UN ENEMIGO SIN ROSTRO: LA ANSIEDAD

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La ansiedad es una respuesta normal a una amenaza o una situación de estrés psicológico. Está relacionada con la sensación de miedo y cumple una importante función en la supervivencia. Cuando alguien tiene que afrontar una situación peligrosa, la ansiedad desencadena una respuesta de lucha o huida. Esta respuesta proporciona al cuerpo, a través de distintos cambios fisiológicos como el incremento del flujo sanguíneo en los músculos y en el corazón, la energía y la fuerza necesarias para afrontar situaciones amenazantes para la vida, como huir de un animal agresivo o enfrentarse a un atracador. La ansiedad puede ayudar a una persona a adaptarse a factores estresantes más comunes al motivarla a prepararse, practicar y ensayar. Incluso puede incitar a una persona a abordar situaciones potencialmente peligrosas con la debida cautela.

Es de tal intensidad y duración que interfiere en el desarrollo de la actividad habitual de la persona (es decir, conduce a un comportamiento inadaptado)

Los trastornos de ansiedad son más frecuentes que cualquier otra clase de trastorno mental y afectan aproximadamente a un tercio de los adultos en Estados Unidos en algún momento de su vida. La ansiedad significativa puede persistir durante años y la persona afectada puede comenzar a sentirla como algo normal. Por esta y otras razones, los trastornos de ansiedad a menudo no se diagnostican ni se tratan. También pueden estar asociados con pensamientos e intentos de suicidio.

Los efectos de la ansiedad sobre el rendimiento de una persona se pueden representar mediante una curva. A medida que el nivel de ansiedad aumenta, la eficiencia del rendimiento aumenta de forma proporcional, pero solo hasta cierto punto. A partir de ese punto, si la ansiedad sigue aumentando, la eficiencia del rendimiento disminuye. Antes del máximo de la curva, la ansiedad se considera adaptativa, porque ayuda a la persona a prepararse para una crisis y mejorar su actividad global. Más allá del máximo de la curva, la ansiedad se considera inadaptativa, ya que produce angustia y perjudica el desempeño de las actividades globales de la persona.

Un trastorno de ansiedad puede desencadenarse como una respuesta al estrés ambiental, por ejemplo ante la ruptura de una relación importante o la exposición a un desastre que amenaza la vida de la persona. Sin embargo, muchas personas desarrollan un trastorno de ansiedad en ausencia de un desencadenante identificable.

Cuando una persona responde con intensidad a los factores estresantes o está abrumada por los acontecimientos, puede aparecer un trastorno de ansiedad. Por ejemplo, algunas personas encuentran estimulante hablar en público. Otras, en cambio, temen hacerlo, y ante tales situaciones experimentan ansiedad, miedo, sudoración, temblores y aumento de la frecuencia cardíaca. Pueden incluso llegar a evitar hablar en un pequeño grupo.

La ansiedad suele ser una característica familiar. Los médicos creen que esta tendencia a la ansiedad puede ser en parte hereditaria, pero también es probable que tenga un componente aprendido al vivir con personas ansiosas.

Es normal que las personas tengan cierto nivel de ansiedad cuando tienen una afección médica que temen que les haga enfermar o incluso causar la muerte. No existe una respuesta correcta sobre cuánta ansiedad es razonable o excesiva para una persona o una enfermedad en particular. Sin embargo, si causa angustia o interfiere en el funcionamiento diario, la persona puede tener un trastorno de ansiedad que requiere tratamiento.

La ansiedad puede aparecer de manera repentina, como en el caso de la angustia, o gradual, en el transcurso de minutos, horas o días. La duración de la ansiedad es muy variable, de pocos segundos hasta varios años. Además varía en intensidad, desde una inquietud apenas perceptible hasta una verdadera crisis de angustia, durante la cual la persona puede experimentar dificultad respiratoria o de falta de aire, mareos, aumento de la frecuencia cardíaca y temblores.

Los trastornos de ansiedad pueden provocar un intenso malestar e interferir significativamente en la vida habitual de la persona, a veces de manera tal que conducen a la aparición de una depresión. De hecho, el riesgo de padecer depresión es al menos dos veces mayor en las personas con trastornos de ansiedad (con excepción de algunas fobias muy específicas, como el miedo a las arañas) que en la población general. A veces, las personas primero sufren depresión y luego desarrollan un trastorno de ansiedad.