (declarado en 1935) y desde 2010, reserva de la biosfera. Pero también ha sido una gran área cultural desde hace siglos.

 

En la época prehispánica, habitaron pueblos nahuas tributarios de los señoríos de Chalco y Amaquemecan, así como del imperio tenochca. Tocó a los señores de esta región recibir a los conquistadores a su paso por los volcanes rumbo a la gran Tenochtitlán, desde el Paso de Cortés hasta Chalco. Entre 1524 y 1525 llegaron los primeros evangelizadores encabezados por el fraile franciscano Martín de Valencia. Luego llegaron también dominicos y agustinos, haciendo de ésta, una de las primeras regiones de la Nueva España donde echó raíces el cristianismo luego de la Conquista española.

 

Poco más de un siglo después nació y creció en este territorio una de las mujeres más destacadas de la historia de México: Sor Juana Inés de la Cruz.

 

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació el 12 de noviembre de 1648 en una casa de campo de San Miguel Nepantla (del náhuatl lugar en el medio, actualmente perteneciente al municipio de Tepetlixpa). Hija natural de Pedro Manuel de Asbaje y Vargas Machuca, originario de Vergara, provincia vasca de Guipúzcoa, España (en algún pasaje la misma Sor Juana reconoció sus raíces: siendo, como soy, de Vizcaya) y de Isabel Ramírez de Santillana, oriunda de Yecapixtla, al norte del Estado de Morelos.

 

Desde muy chica se fue a residir con su familia a la hacienda de Panoaya, en la rivera del lago del mismo nombre que recibe los escurrimientos volcánicos. La hacienda, propiedad del convento dominico de la Asunción de Amecameca, fue arrendada por su abuelo por tres generaciones. En este paraje fértil de aires montañeses fue donde transcurrió la infancia de Juana, niñez que estuvo enmarcada por los impresionantes paisajes del Popo y del Izta, especialmente por la omnipresencia de la mujer dormida detrás del casco de la hacienda.

 

La hermana mayor, Josefa, realizó sus estudios en una escuela de primeras letras de las llamadas Amiga y permitió que Juana la acompañara a las lecciones, por lo que aprendió a leer y escribir antes de los cuatro años. En su Respuesta a sor Filotea de la Cruz de 1691 rememoró que:

 

No había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mi tras ella el cariño y la travesura; y viendo que le daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer… y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero… y el galardón por junto; y yo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.

 

Es en Panoaya donde Juana devoró sus primeros libros en la biblioteca de su abuelo, quien tenía una instrucción considerable, pues apreciaba la literatura clásica. Entre los libros consultados por la niña estaban Illustrium poetarum flores de Octaviano Mirándola (Lyon, 1590), que incluía fragmentos de obras de Virgilio, Horacio, Boecio, Seneca, Juvenal, Plauto y Ovidio. También el Libro de los emblemas de Andrea Alciato, el cual inspiraría su Neptuno alegórico.

 

Abrevar de los libros comenzó a forjar su carácter y de alguna manera la hizo altiva y arrogante. Sólo así pudo sobrevivir en un medio dominado por hombres. Como bien dice Jaime Labastida: Le halaga, desde niña, provocar el asombro por su memoria e inteligencia. Y de la lectura dio el salto a la escritura pues también redactó escritos para la iglesia de su pueblo.

 

A la tierna edad de 8 años, allá por 1656, Juana es enviada por su familia a la ciudad de México. En la misma Respuesta a sor Filotea dice que:

 

Teniendo yo como seis o siete años y ya sabiendo leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y escuelas en que se enseñaban las ciencias, en México; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes y oportunos ruegos sobre que mudándome el traje me enviase a México a casa de unos parientes que tenía [sus tíos Juan de Mata y María de Ramírez, hermana de su madre], para estudiar y cursar la universidad… ella no lo quiso hacer [de inmediato], e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni represiones a estorbarlo.

 

En el imaginario de la niña, la universidad era la casa de las ciencias y el conocimiento. No obstante, después de la Amiga, Juana no asistiría a alguna otra escuela ni a la universidad e incluso diría, con un dejo de lamento, que su maestro fue sólo un libro mudo y su condiscípulo un tintero insensible.

 

Sin embargo, fue ese el momento a partir del cual comenzó su historia mítica, casi legendaria, de la que muchos han hablado y de la que han corrido ríos de tinta. Es en la gran ciudad donde Juana se convirtió en mujer, monja, criolla, autodidacta, culta y musa; adquirió fama e incluso fue considerada bella. Allí inició su lucha porque las mujeres tuvieran igualdad de acceso, junto a los hombres, a la educación, lucha que hoy muchos consideran feminista. Es también el punto en que dejó atrás, para no volver jamás, la tierra mexiquense que la vio nacer, crecer y desarrollar su amor por las letras en una extensa obra que hoy, por fortuna, podemos disfrutar en todo momento.

 

Para rendir homenaje a nuestra escritora, el pasado martes 12 de noviembre la Secretaría de Cultura del gobierno estatal realizó una Jornada Sorjuanista en el Centro Cultural Nepantla, en la que se entregaron premios a los ganadores del Certamen Internacional de Literatura en honor a la Décima Musa, por sus aportaciones a los géneros de la novela, poesía, cuento, ensayo y dramaturgia.

 

También se realizó un concierto barroco a cargo de la Orquesta Filarmónica Mexiquense dirigida por la maestra Gabriela Díaz Alatriste; el conversatorio La metamorfosis de Inés, a cargo de las sorjuanistas María Eugenia Leefmans y Margarita Loera Chávez; así como la presentación del libro El regaño de la peor… peor de todas, de la autora Marycarmen Aguilar Franco.

 

Vale la pena visitar este Centro Cultural de Nepantla, recién remodelado y que expone una nueva museografía con artes y piezas decorativas de la época en que vivió nuestra musa, además de los restos arqueológicos de la casa en que nació, así como un sin número de obras pictóricas y escultóricas sobre diversos aspectos de su vida. No se pierdan los exquisitos jardines alrededor de este centro en que, adicionalmente, la comunidad puede practicar bellas artes como la música, danza, pintura, escultura, entre otras, y disfrutar de una biblioteca bien dotada con libros del Fondo Editorial del Estado de México.