Reformistas y periodismo

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Otro mérito de Ignacio Manuel Altamirano fue ser el puente entre la generación del liberalismo ilustrado, representado por Ignacio Ramírez El Nigromante, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio, y la generación de jóvenes escritores como Justo Sierra, Manuel Acuña, Manuel M. Flores, Juan de Dios Peza y Ángel del Campo […] También fue fundador de los periódicos El Federalista, 1871¸ La Tribuna, 1875: y en 1880 de La República, consagrándose éste a defender los intereses de las clases trabajadoras. Creadores de publicaciones que se convierten en lo mejor del pensamiento de fines del siglo XIX, cuando está por aparecer el dictador, que alguna vez, luchó contra Benito Juárez por estar religiéndose en la presidencia: Porfirio Díaz es claramente el ambicioso que acusa a los otros de lo que él ha de hacer, para vergüenza de lo poco o mucho que hubiera hecho por el bien de su patria en la época de los guerreros.

Periodistas eran los Reformistas, los mejores de su estirpe. Pero también poetas, ensayistas o dramaturgos. Ignacio Manuel Altamirano es ejemplo de lo mejor del México de ese siglo. Leo: Cultivó la novela y la poesía, el cuento y el relato, la crítica, la historia, el ensayo, la crónica, la biografía y los estudios bibliográficos. Sus obras más importantes son: Rimas, 1871, donde tradujo la belleza del paisaje mexicano; y de las novelas Clemencia, 1868, considerada la primera novela mexicana moderna; Julia, 1870; La navidad en las montañas, 1871; y El Zarco, 1901, entre otras. Los dos volúmenes de Paisajes y Leyendas, 1886, reúnen sus trabajos del género costumbrista, como crónicas y relatos. Escritores de vocación completa. Su tarea en favor de una prensa que trasmitiera la cultura del México que a duras penas nacía entre guerras intestinas y extranjeras que parecían no terminar nunca. Sólo la espada fue capaz de poner orden, y lo hizo sin mirar a su pueblo, sino viendo a los privilegiados como únicos dueños de tierras, paisaje, mares y vidas. La mancha del porfirismo es haber hecho riqueza sólo para beneficiar a los de siempre.

Porfirio Díaz, el dictador de las últimas tres décadas y del inicio del siglo XX está ahí, con sus claroscuros recuerdan en esa sombra que le cobija para mal que, cuenta Myriam Laurini: Para alejarlo del país, lo nombró cónsul en Barcelona, pero el clima le sienta mal y permuta por París. Lo visita catalina, su hija adoptiva con su marido Joaquín Casasús, lo encuentran tan mal que deciden rentar una villa en San Remo, Italia, frontera con Francia, con la esperanza de que recupere la salud. Todas las esperanzas fueron vanas, el maestro murió el 13 de febrero de 1893, a los 59 años. Joven si pensamos en el promedio de vida un siglo y más de aquel final del XIX. Un gigante del pensamiento hispanoamericano, un hombre que aprendió a leer y escribir y con hecho dejó prueba de que hizo un Himalaya por la cantidad de páginas que escribió en tantos géneros de la literatura.

Dice al final Laurini: Fue Altamirano un liberal avanzado, uno de los constructores del México moderno que usó como herramientas para la edificación del país la literatura, la política, el periodismo y la cátedra. Sobre la bayoneta y la espada está la pluma. Eso dice la historia en los miles de años que sobreviven a la humanidad. Ignacio Manuel Altamirano que nació en Tixtla, Guerrero, es hoy el recuerdo y la fortaleza del espíritu mexicano. De sus dictadores, como Antonio López Santa Anna y Porfirio Díaz el polvo de los tiempos los tiene bien sepultados en la ignominia, a pesar de aquellos que lo mismo alaban a Agustín de Iturbide que a los dos citados como si tener al pueblo bajo la bota fuera la función del buen gobernante.

