¿Sólo palabras?

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Otro día más –digo para mis adentros– mientras busco el calzado deportivo para salir a correr, algo inusual sucedía, llevaba unos minutos buscando el izquierdo y ya estaba retrasado; iniciaba las actividades, parece un mal presagio –pensé– no tardaré en encontrarlo –susurre en voz baja mientras extendía la mano y lo encontraba–; “hermosa mañana”, parecían trinar los pájaros, “buen día” balbuceaba  la hojarasca del parque a cada paso, hasta me animé a gritarle a otro corredor ¡Excelente día!, –le veía cotidianamente y le reconocí por su vestimenta que  regularmente portaba, eso me dio confianza–, ¡Mejor día para ti, amigo!, –contes-tó–; cuan eco arrullado en una ola del mar hasta tocar la orilla y expandir su espuma y seguir clamando su existencia, sus palabras se repitieron en mi cabeza, mejor día, mejor día, mejor día… la alarma del teléfono anunciando la continuación de la siguiente actividad me acompañó durante los últimos cincuenta metros de los tres kilómetros recorridos.

 

¿Cuánta fuerza e impacto puede haber en unas breves palabras –habladas o  escritas–? Mucho se ha dicho sobre el significante y el poder de la palabra, el escritor Miguel Ruiz, en su libro Los Cuatro Acuerdos, en el primer acuerdo “Sé impecable con tus palabras”, desarrolla vastas ideas, algunas de las frases que recuerdo y rescato son: Las palabras nos dan poder para crear. La mente humana es un campo fértil en el que constantemente se están sembrando palabras, ideas, creencias, conceptos, opiniones. En ese terreno esas semillas crecen y producen consecuencias propias a su naturaleza. Las palabras son Intención en acción y pueden crear o destruir todo lo que te rodea. Ser impecable con las palabras implica no utilizarlas en contra de uno mismo, es utilizar nuestra energía en la dirección de la verdad y del amor por uno mismo, sabiendo que el otro también soy yo.

 

¿Qué importancia le damos a nuestras palabras y como las empleamos? Avanzaba rumbo al trabajo, un aire de optimismo circulaba a mi alrededor, parecía que mi mirada podía respirar las sonrisas del resto de la gente, puesto que al ritmo de cada pulsación concebía iluminados los rostros y eso llegaba como oxígeno a cada célula de mi cuerpo, vibraba, podía identificar sus alegres ojos, hoy no serán uno más del resto, sino él o ella, una persona que existe dentro y fuera de un cuerpo y yo también… me manifesté otro. Cinco palabras importantes para mí en el momento adecuado de ese día: “Mejor día para ti, amigo”.

 

Revisé lo mensajes en el celular, reiterados medios hacían alusión al fallecimiento del integrante de la banda Botellita de Jerez, Armando Vega Gil, suicidio, ratificaban; en carta póstuma, el extinto, daba a conocer que sus acciones eran su decisión, un supuesto acoso a una adolescente de trece años, denunciado desde el anonimato en redes sociales, había detonado el hecho, ¿qué palabras pudieron ser tan poderosas, desde el mundo de significaciones del artista, para orillarlo al suicidio?, ¿con qué responsabilidad debemos hacer uso de las palabras para una denuncia pública u otra situación? Preguntas y más preguntas se aprestaron durante la primera mitad del día, mi actitud no decaía, mis recuerdos fueron asaltados por un poema de Octavio Paz que dice:

 

 

La palabra dicha

 

La palabra se levanta
de la página escrita.
La palabra,
labrada estalactita,
grabada columna,
una a una letra a letra.
El eco se congela
en la página pétrea.

Ánima,
blanca como la página,
se levanta la palabra.
Anda
sobre un hilo tendido
del silencio al grito,
sobre el filo
del decir estricto.
El oído: nido
o laberinto del sonido.

Lo que dice no dice
lo que dice: ¿cómo se dice
lo que no dice?
Di
tal vez es bestial la vestal.

Un grito
en un cráter extinto:
en otra galaxia
¿cómo se dice ataraxia?
Lo que se dice se dice
al derecho y al revés.
Lamenta la mente
de menta demente:
cementerio es sementero,
simiente no miente.

Laberinto del oído,
lo que dices se desdice
del silencio al grito
desoído.

Inocencia y no ciencia:
para hablar aprende a callar.

 

Existe una mística que empodera el significante de las palabras en cada persona, cada gente, cada víctima o victimario, cada culto o iletrado de la escritura, me refiero a una mística que, sin ser del todo misterio, tiene que ver, no sólo con el concepto derivado de cada significado, sino de la apropiación del receptor, de aquel que emocional y espiritualmente concibe lo que lee, escucha o habla, del que usa las palabras para plantear una frase, discurso o tratado al margen de una gran responsabilidad dividida entre la retórica de la lengua y la profundidad de su connotación con los referentes, o tal vez, en ese precio, en ese poder de la palabra, dado que son intención en acción y pueden crear o destruir todo lo que rodea (Ruiz), callar sea una opción (tal vez es bestial la vestal), como lo sugiere Paz, o como lo citó Shakespeare “Prefiero ser amo (Rey) de mi silencio que esclavo de mis palabras”.

 

Por lo pronto permítanme expresarles el más sincero de los agradecimientos –no podría callarlo–, desearles una vida plena y llena de palabras alicientes y de éxito,  mi estima y admiración para todos ustedes mis finos y distinguidos lectores. Hasta la próxima.