Soberbia

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A RS

Andábamos sin buscarnos, pero

sabiendo que andábamos para encontrarnos.

Julio Cortázar

 

Ella no se imaginó terminar en un motel. En su mundo, esos lugares no se visitan, sólo que el lugar a donde llegaron, no lo parecía. Acostumbrada a los hombres codos que cuidan del primero al último centavo, el encontrarse con alguien tan espléndido la tenía asombrada. Jamás pensó que este hombre que no pertenece a su mundo pudiera ser de lo más fino y delicado para encantar a una mujer.

Convencer a una señora como ella, es la cosa más desagradable que puede ocurrirle a un caballero. Ella sentía que nada la merece.  ¿Cómo puede un hombre como él, saber más de lo que ella, como hembra, ha recibido de un fulano? Él no cubre el  estándar de sujeto atlético enamorado de su ego, tampoco es el intelectual que la asesta de conversaciones permeadas de sofismas, política y resentimiento social. Tampoco se siente el más experto en su área además de despepitar contra lo incierto.

Él es un hombre sencillo, hace su trabajo, vive el día; disfruta levantarse, emocionarse por un partido de futbol al lado de una  Victoria y dejar que las cosas ocurran sin problema.

Sin pedírselo ella aceptó la invitación que no contemplaba en sus expectativas de fina mujer, pero la generosidad de sus actos y la digna determinación del hombre, no tuvieron que esperar una respuesta; ella fue cediendo poco a poco. La damisela jamás imaginó que detrás de una imagen distinta a los hombres que comúnmente trata, existiera un varón tan finamente sofisticado para los asuntos de la cama y la seducción. Como la humedad, él  fue ablandando la coraza de altivez que la distingue.

El lugar era una habitación de cristales, de espejos que le sonreían al alma de adolescente que todavía la habitaba. Recorrió la esfera, hipnotizada de sensualidad; cada objeto está hecho de fina cordura, discretamente conquista los aromas, toca las texturas, memoriza los colores, descubriendo en cada uno de los detalles la composición de un sitio suavemente decorado.

Él no pierde la atención, la sigue con los ojos, pero contemplarla ya no es suficiente; camina hacia ella abrazándola por la parte de atrás de la cintura y le balbucea al oído con el cálido aliento de su boca: Pareces una niña en el cuerpo de mujer. Ella no le dice nada y escapando a sus sensaciones, se refugia en vivir los tonos, moja con el alma el momento,  aspira profundo.

El hombre nuevamente avanza hacia ella pero esta vez, la trae hacia su cuerpo y mirándola a los ojos le ofrece paladear el sabor del whisky y tabaco, él come de su boca conjugando los sabores. Ávido sorbe el líquido, muerde  los labios de niña, degusta la encarnada lengua, se pierde en el brío del hábil músculo que juguetea  en la sutileza de sus besos.

La sintió a la medida de su cuerpo, notó la fragilidad de su interior; donde ya no había armaduras. Ella se entregó a la ternura del momento, se perdió en su boca, en sus besos, dejó que sus manos la recorrieran toda, vivió lo arrinconado en su memoria, también pensó en cuántas cosas se había perdido de vivir.

Él la recorrió toda, la sintió completamente entregada a su experiencia, ella dejó que él calmara la sed de calidez que necesitaba, la pensaba en la fragilidad, en esa fragilidad de sentirla vulnerable, en la fragilidad de lo insostenible, en la fragilidad de lo efímero.

Él soñó amarla como la amó, le mostró de lo que era capaz, en tal fragilidad, la amó como si fuera única en su vida, se enamoraron del momento, se cortejaron como si fuera lo único que les quedara.

Sin antes ni después, jugaron con las ironías del amor, se vieron envueltos sus engaños. Una y otra vez probaron sus bocas, un fuego existió para ambos.

La soberbia de la mujer desapareció, pintó de inocencia la habitación de cristal,  vivió lo inexistente porque sabía que, cuando ambos salieran de ahí, todo se rompería como la imagen que desaparece cuando uno ya no se mira frente al espejo.