Las enseñanzas de los periodistas son vitales en la vida de los países. Defensores de la libertad de expresión, saben defender esto con la vida si es necesario. Lo que sucede en el México del año 2020, y desde por lo menos las dos décadas del siglo XXI, es prueba de que los periodistas caídos, han sido expresión de la investigación sobre los negros intereses viniendo de la delincuencia o de la deshonesta política, ocasionan los males y las desapariciones que tanto daño hacen a nuestra sociedad: que debiera ser territorio de libertad, democracia, e igualdad entre los mexicanos. Al revisar a la época Reformista aparecen otros personajes, ya citados, viene a nuestra mente don Guillermo Prieto, escritor prolífico y muy admirado en su época y en los siglos que han proseguido al XIX. Ternura y espíritu de fortaleza se encuentra en la persona de don Guillermo Prieto, del cual Bertha Hernández escribe en su biografía titulada: Guillermo Prieto / Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana publicado por Planeta DeAgostini en el año 2002, impreso en España, colección dirigida por José Manuel Villalpando.

En dicha biografía leo: El anciano que habla desde la tribuna de la Cámara de Diputados en esa sesión a fines de octubre de 1896, ofrece, ante todo, disculpas. Está casi ciego, asegura, y no ha podido leer algunos de los documentos indispensables para la discusión. Bordea los ochenta años y ya lleva una década escribiendo sus memorias. De recuerdos llenaría un baúl, cosa que, por otro lado, apenas le costaría trabajo, en vista de su gran capacidad de escribir. Ha sido huésped durante más de cincuenta años, de la mayor parte de los periódicos que se han editado en la capital del país, y no son pocos los que él mismo ha fundado. Rápido resumen para decir de las fortalezas de los periodistas de la Reforma, grandes escritores que fundaron nuestras letras mexicanas, pero que también con las armas en la mano participaron de las guerras inacabables del siglo violento que les tocó vivir.

Son gigantes que se hicieron en el destino del pueblo mexicano. De ese pueblo noble que no podía comprender por qué si ya no existía el imperio español en estas tierras, tenía que soportar las guerras intestinas o aquellas venidas del extranjero. La biógrafa nos cuenta: Su producción con todo y las críticas de los detractores que nunca le han faltado, y quienes lo han tachado de apresurado y desaliñado con la palabra escrita, es de las más cuantiosas y conocidas de su generación. Quienes suelen conversar con él lo tienen por una especie de gran abuelo: se llama Guillermo Prieto, y a esas alturas del siglo, es un personaje esencial de la ciudad de México y una especie de reliquia del pasado inmediato de la que todos toman y aprecian la parte que más les acomoda. Con unos cuantos nombres el siglo XIX mexicano puede sostener su integridad y su espíritu que se convierte en patrimonio de la naturaleza y de la cultura. Lo mismo cuando José María Heredia le canta al Teocalli de Cholula o rememora las lagunas del Sol y la Luna en el Volcán de Toluca.

Escritores admirables se despliegan por nuestra historia nacional, haciendo ver que el siglo de las guerras y la politiquería está lleno de personajes admirables de nuestra historia: todos sabemos que no existe mayor generación de políticos, que en su praxis dieron orgullo a la nación que apenas se hacía. La Generación de la Reforma es el mayor ejemplo de lo que ética y moralmente debe ser un ejemplo de político para aquél presente y para los siglos que ha vivido en 200 años el México independiente. Ejemplo del mexicano moderno es Guillermo Prieto, leo: Bien podría decirse que, en este otoño de 1896, la mayor parte de los mexicanos que en algún momento de su vida han podido leer un periódico han pasado la vista por un artículo, un romance o algún discurso de Guillermo Prieto. Si los más viejos apelan a la memoria, se acordarán de que, en otros momentos de su vida, este liberal de viejo cuño abrigó su identidad en diversos nombres apócrifos. Destacadísimo personaje del siglo XIX no es fácil decirlo, pues sus 8 décadas de vida están llenas de experiencias, por lo cual era difícil engañarlo, pues su sabiduría venía de convivir con léperos, chinas y rotos.