Tocar una flor con las manos enlodadas

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Leyendo la genial biografía de Ludwig Wittgenstein escrita por Ray Monk uno aprende a mirar la genialidad de una óptica distinta a la que estamos acostumbrados. En ella la genialidad es entendida de una manera sustantivamente interesante respecto a la tradicional: como un deber. El mismo libro lleva por subtítulo El deber de un genio, y, por mucho, el sentido que se le da a esta atribución que poseen algunos pocos señalados seres humanos, lleva el término por unos terrenos hasta antes desconocidos. Siendo breves, la postura de Monk respecto a la genialidad en Wittgenstein es que este la entendía como una obligación que atender y vivir conforme a ella hasta que uno ya no pueda hacer nada considerado excelso.

A partir de ahí, arranca una transmutación de la manera de entender la genialidad a la que estamos acostumbrados en Occidente. Wittgenstein no ve un sentido narcisista o de superioridad respecto al vulgo en el hecho de que alguien sea considerado un genio sino un deber ético. Todo genio está compelido a cumplir con los mandatos de sus facultades privilegiadas cuando estas se manifiesten. La mediocridad no se le puede consentir y no puede producir otra cosa que roce la perfección, pues por acostumbrarse a producir cosas imperfectas apoyado por el reconocimiento del que goza el genio entra no en una etapa de consagración, este obtiene su licencia para la deshonestidad; consigo mismo y con el público que espera atentamente sus novedades.

En ese sentido, Wittgenstein se da cuenta de que Occidente poco a poco se va a pique por el culto al genio, y que más bien, detectar sus momentos estériles y chapuceros debe ser no sólo una obligación de ellos mismos sino también de sus lectores. Una de nuestras principales fuentes de atraso cultural, nos dice Wittgenstein aludiendo al caso de la Viena de principios del siglo XX, es algo aparentemente tan inofensivo como la superficialidad. Que es, en el fondo, lo que hace pasar a lo estéril por genial y a actitudes deshonestas como correctas.

Este sentido de superficialidad, halla sus manifestaciones más concretas en el respeto irrestricto por algunos autores en el campo académico, literario, artístico, político o incluso en el familiar. Es decir, a no poder dar paso alguno o a temer innovar frente a lo establecido si es que no estamos seguros de que contaremos con el beneplácito de ciertas autoridades que representan la herencia de ciertos autores sobre los que nadie puede pasar. 

Todo esto queda compilado en la expresión que utilizó cuando empezó a defender el valor de su pensamiento por sobre la claridad y el carácter general que se le pedía que diese a sus escritos. A lo que iba, finalmente, es que, de una forma u otra, tenía que adaptarse a poner no en un lenguaje claro sino en un lenguaje cargado de significados y de criterios que le desagradaban profundamente aquellos descubrimientos que, pensaba, nos librarían de muchos de los vicios de nuestras actitudes intelectuales. Entre las que claramente, se encontraba la deshonestidad de los genios. En una carta a Russell, lo describió así: Tendría la sensación de estar ensuciando una flor con las manos enlodadas.