¿Recuerda?… el mejor de mis esclavos
Hemos hablado durante todas estas semanas respecto a la transferencia del riesgo, ya que como hemos visto, en algunos casos, conviene que alguien más se haga cargo.
Y este es un tema que también merece ser transferido. El tema en cuestión es: la educación de los hijos.
Dicen por ahí que la mejor herencia que uno puede legarle a su descendencia es la educación. Por lo tanto, no puede verse comprometida con las situaciones que traemos latentes y que podrían ocurrir, afectando no sólo la vida misma, sino la de los seres queridos.
Y ¿cómo es ésto?
Pues que muchas veces, las personas, afortunada o desafortunadamente, viven al día. Y digo afortunadamente porque no se debe preocupar tanto respecto al futuro. Pero, como dicen por ahí ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. No podemos dejar de preocuparnos por el incierto futuro, por eso tenemos que ocuparnos, trabajando hoy para construirlo.
Entonces, una joven pareja que tiene su primer hijo, está ilusionada, y quiere darle lo mejor. Y eso está bien. No conozco a ningún padre o madre que no quiera lo mejor para sus hijos. Siguiendo esa idea, lo inscriben a la escuela, le compran juguetes y comida… etc.
Pero el tiempo pasa y hace su labor, los hijos crecen y con ellos sus ilusiones y metas. Los padres empiezan a cansarse, ya no tienen la misma energía, quizá algunos sufren o sufrieron enfermedades que los dejaron marcados físicamente o incluso intelectualmente. Quizá también en algunos casos se experimentó la pérdida de algún trabajo, el desempleo, la quiebra de la empresa familiar, un divorcio, llegaron más hijos, resultado de una nula planificación familiar, se adquirieron nuevos compromisos que, después, ya no se pudieron hacer frente… en fin. La vida está llena de vicisitudes y peligros latentes.
Uno qué más quisiera que serles eternos a los hijos, estar ahí siempre para ellos, evitar que se caigan, ayudarlos, evitarles todos los problemas que les puedan ocurrir. Como padres, piensan que ya han recorrido el camino y pretenden cubrir los tropiezos que han tenido para que sus hijos no se tropiecen cuando transiten por ahí. Sólo que se olvidan de algo: el camino ya no es el mismo; el camino que transitaron los padres es diferente al que transitan los hijos, y será diferente al que transiten sus hijos.
Los padres deben entender que sus hijos deben vivir sus propias vidas, cometer sus propios errores, experimentar derrotas y decepciones, caídas y angustias, y sobre todo que no serán eternos. Es la ley de la vida.
Por eso es que deben dotarse de herramientas necesarias para enfrentar el camino, sea cual fuere.
Si los padres fueran reyes, estoy seguro que asignarían al cuidado de sus hijos al mejor esclavo, al mejor súbdito. Al siervo que, aún muertos los reyes se quede cuidándolos.
¿Recuerda las primeras columnas de esta serie? Si es así, sabrá a cuál esclavo me refiero ¿verdad?
¡El dinero!
