Rico ya soy, lo que no tengo es dinero
Durante estas últimas entregas hemos hablado acerca de las diferentes riquezas. Hoy terminamos este tema con la más importante de todas.
La riqueza Espiritual.
Es indiscutible que en este camino llamado vida, hay altas y hay bajas, existen momentos llenos de alegría y también momentos difíciles, tragos amargos que es necesario beber, y también situaciones que parecen sacados de un cuento de hadas; hay enfermedad y muerte, mezclados con situaciones de risa y hasta de broma. Y todo eso se soporta con la fuerza de la Fe.
Desafortunadamente –ya lo hemos mencionado en estas entregas– al sistema capitalista no le gusta que los humanos tengamos fuerza espiritual, porque se le acabaría el mercado para satisfacer a todas esas personas que se sienten vacías por dentro, todas esas personas que sufren de depresión y en algunos casos extremos llegan al suicidio.
La educación se ha centrado en el desarrollo de competencias, olvidando por completo la formación integral del ser humano. No existe educación física en las escuelas, mucho menos educación espiritual. Con ese argumento de que la educación en México debe ser laica… la humanidad ha hecho a Dios a un lado, pensando que le estorba para cumplir sus fines mercantilistas. Pero no se dan cuenta de que no se puede hacer a Dios a un lado, ya que está intrínsecamente ligado a todos nosotros, su creación; incluyendo todo lo que nos rodea.
Cuando una persona es rica en Fe, sabe perfectamente que este mundo es pasajero, que nada nos habremos de llevar cuando partamos, que no sirve tener apego a las cosas materiales, que nada es para siempre y sobre todo que la muerte es sólo un paso para la vida eterna.
Para los que son pobres de Fe, la muerte se les presenta como un acontecimiento irreparable e insuperable. Muchos se quedan estancados llorando a sus muertos impidiéndoles avanzar y descansar en Paz, pero sobre todo impidiéndose avanzar ellos mismos.
Para los que son pobres de Fe, las cosas materiales forman parte importantísima de su vida; y no la conciben sin todos los lujos a los que están acostumbrados; poniendo todo su esfuerzo, dedicación y expectativas en apariencias, en peinados ostentosos, adornos de oro y vestidos lujosos. Y no en lo interno del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible que sea agradable delante de Dios; como bien lo dice San Pedro en la primera carta a Timoteo.
Para los que son pobres de Fe, los problemas se arreglan con dinero, llegando incluso a ver a las demás personas como monedas de cambio. Se olvidan de su familia, se olvidan de sus amigos, por no decir ya de sus empleados o prójimos. Todo es dinero y poder, comprando sin sentido. ¿A qué creen que se deba la actual crisis inmobiliaria? Pues una de sus causas es la falta de Fe. En un vano intento por sentirse seguros, la gente empezó a comprar casas en las cuales no va a vivir, ocasionando una gran demanda en el mercado y por consiguiente una pronunciada subida de precios. Provocando que, para algunos, el tener acceso a una vivienda se vuelva bastante complicado, mientras que, para otros pocos, eso no es ningún problema y se la pasan comprando y vendiendo casas y terrenos que nunca han habitado ni habitarán. En fin, si analizamos todos los problemas, económicos o no, llegaremos a la misma causa, la falta de Fe.
Una persona rica en Fe, sabe que no necesita de mucho para vivir, para transitar por este mundo mientras está de paso. Sabe que vivir bien no es sólo no tener deudas o problemas económicos, y no tendría por qué tener deudas, ya que no sería una persona ambiciosa que comprometería su patrimonio para comprar algo fuera de su alcance y que no le beneficiaría en absoluto.
Una persona rica en Fe, es misericordiosa, no juzga, no condena, y perdona. Da, porque sabe que Dios le dará un buen saco repleto, apretado y desbordante para seguir dando. (Lucas 6: 36-38)
Una persona rica en Fe, sabe que, a él o ella, le corresponde hacer lo posible; y a Dios, lo imposible.
Como dice mi querido Alejandro Dumas en su célebre novela El Conde de Monte-Cristo:
Vivid, pues, y sed felices, y no olvidéis nunca que, hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, todo el saber humano estará contenido en estas dos palabras: Confiar y Esperar.

