Toluca y la invasión norteamericana

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Todo septiembre es el mes de la Patria, pero especialmente la semana que comprende los días 13 y 16 es cuando conmemoramos los hechos históricos que nos dieron ésta, embriagándonos de fiesta y vino para celebrar. Por ello en la presente y en la siguiente entrega hablaré de dichas conmemoraciones.

El 13 de septiembre se celebra la gesta de los “Niños Héroes”. Es casi la única conmemoración del relato más amplio, desconocido en varios aspectos y hasta mal contado, de lo que fue la intervención norteamericana de 1846 a 1848. Más amplio porque duró dos años y no sólo un día; hubo varias batallas y no sólo la de Chapultepec; hubo miles de héroes y no sólo seis; aunque estos seis sí murieron defendiendo el Castillo, también murieron cientos de hombres más; los “niños” no lo eran tanto pues sus edades oscilaban entre 13 y 21 años; uno de ellos no era cadete del Colegio Militar sino integrante del Batallón Activo de San Blas: Juan Escutia; por si fuera poco, Escutia no se aventó con la bandera desde lo alto del Castillo de Chapultepec sino que murió por el fuego enemigo.

Aún más: quien se envolvió en una bandera fue el capitán Margarito Suazo en le Batalla de Molino del Rey del 8 de septiembre de 1847, quien logró ponerla a salvo a cambio de su vida. Dicha bandera ensangrentada se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Historia y casi nadie le rinde honores.

Otro capítulo poco conocido de aquella invasión es el de la presencia tanto de los Niños Héroes como de los invasores gringos en Toluca. Tal vez alguno de los niños que murieron en Chapultepec, en alguna ocasión de sus cortas vidas, pisaron suelo toluqueño. Tal vez Escutia al viajar con el Batallón de San Blas desde Tepic hacia la capital del país; tal vez Melgar al viajar desde su natal Chihuahua para residir en el Colegio Militar. Pero haría falta investigar más sobre estos aspectos; por mientras son puras especulaciones.

Un niño héroe que si estuvo en Toluca, pero un cuarto de siglo después de la invasión, fue el arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti. Él fue el constructor del obelisco homenaje instalado en Chapultepec, en una de cuyas caras, con toda justicia, incluyó su propio nombre. Al final del segundo imperio de Maximiliano (quien lo contrató para ser ingeniero director de la Casa Imperial), Arangoiti siguió trabajando por su cuenta. A principios de la década de 1870 se trasladó a Toluca para construir el Palacio Municipal (en el lugar que actualmente ocupa en la calle de Independencia), el entonces Palacio de Gobierno (actual Palacio del Tribunal Superior de Justicia en la calle de Bravo) y proyectar la Catedral que, como sabemos, sólo pudo ser concluida un siglo después.

Anteriormente, en el aciago 1847, entre los meses de septiembre y noviembre, en su huida de la capital del país debido a la ocupación de tropas invasoras, el gobierno mexicano debió instalarse en Toluca para continuar después rumbo a Querétaro. La presidencia era ocupada por Manuel de la Peña y Peña (primer presidente de apellido Peña que tuvo México), a quien posteriormente tocó cargar con la humillación de ceder más de la mitad de territorio mexicano a los Estados Unidos (como se observa, el Peña actual no ha sido el único mandatario que ha pasado por graves problemas con los vecinos del norte).

A su vez, la investigadora de El Colegio Mexiquense, Pilar Iracheta Cenecorta, cuenta que a Toluca entró el ejército invasor al mando del general Geroges Cadwalader el 8 de enero de 1848, provocando la huida del gobernador Francisco Modesto de Olaguíbel, por lo que el Alcalde segundo José Jiménez de Velasco y su Cabildo quedaron como únicos mediadores entre los gringos y la población. Las tropas se retiraron el 31 de mayo de ese año, no sin antes causar estragos: ocuparon por la fuerza casas de notables toluqueños como los Pliego y los Barbabosa; el hospital de San Juan de Dios (antes ubicado en la hoy calle de Villada) y el convento de San Francisco (hoy Catedral, donde establecieron su cuartel luego de saquear sus tesoros); el edificio del Beaterio (hoy Rectoría de la UAEMéx) donde funcionaba el Instituto Científico y Literario; y la Alameda (hoy Parque Cuauhtémoc), la cual dejaron destruida.

Por todo ello es que se vio alterada la cotidianidad de los toluqueños. El tianguis de los viernes (tradición que aún continúa en el Mercado de Palmillas) se vio alterado por especuladores y acaparadores, por la subida de precios y la presencia de tropas. Ante ello, el Ayuntamiento tuvo necesidad de publicar bandos para imponer penas a comerciantes que provocaran carestía, así como prohibir la venta de alcohol (incluido el pulque, la bebida tradicional), los juegos de azar clandestinos y los palenques de gallos para evitar desmanes por parte de los soldados gringos (que además eran asiduos clientes de las prostitutas toluqueñas), amén de que debió exigir que no se realizaran ejercicios militares en la plaza principal los días viernes de mercado. Por si fuera poco, luego de la ocupación aparecieron brotes de sarampión y disentería. Lo peor fue que la ocupación también se tradujo en mayor inseguridad y bandolerismo, presentes sobre todo en pueblos como Oxtotitlán, San Sebastián, San Juan Tilapa, Tlacotepec y San Pedro de los Petates (hoy Totoltepec).

Pero la resistencia de los tolucos también se hizo presente. Muchos negaron dar asilo y alimento a los invasores y sus bestias; otros los incitaron a desertar de sus filas (por lo cual fueron multados y azotados); incluso alguna vez apareció un soldado gringo muerto a puñaladas en los alrededores del cerro de Coatepec (hoy Ciudad Universitaria y Cabeza de López Mateos). No obstante, en general, los toluqueños no tuvieron manera de defenderse y por ello debieron convivir de manera pacífica, aunque a fuerza, con los invasores.

Finalmente, es justo decir que existen muchos héroes toluqueños opacados por la noche de los tiempos, a los que deberíamos rendir homenaje por su valor y resistencia. Pero ello requiere de grandes esfuerzos de investigación como el de la doctora Iracheta, para no estancarnos en el culto a la “Cama de Piedra” (que algunos maledicentes llaman “monumento al borracho”) ubicado en un gran solar de las avenidas Las Torres y Paseo Colón (a pesar de lo cual a su anterior ubicación en el cruce de las avenidas Vicente Guerrero y López Mateos, a un costado de CU, se le conoce como la “ex Cama de Piedra”).