Sabor dulzón

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Al niño que nos habita.

Lo miro a lo lejos y pienso que él tuvo el privilegio de ser un niño realmente deseado, mi comadre; mi amiga hermana desde hace mucho tiempo, lo buscó con la ilusión de ser mamá.

Con el contagio, dejamos de vernos y hace poco, a sana distancia, celebramos el sexto año de mi ahijado y platicando con la comadre, organizamos vivir un primer campamento en el patio de la casa dada la ventaja de estar rodeados de naturaleza.

Previamente acordada la fecha, llegué aquel sábado a su hogar. Idán, envuelto de sonrisas y alborozo, ya me esperaba en la puerta de entrada junto a su mamá. El saludo de manitas extendidas, sellaron la bienvenida abrazado a mi cintura: sus achispados ojos contentaron mi corazón de madrina.

Nos dimos tiempo de bajar algunas cosas del carro y preparar otras antes de iniciar el rompecabezas del ilusionado campamento.

Mientras llegaba la hora, la comadre me platicaba cómo su pequeño, lo días anteriores, checaba los números en el calendario, haciendo cuentas con los dedos preguntándole cuánto faltaba para que su manina llegara. Ella tuvo la misma sensación de ilusión que él, como cuando llegan los reyes.

Antes de esconderse el día, iniciamos la magia de armar la tienda de campaña: mientras sostenía unas partes, el niño atento, seguía a cada paso las indicaciones.

En una parte del patio, la fogata esperaba calladita, el atardecer sonreía deseoso de bombones que la mamá había comprado para convertirlos en su momento, en pequeñas antorchas de quemado sabor dulzón.

La casa de campaña quedó armada en un ambiente permeado de corazón de niños, Idán, los compadres y yo, mirábamos con el alma el fuego de la madera encendida por una ilusión infantil que nos llevó al niño interior abandonado por la adultez inevitable.

Pasamos algunas horas entre bromas, ocurrencias, risas y pláticas. En el momento de ir a dormir, Idán decidió que su madrina y él, compartirían el espacio, bajo el regazo de las estrellas y el eco de la noche.

Ya dentro de la casa de campaña, ambos, agradablemente cansados, nos abrazamos contentos. El niño me miró como los niños sólo saben hacerlo, el destello sublime de sus ojos fue acompañado con una voz bajita que me dijo:

Madrina, hueles a bombón.

Cuando lo escuché, mis ojos bailaron con los suyos, cansados, cerramos la noche con el quemado sabor dulzón de los bombones.