Sobre la construcción del sí mismo: “Self”. (Primera Parte)

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Es interesante para este tema partir de lo que nos aporta Norbert Elías (sociólogo alemán) al reconstruir el largo proceso de aparición y desarrollo del lenguaje a partir de dos conceptos claves: la evolución biológica y el desarrollo propiamente social. La evolución es un proceso eminentemente biológico. En algún momento un grupo de homínidos desarrolló un sistema nervioso y un aparato fónico, que le permitió a sus integrantes articular sonidos diferentes a los sonidos básicos de su especie. Esa nueva dotación física estableció una diferencia con especies inferiores, se comenzó a trasmitir de una generación a otra por medio de los genes y se constituyó en una adquisición biológica propia de la especie humana. Sin embargo, el paso de ser animal a la sociabilidad, que nos describe Elías, no es un paso simple de lo biológico a lo social sin la mediación de cambios orgánicos; por el contrario, la constitución de la vida social humana requiere una nueva configuración orgánica, representada por un sistema nervioso y un aparato fónico capaz de emitir los sonidos y de producir los símbolos propiamente humanos, base de la comunicación.

Hay que señalar que el lenguaje humano tiene un substrato biológico, del que carecen los animales, que hace posible el desarrollo de las características propiamente humanas de la comunicación. Cuando nace, el niño viene con un equipo sensorial, motriz y neurológico que está en capacidad de emitir y recibir mensajes. Por mucho que nos empeñemos en enseñar a hablar a un simio no lo lograremos porque su aparato fónico no tiene la posibilidad de emitir la diversidad de sonidos que producen los seres humanos. El desarrollo social, a diferencia de la evolución biológica, hace referencia a un proceso generacional a través del cual se transmiten símbolos aprendidos. Este proceso se lleva a cabo en el espacio cerrado de un grupo en el cual se aprenden las formas básicas de la comunicación. Esto es a partir de que, desde la perspectiva de Elías (1994), el lenguaje humano, no es específico de la especie sino del grupo: una cosa son los sonidos específicos de la especie como los gritos de dolor, los gruñidos, los suspiros, los bostezos y otra los sonidos propios del grupo, así lo ha señalado el autor en su teoría del símbolo.

Ahora bien, los símbolos lingüísticos constituyen medios de supervivencia que el grupo crea, dispone y transmite a los nuevos miembros. Una vez conformado el lenguaje como forma de comunicación el desarrollo social adquiere una autonomía frente a la evolución biológica; pero esto no quiere decir que naturaleza y sociedad se separen; por el contrario, entre ellas existe una interdependencia específica. La sociedad humana y lo que Elías llama la naturaleza humana no son términos excluyentes sino órdenes que se entrelazan y dependen uno de otro. Los seres humanos, por una parte, provienen de ancestros animales, pero por otra, son únicos y diferentes. No obstante, sus propiedades específicas como seres humanos están directamente relacionados con su herencia animal y están plenamente integradas a ella. La descripción que nos hace Elías del proceso de socialización primitiva de los grupos humanos exige no divorciar la naturaleza, de la cultura y de la sociedad. En el desarrollo propiamente social no hay un momento en que la existencia natural esté en suspenso. (1994)

Así es que una cuestión rescatable de esta postura tiene que ver con que el lenguaje es el punto de unión entre naturaleza y cultura: además de su dimensión social, tiene aspectos naturales, físicos y biológicos; la biología no es un mero telón de fondo; la comunicación humana tiene una unidad en su substrato biológico y una diversidad en su substrato social. Para entender el lenguaje hay que partir del hecho de que existe un proceso de maduración biológica, que es innato, y un proceso de aprendizaje social e individual, que es adquirido. El lenguaje animal y el lenguaje humano, si bien son interdependientes, presentan diferencias importantes de acuerdo con lo que nos aporta Elías. Por ejemplo, tenemos que los animales producen sonidos que se pueden calificar de pre-lingüísticos y que los seres humanos compartimos como gruñidos o gritos de dolor; sin embargo no tienen una función representativa que les dé ya un carácter de lenguaje y de signo, es decir, se trata de una simple expresión sonora. También tenemos que el lenguaje animal se refiere a la situación inmediata que ellos viven en el momento en que lo producen e indica la condición actual de su organismo.

