Rajarse a la Primera
Hubiera sido mejor rajarse a la primera. Sacar visa, huir con tu mamá a un país donde la bigamia fuera legal. -¡Pero no!- Te gusta hacerla de emoción, tentar al diablo. Esa manera en que subías tu adrenalina era única. Mira que atreverte a llevar a tus conquistas a tu casa, acostarlas en tu cama, ponerles su ropa interior.
-¿Cuánto te duró el gusto? ¿Cuánto?- Le diste la excusa perfecta para activar el temporalizador y desatar la guerra. Además le presentaste a tu hermana, la que te orquestaba las orgías. Juró que fue tu perdición. Por alguna extraña razón se hicieron amigas y fue la gota que derramó el vaso.
Todo comenzó cuando el ambiente desprendió ese olor putrefacto, por más que limpiaba y desinfectaba, estaba ese olor de perro, era como si lo hubiesen enterrado en la sala a menos de cincuenta centímetros. Por algún tiempo quiso evitarlo; se decía así misma, que el olfato se le había averiado por tanto cloroformo. Luego comenzó a poner atención en los residuos de la basura.
Notó platos desportillados y vasos quebrados; además de que cada día hacían falta más botellas de vino y, por alguna extraña razón, el fregadero siempre estaba lleno. Llegó a pensar que eran los niños inquietos. Lo que la detonó es que hacían falta alhajas, dinero en las cuentas y su ropa interior. Las cosas se tensaron más cada vez que estaba en casa sentía que los cubiertos querían decirle algo.
Pero ella aún no entendía. O se hacía la ciega y la sorda. Quería seguir con el matrimonio, por el bien de los niños. Sin embargo lo que la remató fue esa terrible picazón que no la dejaba dormir. Nunca se imaginó que todo provenía del juego de macho alfa, esa pinta de todas mías. Pero la duda seguía ahí, día tras día, haciendo un agujero en el techo. Hasta que se apoderó de ella, de sus nervios.
Desató su instinto, su papel de espía. Pero sobre todo, de asesina. Después de mucho tiempo te encontró con tu hermana en su cama, utilizando sus tangas. Se lo dijo a tu mamá, pero no le creyó, la tomó por loca, depravada. Entonces guardo silencio. Se comió sus palabras. No te armó ningún mitote. Se dio tiempo; se las ingenio para prepararte la mantequilla; que era la favorita tuya y de tu mamá. Por días te cortó los trocitos a su antojo.
Mientras tú reías porque pensabas que estaba loca al presentar el plato lleno de figuras de dinosaurios o de orejitas. Después de un tiempo, todo está vuelto a su lugar. La casa está limpia y tranquila. Se puede estar, cantar a todo pulmón, quién diría que la mantequilla que a diario servía le permitiría tener guardadas sus cenizas en la alacena.

