Toluca una mágica historia en tres tiempos

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Para atrapar en un pedacito espacial y temporal a una mítica ciudad, un antiquísimo dibujo me hizo posible alegremente viajar por un pueblito antes de la independencia, luego por Toluca antes del terremoto de 1985 y por la Chorizópolis de hoy 2025.

Revolviendo tres tiempos navegaré por la evocación y en este año con la antítesis. Va pues:

Toluca ha crecido desmesuradamente, ni señas de la tranquila ciudad que conocieron y adoraron Josué Mirlo y Enrique Carniado y eso me tocó vivir, la transformación de pueblo a ciudad con visos de Metrópoli pero, ¿y más antes?

En un venturoso azar, cayó en mis manos un precioso dibujo: Perspectiva de Sn. Joseph de Toluca en el valle de Matlazinco, con un río, su volcán como era en el año del señor 1791 ya hoy muy cambiada, y me vino la idea de atrapar la esencia de la ciudad.

Inspirado en una sinfonía en tres tiempos busqué entrar en ese espíritu, en esa alma que flota a través de los años. Así que esta lectura será un ojo al gato del dibujo y otro al garabato literal.  

Por principio de ese lejano año de la Perspectiva brincaré a mediados del siglo pasado.

En 1956, era otro Toluca, y eran otras sus gentes. Nuestra cosmovisión se condensaba en una burbuja de jabón. Así, sin ningún auxilio tecnológico, en una bombita de agua jabonosa se reflejaba tornasolada y en una surrealista pintura cóncava una vecindad. Y antes de romperse la efímera esfera, retrataba fugazmente los lazos de los tendederos, las macetas con geranios, los chavos con sus canicas y al fin, ¡pom!, al deshacerse, al reventarse, al quedar impresa en el piso solo una gotita de agua jabonosa, salía la voz de mi madre llamando a merendar. 

Y hoy, así como esa voz se fue, también se volvieron nada, el patio vecindero, ruedo de las diarias faenas de los ricospobres toreros del vivir, la pileta, espejo donde los luceros nos hacían guiños y moviendo el agua los hacíamos sonreír. Se fueron los enormes radios, de cuyos bulbos cintilantes salían dramas dolorosísimos o boleros cantados con tanto sentimiento que partían el corazón.

…Y se fueron casas y se fueron gentes, los adobes y pedazos de vidrio de las ventanas, hoy son polvos de otros lodos y las gentes, los queridos viejos de la vecindad, son huesos, polvo de huesos que nutren las plantas del Panteón General de la Soledad ¿Y sus carcajadas? Algunos dicen que son invisibles golondrinas que a veces alegran las mañanas toluqueñas y que en los meses de febrero y marzo juguetean con los átomos de tierra que se elevan con el viento.

¿Qué quedó de esas queridas gentes? A lo mejor sólo viejas fotos, las ajadas postales donde el tiempo se congeló, donde la sonrisa se eternizó en un ¡clic!, fotografías de las que ahora los nietos preguntan, ¿quién es?, ¿a poco así era la Alameda?, ¿tan poquitos carros?

Los lugares y las gentes se fueron. De 1956 a 2025, otras casas, u otras cosas se levantan sobre lo que fue. De lo antes, ni parecido. Una Toluca distinta y distante nos cobija; por cierto, no hecha sobre las ruinas, pues aquí diferente a la ciudad de México, ¿cuál es el Centro Histórico? ¿Cuáles ruinas? ¿Cuáles edificios virreinales?

Nada. Se fue la vieja casa y en sentido recto y figurado, se fue para siempre: hoy un elegante comercio se asienta o como en el caso de mi vieja vecindad, sólo un lugar para pernoctar automóviles… y ya…

¿Y lo poco, poquito de lo de antes que flota en el mar de la nueva Metrópoli? Solo restos del naufragio, verbigracia, una que otra vieja casona en Galeana o Lerdo, unos olvidados nogales y una viejecilla arreglando su añeja cama de latón, allá por rumbos de la Merced.

Además de gentes y casas, se fueron el gusto de saborear la jalea de tejocote, el taco de plaza con sus respectivos acociles, el perseguir pipiolos después de un día de lluvia. Y se fueron para siempre los pregoneros, la vieja cantina del barrio receptáculo de bohemios embriagándose con licor de limón con zarza y canciones de Agustín Lara…

Y vino la reflexión: ¿Lo que se fue, se fue y ya? Estuvo y al irse, ¿acabó para siempre? ¿Se van las gentes así como así? No creo. No es así. Algo queda y para eso sirve la palabra escrita, nos hablan los dibujos, en la lectura, la mente viaja, inventa, crea imágenes, por eso escribes y dejas impresa tú filosofía de ser para no dejar a la muerte la última palabra. Por ello, con la idea de saber cómo era mi ciudad y sus gentes y de ahí llegar a la esencia de Tolucópolis comparé y jugué con lo que fue. 

Tengo frente a mí, como lo tienes tú, el dibujo arquitectónico de sin par belleza, la PERSPECTIVA anotada. En efecto, aquí tengo el precioso documento, rescate del arquitecto Antonio Cervantes Tapia en su publicación Arquitectour y estimado lector, notarás que habla solo (el lector puede consultar el dibujo en Internet).

Lo primero que busco es, ¿en dónde estaba mi vieja vecindad? Y el más o menos por aquí se hace presente: La ubico por El callejón de las Flores, que dice en la Perspectiva, que quedaba colindante con un río llamado Verdiguel, que se ve –en  ese tiempo– de  cristalinas aguas, lo que después, en la época de apogeo de mi querida vecindad, cuando los luceros jugueteaban en la pileta del patio, ese río ya transportaba las aguas negras de la ciudad.

Y veo y comparo. Desde luego se imponen las iglesias y de éstas brilla la iglesia de El Carmen.  Y me viene la primera reflexión: ¿Qué sobrevive? ¿Qué ha estado desde 1791?, ¡y aquí aparece! Por supuesto, es el Beaterio, un internado de niñas que en el dibujo se ve hasta el final del callejón del Beaterio, y que hoy, remozado, lanza dorados destellos de luz en lo que llamamos el edificio de la Rectoría de la UAEM.

Continúo viendo el dibujo… además de El Carmen y El Beaterio ¿que ha estado siempre?: los cerritos, el volcán, tal vez algunos árboles de la Alameda y los conventos, hoy sin frailes, monjas y por supuesto, ¡El tianguis! Que de la plaza del Carmen se pasó a San Pablo Autopan.

Por el dibujo (en la parte inferior están unos indios mercando) identifico al casi eterno tianguis toluqueño. Un maravilloso dato que nos da la Perspectiva de Toluca, es que desde hace tanto, el tianguis ya se hacía los viernes y era de tronío.

Nos dice textualmente:

… y los Viernes es tanto el gentío que ocurre a los tianguis y ferias que no cabe en la plaza el comercio y se difunde por la calle Real, y la del Maíz y otras…

Lo demás, las viejas casas de adobe, el río Verdiguel de agua limpísima que acuchilla por el centro a la ciudad, los corrales con cerdos y gallinas… ya de todo ello no queda nada. Se fueron las casas y las cosas y sobre todo se fueron las gentes, esos antepasados que, aunque parezca perogrullada, ya no están. Y pregunto parodiando conocida canción: ¿Qué luceros alumbrarán el alma de los toluqueños que se nos han adelantado? Si alguien lo supiera, descubriría el quid del vivir.