Sin sentido

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Todo dejó de tener sentido, el trabajo, los amigos, la casa, el dinero, la vida.

De pronto me encontraba en la tienda de la esquina comprando una botellita de whisky, manejé hasta un punto en el que pude estar a solas, lejos del ruido y de las personas, y pude sentarme a contemplar las casitas y las montañas a lo lejos, entonces sonó mi teléfono, un mensaje de Ángela. Años tenía de no verle, de no sentirle, de no hablarle. De alguna manera me alegró que me escribiera. Hacía mucho que no salía con nadie y pensé que, tal vez, volver a conectar con ella me daría un poco de ánimos para seguir soportando el día a día. Le escribí de vuelta y quedamos de vernos en un museo.

– Ahí está más tranquilo–  le dije.

–  Si, podemos charlar perfecto–  me dijo.

A la hora que quedamos llegué puntual, eso sí, me re-choca esperar a la gente. Eso lo sabía bien Ángela y al minuto de sentarme en una banquita, ella llegó.

– Mi querida Ángela–. Estas guapísima como siempre.

–En esta parte de la historia es cuando imaginas cómo es Ángela–

Nos dimos un gran abrazo y la plática comenzó

– Pero tú ¿qué has hecho?

– No mucho, aquí y allá, ya sabes, no sé estar en un solo lugar.

– Claro, eso lo admiro de ti.

– Bueno, y ya dime ¿qué haces acá?

– Tengo un proyecto con unos amigos…bla, bla bla.

Mientras ella hablaba, dejé de poner atención en lo que estaba diciendo, me concentré en la forma de expresarse, en la forma en la que tocaba su cabello para moverlo de un lado a otro, había olvidado el movimiento exagerado de sus manos. Recuerdo que nos conocimos en un mercado de artesanías, ella preguntaba a una vendedora sobre un alebrije muy costoso y yo, por una lámpara para mi sala. Cuando le vendedora le dijo el costo ella volteo a verme he hizo una expresión muy graciosa, sí, yo también estaba de acuerdo que los precios eran un tanto elevados. Desde aquél día hemos estado en contacto y sabemos de nuestras vidas muy a fondo. Después de todo esto que pasó por mi mente mientras estaba con su bla bla bla, regresé a la realidad en el momento justo en el que ella dijo:

– Entonces pensé en ti para poder realizar este proyecto, ¿le entras?

Ángela había logrado muchas cosas gracias a su ingenio e inteligencia, en cambio yo, no tantas como hubiese querido. De alguna manera ella me impulsaba a realizar ciertas actividades, pero siempre me contenía y no terminaba de hacer algo y sólo planeaba sin concluir. Terminé peleando con muchas personas, dejando muchos trabajos, pagando de más por tonterías que hice. En algunos momentos de nuestra amistad llegué a sentir celos de las cosas que hizo y que yo, no pude, de las personas que ha conocido, de los avances que ha tenido en su carrera.

Simplemente a mí me es complicado terminar algo, siempre estoy con un poco de esto o de aquello, nada me satisface y de buenas a primeras dejo todo y me lanzo a otros lugares. Mi padre solía decirme: tú eres todo y nada.

Después de aquel día del famoso proyecto al que me invitó, me puse bien, sí conectamos. Le envié un par de ideas, le encantaron. Sabía que ella me traería algo bueno, no es que pida su ayuda a gritos, o la de alguien más, tampoco que me salven de este lugar que he creado, de esta atmosfera en la que muero lentamente, de este concepto que odio y amo, más bien, nada más requería un aire diferente, necesitaba de Ángela en ese momento, necesitaba ese sentido a las cosas, al trabajo, a los amigos, a la casa, a la vida.

Hace ya tres meses que no la veo. Recibí un correo invitándome a una presentación de sus obras. No fui, y si podía, pero no quise. Este lugar en el que estoy ahora me gusta, esperaré un par de meses más y veremos qué pasa. Total, de peores lugares me he corrido.