Somos nuestra memoria

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“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges

En pasadas fechas se habló del proceso electoral a nivel nacional, estatal y en su caso a nivel municipal, se pretendía hacer lo que se conoce como un recuento de los daños; un recuento de los resultados que arrojó una votación atípica derivada dentro de una histórica pandemia que nos cambió muchos hábitos, logrando una jornada electoral que pretendía ejercercieramos el voto desde la sana distancia y se logró hacer historia, pero no necesariamente por los resultados electorales.

La historia es el recuento de los acontecimientos vividos, de épocas que han marcado nuestro devenir; es una narración de la lucha que constantemente que se edifica, una lucha que es permanente, donde se pretende hacer efectivo el empoderamiento del tiempo y el espacio por y para el ser humano, aquí encontramos que nuestra historia deja en nuestra mente un vivido recuerdo de momentos, personas y sucesos que han definido lo que hoy somos y cimbra el camino de lo que queremos ser.

Así, el recuerdo parece tatuar nuestra existencia pues, sólo lo que se recuerda es lo que existe a los ojos del hombre, solo aquello que tenemos en nuestra memoria es lo que influye en nuestra persona, de tal suerte que; edificar la memoria es construir nuestra persona pues todo lo que aprendemos, vivimos y somos nos ayuda a contraponer nuestro pasado, a engrandecer nuestro paso por el mundo y sobre todo nos permite entender lo que sí y lo que no debemos hacer; sin duda la memoria más que un recuerdo, es un presente que existe para mejorarnos o para olvidarnos.

De tal suerte que podemos preguntarnos derivado de lo que fue el proceso electoral y los debates públicos ¿hacia dónde vamos? ¿qué es lo que nos motiva? ¿qué es lo que queremos de nuestro país? y ¿cuál será el resultado tan anhelado que han de entregar nuestros representantes populares, recientemente electos? Pues, nuestra memoria no solo debe recordar la votación, el camino a seguir es recordar las palabras, los compromisos de campaña, las acciones y todo lo vivido en el proceso electoral para pedir que se haga efectivo en un futuro inmediato; que los anhelos se conviertan en realidades y que efectivamente tengamos un rumbo y una visión.

Dice Aristóteles, que “aquellos que no conocen su  historia  están condenados a cometer los mismos errores”, pero existe una premisa mayor: habrá que entender ¿qué queremos que recuerden de nosotros en el futuro? de esta manera entenderemos que nosotros somos la memoria del futuro, la espada sagrada del presente, con la cual nos defendemos y con la que atacamos, y ese filo destructor de sus extremos no es otro más que nuestros actos buenos o malos, racionales o emocionales, que hacen que efectivamente tengamos una visión clara de que nuestros actos tienen una repercusión en el futuro y que de los actos que hoy hagamos mañana seremos testigos, y aquí cabe la pregunta formulada por sicoanalistas en estudio: si hoy no estuvieras físicamente ¿cómo te gustaría que te recordaran? y la respuesta a esa pregunta es sin duda la tarea a desarrollar en el presente, para potenciarla en el futuro; es la misma respuesta que tenemos que edificar para empoderar nuestras buenas acciones en un futuro.

De la mano de esta reflexión estará presente la pregunta: ¿qué es lo que nosotros recordamos del pasado? y ¿qué cosas han influido en nuestra persona para hacer lo que hoy estamos presenciando? Sin duda la historia y la memoria colectiva nos dan la pauta a seguir en nuestro peregrinar y nos ayudan a entender que muchos de los actos que presenciamos, de los que fuimos partícipes o de los que nos enteramos, han moldeado nuestro pensamiento, nuestro actuar y sobre todo nuestro anhelo; hoy la neurociencia nos demuestra que el cerebro tiene recuerdos desde la infancia que están definiendo nuestro actuar en la plenitud de nuestra edad adulta; esto ratifica, el postulado del título de esta columna porque efectivamente: somos nuestra memoria.

Debemos entender por tanto que, nuestro futuro no se desliga de nuestra historia y esto nos lleva a analizar y replantear nuestro presente, los pasos que hemos dado y que seguimos andando en el camino, ¿hacia dónde vamos? ¿qué queremos? y ¿cómo lo queremos? porque eso seguramente definirá el paso de las nuevas generaciones que cotidianamente socializan con nosotros, como un espiral que nos permite entender que somos la amalgama de generaciones que han influido sucesivamente en el actuar de las generaciones venideras. Hoy más que nunca nuestro país y la sociedad en su conjunto necesita de líderes que andando en su paso por la historia recojan las astillas depositadas por sus antepasados, mismas que se fueron desperdigando por su sacrificio, para armar con ellas un gran barco que tenga un velero capaz de llevarnos a nuevas aguas, menos agitadas, más transparentes y sobre todo más benefactoras.

Hagamos eco en la historia, que nuestros recuerdos sean la semilla de los frutos que hoy hemos aprendido a cosechar como frutos evidentemente gratos a nuestro bien común, o en su caso aprendamos a separar a la manera bíblica; el trigo de la cizaña y que nuestros recuerdos sean el eslabón para dar lo mejor de nosotros en todos nuestros actos, que tomemos lo mejor de cada circunstancia, que aprendamos que somos en esencia: perfectibles y eso nos ayude a potenciar mejores resultados pues, por cada paso negativo daremos dos positivos; de tal manera que nuestra meta sea siempre avanzar hacia un mejor destino.

Somos nuestra memoria, nuestro presente y nuestro futuro, somos las experiencias vividas, los errores aprendidos, los luceros que un día nos fueron apagados para hoy hacerlos arder con nuestros actos; si el ocaso nos alcanza haremos que nuestra intención tenga otro rumbo.

Somos nuestra memoria, esa que nos recuerda que debemos avanzar que podremos tal vez caer; pero nunca habremos de detenernos; porque si en algún momento hemos fallado aprenderemos de nuestros errores y conjuntaremos la voz con la acción para despertar a los Hermes del presente, esos que escuchan los anhelos de lo divino y hacen del humano alguien humanamente especial.