TOLUCA, MI BELLA

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En estos momentos, quizás mientras el amable lector esté iniciando la lectura de mi participación semanal, a un costado de Palacio de Gobierno se vive un frenesí propio del protocolo estatal con la inauguración de uno de los proyectos más ambiciosos del sexenio mexiquense. El Parque de la Ciencia: Los fundadores intervención del espacio urbano que apuesta a zonas verdes para la convivencia, un Planetario propio del fomento de las ciencias y un espacio propicio para muestras como Van Gogh Alive. Debo confesar que cuando se dio la primera noticia en los medios, sentía el temor de perder la hermosa visa que regalaba la Plaza Ángel María Garibay Kintana para observar el templo del Carmen y a lo lejos, divisar el hermoso primer cuadro de la capital mexiquense. Afortunadamente, el pasado martes, guiada por mi curiosidad, pude constatar que me equivocaba.

Cuenta la tradición oral de la ciudad, que, en el siglo XVII, se otorgó permiso para producir alfeñique por primera vez en la villa de Toluca; lo cual caracterizaría a esta pasta de azúcar como parte de la oferta de dulces no conventuales de la pequeña población cuyo corazón, justamente, era el Convento Franciscano de la Asunción. Lo cierto es que aquella costumbre continuó con el tiempo y hoy constituye una de las artesanías locales más importantes de la región al propiciar la cita anual más esperada de sus moradores: la Feria del Alfeñique. Y si los cálculos no me traicionan, justo hoy en la noche, entre el silencio del reloj de la luna, las 84 familias de artesanos colocarán sus puestos para deleitar nuestros paladares y pintar de tradición y color a Toluca, en la víspera de la llegada de nuestros muertos.

Sin duda, Toluca, al ser la capital de la entidad federativa que mayor PIB, después de Ciudad de México, da a la federación, no la tiene fácil. No sólo existe la encomienda pendiente del rescate del patrimonio, también se debe a una proyección urbana y sustentable que permita cubrir las necesidades de habitación, comida y, sobre todo, seguridad. Quizás eso nos lleve a lugares tan comunes como es una ciudad de paso; no hay nada que hacer; debería ser como la Ciudad de México y los tolucos son fríos.

Ciertamente no puedo desmentir estas aseveraciones, quizás sí seamos un poco el reflejo de nuestro clima, pero en lo que sin duda difiero es en la comparación: justo porque que no éramos Ciudad de México es que nos convertimos en ciudad capital. Evidentemente, no tenemos la extensión territorial ni la variedad de población para convertirnos en el ombligo de la luna; sin embargo, contamos con pasado bastante remoto, la memoria que busca rescatarse entre los proyectos culturales y sí, un clima frío, pero al final benigno para nutrir de belleza y riqueza al valle.

Toluca es una de las ciudades mexicanas con mayor número de museos. Desafortunadamente, muchos de ellos adolecen de la afluencia y los presupuestos, no así por colecciones. Contamos con un espacio dedicado al mejor paisajista del México del siglo XIX: José María Velasco. El acervo de la Universidad Autónoma del Estado de México incluye joyas de Luis Coto y Felipe Santiago Gutiérrez; existe un interesante patrimonio mueble proveniente del virreinato y espacios que le apuestan al patrimonio industrial y el arte contemporáneo.

La ciudad cuenta además con un estadio de futbol que podríamos definir como la catedral laica de Toluca: tal vez no le vayas a los Diablos Rojos, pero no puedes negar el penalti a la dieta acometido por los tacos de carnitas que se venden afuera del mismo. Y si de comida hablamos, sin duda las tortas, los tacos de guisado y la amplia variedad de dulces de leche, frutas en conserva y cocadas, dan un golazo a cualquier intento de comer solo frutas y verduras. Pero no todo se queda en la tradición, cada día aumentan el número de restaurantes que miran al futuro, con cocina de autor, rescate y adaptación de recetas además de eventos temáticos para paladares exigentes.

Vayamos más allá de los ojos del turista, pensemos en las artes. El teatro Morelos desde su reapertura en el 2016 ha recibido a grandes bailarines gracias a los programas de difusión de las artes de la Secretaría de Cultura de la entidad y la Fundación Elisa Carrillo; la música clásica se ha convertido el motivo de largas filas en espera para observar con los oídos el movimiento de la batuta del Mtro. Gerardo Urbán y Fernández, director de la Orquesta Filarmónica de Toluca. Además, se han mantenido espacios de expresión escénica que incluyen la Alameda, la Concha Acústica, la Plaza González Arratia, el teatro Esvón Gamaliel, el teatro Los Jaguares, el auditorio de la Alianza Francesa, el Centro Cultural Toluca, las distintas iglesias y plazas públicas de sus delegaciones, sin olvidar pequeños teatros y cafés que también se han convertido en el hogar de las artes en movimiento.

Si esto no bastara, Toluca es sede de la Universidad Autónoma del Estado de México, una de las instituciones públicas más destacadas del país; hasta hace años, era de las ciudades con más población interesada en presentar certificaciones del idioma francés; cuenta con escuelas públicas y privadas de calidad, varias bibliotecas y academias de aprendizaje extracurricular. Para muchos jóvenes mexiquenses, durante cinco años, la ciudad se convierte en su nuevo hogar cumpliendo el sueño familiar de un título universitario.

Y así podría seguir la lista: zona industrial, clima propicio para migrantes e inversión, cercanía estratégica con distintas ciudades del centro del país además de la maravilla de encontrarse a los pies de un volcán apagado. Y ciertamente, todos estos atributos no borran los números de feminicidios, la alta inseguridad, los problemas en las calles cada vez que llueve y algunas conductas un tanto clasistas de provincia. Pero así es la belleza, por lo menos la verdadera y sin filtros: con imperfecciones.

Observo a la distancia la algarabía del centro de la ciudad, entre el parque nuevo y el colorido del Alfeñique. Pienso en nuestra historia y su transitar por la tradición. Imagino el futuro y el día en que con la lluvia podamos resguardarnos debajo de los árboles. Visualizo el tiempo, recuerdo con tristeza a los toluqueños muertos por Covid-19 y los meses de encierro. Regreso al presente… y Toluca sigue aquí. Silenciosa, ya un poco lejana a su juventud, pero con la elegancia de una historia vivida. Esa es mi ciudad, la que dice la geografía, es la más cercana al cielo mexicano y quizás, a nuestro corazón.