TRISTES SABELOTODO

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La mejor forma para debatir es con argumentos sólidos; si no los tenemos, más
nos vale escuchar y callar, para no mostrar nuestra necedad ante los diversos
interlocutores. Si vamos a ofrecer una opinión o algún consejo, es porque partimos
del conocimiento y la experiencia para hacerlo; hablar desde los supuestos, las
creencias personales o la visión personal de las cosas no siempre resulta positivo.
El conocimiento y la experiencia se obtienen con aprendizaje y tiempo; para
aprender las lecciones se tienen que experimentar fracasos, nadie, absolutamente
nadie, obtiene sapiencia y sabiduría por osmosis o carga genética; si bien son
elementos a considerar, muchos son los factores adicionales que hacen de un ser
humano un ente referencial en algún tema.
Sin embargo, y probablemente porque se nos ha educado de esa forma,
asumimos que tenemos autoridad para opinar sobre la vida y obra de quien sea,
simplemente porque presuponemos que nuestras historias personales son tan
exitosas y valiosas (sic), que el mundo merece saber lo que pensamos.
Agregaría algo más, una enorme necesidad de justificación de nuestro quehacer,
para evitar que el mundo nos vea tal y como somos y, en consecuencia, saque
conclusiones que quizás no me convengan.
En ese tenor, antes de que me alguien me reclame porque he cometido un error
(además muy visible), comienzo a echar culpas y distraer la atención para que la
crítica se dirija a los demás y no hacia mí.
Si mis acciones me han hecho fracasar, como trabajador, como padre, como hijo,
aprovecho la primera oportunidad para, al menor error del otro, hacer el ruido
suficiente para que ese alguien sea el centro de las críticas. Muchas personas
viven así, mirando la paja en el ojo ajeno para paliar sus tremendas
inconsistencias.
Finalmente, hay quienes prefieren, como estrategia distractora, asumirse como
tristes sabelotodo, y en cualquier plática argumentan, sugieren, comentan, relatan
y plantean respuestas o soluciones a todas las inquietudes o problemáticas de los
demás. Lo hacen con tan esmero que quienes no les conocen en realidad
compren la idea de que son cuasi perfectos.

Horrores Educativos (David Alejandro Díaz Méndez) 297 (Mayo 2, 2019)
Lo triste del asunto es que, con el tiempo, la realidad de estas personas acaba por
asomarse dejando al desnudo todas esas caretas que se utilizan para vender al
exterior una imagen prístina, mientras que en sus realidades lidian con problemas
tan complejos que, al final, no hay soluciones fáciles.
Como se ha planteado en este mismo espacio, debemos buscar la congruencia
entre el pensar, decir y hacer; y no es un asunto de grados académicos, sólo se
trata de que cada quién haga lo que le toca y bien, para no tener problemas.
Pero eso es difícil para un sabelotodo, ¿no?

horroreseducativos@hotmail.com