“Todas las sangres”: una novela nacida para el luto

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23 DE JUNIO DE 1965, se convoca una mesa redonda para discutir la novela Todas las Sangres, de José María Arguedas con el afán de resolver la siguiente cuestión: ¿Cuál es el rol de la literatura para lograr un cambio social fructífero en el Perú? Intervienen nada menos que Jorge Bravo Bresani, Alberto Escobar, Henri Favre, José Matos Mar, José Miguel Oviedo, Aníbal Quijano y Sebastián Salazar Bondy. La camada de intelectuales, no era menor ni mucho menos al margen de lo que de aquella tarde, vagamente, se concluyó acerca de la potencia explicativa de la obra. El sexteto estaba atacado de trapío intelectual, en él había críticos literarios, sociólogos y economistas. Sin embargo, todos sus protagonistas, a excepción de uno, quedaron encaprichados hasta la intransigencia en no separarse de la seguridad de unas tablas muy concretas: la estética marxista en la literatura.

Arguedas, estaba presente, y la labor se dividiría en dos tramos: una revisión literaria, y después una revisión sociológica. Como decíamos, el tratamiento literario de la obra se cumplió sólo por parte dos integrantes. Los demás articularon sus comentarios desde la estética del pragmatismo revolucionario. Bajo esta forma de ver la literatura el realismo debe de ser absoluto y la crítica a cualquier opresión y la propuesta constante de soluciones revolucionarias no puede faltar en ninguna novela. El fallo de paradigma no pudo ser mayor y la torpeza con que se calificó la novela, es sólo comparable a la denominación funesta que recibieron las obras primerizas de Jorge Luis Borges: decir que pecaban de una jactanciosa erudición recóndita. Aún en los años sesenta, Todas las sangres ya aspiraba a ser una Novela Total, a pesar de la extrema dificultad y lo ambicioso que son aquellos proyectos, como bien describe toda la historia del Boom Latinoamericano. Nada de aquello pudo ser ni medianamente considerado. Y el mazo de la palabra intrascendente caería por sobre el valor de la novela de manera taxativa.

La suerte que corrió el texto en el análisis sociológico fue igual de funesta, y prácticamente éste, se convirtió en el verdugo definitivo de la maltrecha novela. Y es que, aun cuando la literatura del Tayta se caracteriza por haber esculpido una estética de la violencia a los oprimidos sin igual, las etiquetas de vaga, ambigua y poco objetiva no faltaron. Como era de esperar, el enfoque taciturno, profundo y de máxima mímesis que se hizo de lo indio, lo indígena y lo mestizo como ejes sobre los que gira el Perú no fue entendido en cuanto a su propósito principal: buscar un término medio antropológico entre todos los estratos de hombres del Perú.

La mesa redonda causó pues, una división de opiniones marcada. J. M. Oviedo criticaría la avalancha de reproches que recibió Arguedas por parte de los sociólogos, sosteniendo que Todas las sangres no pretendía ser un tratado de sociología propiamente dicho. Una defensa rápidamente objetada por Aníbal Quijano, quien, presuponiendo que la novela es un intento de crear una imagen completa y en sí misma holística del Perú contemporáneo, arguye que aquella pretensión es, por esencia, terreno sociológicamente delicado. La crítica más dura vendría a raíz de esto: por lo ambicioso de la obra y las pretensiones de definir ciertos aspectos sobre la sociedad peruana, ésta podía ser profundamente nociva para el imaginario colectivo.

La mesa redonda por terminar, terminó, y se llevó poco de memorable para la posteridad. La élite intelectual peruana había firmado una honda metedura de pata, y la salud mental de Arguedas tenía, nuevamente, una carga más que arrastrar además de las infinitas penurias que le acompañaban desde su adolescencia. Y es que, de una forma u otra, el autor que hizo de la violencia hacia el hombre del ande una estética y un canon valiosísimo para pensar al Perú, fue víctima –en carne propia– de dicha violencia, teniendo que ver morir a  la hechura de su sangre en sus manos, a la pieza a la que regaló hasta lo último que quedaba dentro de él.