Por otra parte tendremos que la técnica de comunicación humana, por el contrario, tiene un carácter que no se refiere sólo a una situación presente sino también a una dimensión posible, no actual, no inmediata. Los elementos simbólicos tienen una memoria, es decir, sirven para evocar imágenes memorísticas de objetos o hechos que no están presentes cuando se produce la evocación, como la ha señalado Elías; a través de ellos marcamos su ausencia o su presencia. Por otra parte, los animales tienen en su base biológica una serie de pautas sonoras innatas para comunicarse. Los seres humanos tienen un substrato biológico innato, pero en ellos predomina lo aprendido sobre lo innato. La capacidad de producir pautas sonoras está fijada genéticamente, pero no así las pautas sonoras mismas, las cuales se adquieren por aprendizaje porque no son específicas de la especie sino del grupo particular al que se pertenece.

El lenguaje humano se caracteriza, pues, por ser adquirido a través de un aprendizaje individual y, por ese hecho, las pautas sonoras tienen el carácter de símbolos. Por su parte, el lenguaje animal, como se encuentra genéticamente fijado, es idéntico en la especie de que se trate; es inflexible y no tiene variaciones o, al menos, éstas se producen en rangos estrechos. El lenguaje humano, por el contrario, tiene una gran fluidez frente a la rigidez de las formas de comunicación animal. Por este motivo el hombre tiene la posibilidad de comunicarse por muchos idiomas distintos, propios de las diferentes culturas y de los diversos grupos. Entonces los seres humanos, nos enseña Elías, pertenecen a una especie unificada, pero viven en sociedades diferentes. De allí se desprende que si bien los representantes de diferentes épocas y lugares tienen muchas cosas en común existe un elevadísimo grado de diferenciación. Esto significa que tenemos el lenguaje, pero no hablamos el lenguaje, sino diferentes idiomas; tenemos hábitos y prácticas disímiles. Varía de una sociedad a otra y puede cambiar incluso dentro de la misma sociedad a lo largo del tiempo sin que la sociedad presente grandes cambios. El lenguaje tiene una capacidad ilimitada de ampliación y de adaptación.

Por ejemplo, los seres humanos tienen una gran capacidad de adaptación a los más diversos ambientes. Las aves poblaron la tierra, pero para hacerlo, se dividieron en especies diferentes adaptadas a cada uno de sus ambientes. Los hombres también lo hicieron en su momento pero sin pasar por cambios genéticos, gracias a sus posibilidades de aprendizaje. Los seres humanos pertenecientes a las más diversas sociedades pueden reproducirse entre sí; pero no ocurre lo mismo con las especies animales. Otra cuestión que tiene que considerar Elías para pensar la teoría del símbolo es el individualismo como forma de explicación del origen del lenguaje o de su funcionamiento. El lenguaje para él, a la manera incluso de Durkheim, es el prototipo por excelencia de lo que constituye un hecho social, es decir, es anterior, exterior y autónomo frente a cualquier individuo particular y tiene un carácter coactivo e imperativo.

El lenguaje presupone la existencia de un grupo, de una pluralidad de individuos que lo usan e interactúan a través de él; no se puede comprender como efecto de un conjunto de acciones individuales entre individuos autónomos e independientes; como en el caso de la sociedad que nos presenta el sociólogo francés, no es el resultado de la suma total de actos de habla individuales en un grupo sino una realidad nueva, independiente de los ejecutores individuales, con una vida y una identidad propia, diferente a la suma de las partes. Me parece muy ilustrativo para ejemplificar el carácter social del lenguaje, lo que el mismo Elías nos comenta acerca de los pronombres, en tanto que su función no se deriva de la mente del hablante o de las características del idioma, sino de la vida en sociedad que impone unas exigencias elementales, que consisten en posiciones o en tipos de actividad: yo,  el que habla; tú, a quien se habla; él, de quien se habla, y los plurales respectivos. El yo no es un individuo aislado, su posición tiene sentido porque existe un y un él. En el libro Sociología fundamental lo dice claramente: La serie de los pronombres personales es la expresión más elemental de la vinculación fundamental de todo hombre con los demás, de la sociabilidad fundamental de todo individuo.