Tensiones en el Perú: la diversidad castigada

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La semana pasada el Perú ha vuelto a dispararse en la rodilla de su moralidad, que ya lleva varias décadas lesionada, y de la que siempre, quienes habitan aquí, esperan ya más bien poco. Puede entenderse que desprenderse del ethos con el que el país fue fundado sea increíblemente difícil. Pero también parece como si la voluntad de poder de unos, viese la evidente crisis y el fracaso de sus modelos morales, y, simplemente, no quisiesen reconocerlo, o que más bien siguen pensando que, a base de insistir y reprimir todo, volverá a un supuesto orden natural, que la experiencia se esfuerza en demostrar como inexistente y absurdo. 

El motivo es el siguiente: el Ministerio de Salud promulgó un Decreto según el cual se aumentaba la lista de enfermedades sucintas de ser tratadas en los Centros de Salud Pública en el país, con la desubicada idea de haber añadido la transexualidad en la categoría de enfermedades mentales. Naturalmente que el asunto es bochornoso. Más aún, cuando estos desvaríos fueron subsanados por la OMS hace ya dos años, en su Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud del 2022; en la que la transexualidad se despatologiza y se la ubica en la categoría de salud sexual.

Lo que realmente preocupa del problema ya no es que el Perú esté décadas atrasado en algunos asuntos morales, porque su sector conservador vive en las cavernas de lo reaccionario, sino que, sobre asuntos como la homosexualidad, la transexualidad o la diversidad de género, se siga pensando en términos lobotómicos. Siendo aún más explícitos: en el Perú, con independencia del sector social del que se trate, se sigue pensando que ser homosexual o transicionar de género se puede tratar o psicológica o químicamente, y que para eso están o las instituciones de salud pública, o lo que es peor: los padres y los colegios.

Creo que el Colectivo Manuela Ramos lo expresó de la mejor manera posible: La diversidad es lo natural, no una enfermedad. Nuevamente, al margen de las convicciones morales o de las instituciones que quiera abrazar cada uno, creo que obstaculizar el progreso social y científico por asuntos moralistas, es algo de siglos pasados. En el Perú necesitamos entender con urgencia que saber abrazar las subjetividades sin prejuicios es el prerrequisito para construir una sociedad más tolerante y comprometida para conciliar la diversidad de discursos y emociones, sin que estos aspectos se vean constreñidos a los límites de definiciones y conceptos en los que no se puede ser uno mismo.