Rumbos escabrosos

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Porque es parte de nuestra naturaleza, porque nos sentimos con el derecho de opinar sobre todo y todos y porque no somos capaces de ver nuestros errores, es que no encontramos la forma de construir relaciones humanas armoniosas y duraderas.

 

Lejos estamos de edificar ambientes que favorezcan el desarrollo y crecimiento de las nuevas generaciones, por el contrario, cada vez, con más frecuencia hacemos que nuestros hijos busquen refugio en espacios o con personas que no necesariamente les ayudarán a crecer como debieran.

 

A mi entender, muchas personas carecen de una disciplina, de un orden, de esa necesaria convicción por hacer de su día a día una experiencia de vida; por el contrario, no ponen ni se ponen límites, viven en el desorden absoluto y con pesar asumen las responsabilidades que tienen, cuando tratan de asumirlas.

 

Los expertos en neurociencias afirman que se debe hacer uso de habilidades de inteligencia emocional, integrada por algunos componentes básicos: autoconocimiento emocional, autocontrol emocional, automotivación, reconocimiento de emociones en los demás (empatía) y relaciones interpersonales.

 

El sentido común nos dice que, para poder querer a alguien más, primero debo de tener un profundísimo amor por mi persona; a cuantas personas conoce que, desde su cuidado personal, dejan mucho que desear.  Con esas actitudes, ¿realmente están en condiciones de sentir algo por su prójimo?

 

La parte del autocontrol es compleja, pues cientos de miles de seres racionales, son incapaces de dominar sus emociones, y a la menor provocación explotan sin medir las consecuencias de su decir o hacer, no muestran la madurez esperada y suponen que ser gandallas con el mundo, es un estilo válido de vida.

 

Debemos tener claro que nadie, absolutamente nadie será capaz de hacer que nuestra motivación crezca, ésta, es responsabilidad de cada uno de nosotros; el punto es encontrar aquellos estímulos que nos permiten despertar y entrar en acción.

 

Pero de los componentes de este concepto teórico, el menos aplicado es el referido al reconocimiento de las emociones de los demás; esta conducta emana de la ingratitud, perfectamente anclada en muchos individuos que anteponen sus necesidades ante cualquier situación que les rodea.   Todos conocemos o tenemos referentes de ternuritas que, por ejemplo, han recibido ayuda de sus familiares para cuidarles a un ser querido, pero cuando alguno de ellos requiere del apoyo, no existe esa reciprocidad y, a pesar de haber sido beneficiados con la generosidad de alguien más, son incapaces de corresponder con la misma moneda.

 

¿Consecuencias?, un mundo falaz e hipócrita en el que descubrimos que no hay amigos, no hay familia y no hay una solidaridad plena, a pesar de los esfuerzos.

 

En ello, jefes que cuando pierden el cargo no reciben ni un lo siento cuando sufren alguna pérdida; hermanos o hijos que le quitan el habla a quienes, en teoría, son el apoyo filial permanente; personas que niegan un miserable vaso con agua al necesitado y seres humanos preocupados por sí mismos, y no cuidan, protegen o muestran cariño por sus seres queridos.

 

Todo esto acaba por llevar a muchos por rumbos escabrosos en los que no encontrarán salida; con un riesgo altísimo de perderse en la nada, en la nulidad.

 

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