Rehilete

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El pasado quince de septiembre, como otras veces, las prisas de la celebración del grito de independencia, hicieron de mí lo que quisieron, dígase sea de paso; me gusta manejar en carretera y aunque Huimilpan no es tan lejos de la capital queretana, ese día opté por dejar atrás las carreras figurándome un viaje disfrutable en lugar de sentir la presión de la consulta con el médico. 

La sierra de Querétaro es parte de la belleza de México, en sus paisajes predominan las tonalidades verdes de su flora así como un cielo azul matizado de estelas blancas donde uno puede jugar, como los infantes, a crear imágenes con las nubes.

Mientras conduzco, a orillas de la carretera, los adornos independentistas destacan en sus colores. El viento es fuerte y los rehiletes gigantes quieren abrazar con sus pétalos en verde, blanco y verde. 

Hipnotizada ante ellos, fui bajando la velocidad, para que en el próximo puesto, pudiera tocarlos, sentirlos. En efecto, el siguiente lugar fue mi punto de encuentro con una familia otomí. Una niña menor a los 8 añitos fue mostrándome cada una de las cosas por las que preguntaba diciéndome los precios, mientras el papá y la mamá, atendían a otros conductores.

 

Compré cuatro rehiletes pequeños para adornar la mesa mexicana y otros dos ¡Grandotes!, en cuanto los pagué y la preciosa niña me los dio, no pude evitar tomar cada uno de los mayores en cada mano, convirtiéndome en una varilla humana donde mis brazos fueron el sostén de sus pétalos gigantes sintiéndome fusionada en su mágico movimiento giratorio provocado por el impetuoso viento. ¡Me sentí tan feliz!

Pasó la celebración y los rehiletes cumplieron su cometido. Uno de los más grandes quedó en un macetón donde el viento lo hacía girar encantadoramente.

 

La madrugada del sábado pasado, el viento estuvo inquieto, un chirri, chirri… me despertó. El sonido venía de la entrada de la casa. Me levanté de la cama y el Chirri, chirri… me acompañó a atravesar la sala para llegar al jardincito de la entrada, abro la puerta y el chirri, chirri me estaba esperando con sus pétalos plastificados mientras la chincheta que los une, hacia su sonido reseco del Chirri, Chirri. 

Sentí el viento, el frío de la madrugada. Nostálgica y agradecida, miré el rehilete reseco por los días que estuvo a la intemperie. Pensé que septiembre está cerrando su ciclo y con él un Chirri, chirri despidiéndose amorosamente de la niña que me permitió sentir ese quince de septiembre a las orillas de carretera en Querétaro. Gracias septiembre patrio, bienvenido ¡Dos de octubre!