Un regalo
Hoy es 30 de diciembre, el año aún se aferra a su cifra, 2025 con la tenacidad de un último suspiro, mañana, en el vértigo de una noche y el repique de doce campanadas, dejará de ser esto para convertirse en aquello, 2026. Un mero cambio de dígito que, sin embargo, pesa como un cambio de era en la geografía íntima.
Estoy aquí, acurrucada no en un sillón, sino en mis pensamientos desordenados, que son como libros caídos de un estante durante un terremoto suave, páginas abiertas a fragmentos inconexos, subrayados que ya no entiendo, márgenes llenos de preguntas sin respuesta. Y en este caos, busco el sentido de esta columna, su dirección, su norte magnético, no es sólo escribir; es elegir el ángulo desde el cual contemplar el derrumbe y la siembra de un año entero.
He recapitulado, Treinta y cuatro columnas (con esta Treinta y cinco), treinta y cuatro síntomas magistrales de mis afecciones más profundas y podridas, cada una, una confesión pública disfrazada de ensayo, cada una, un intento de atrapar con palabras lo que siempre se escapa, este fantasma del presente. ¿Qué eran sino interlocutores prestados para un diálogo que, en el fondo, era siempre conmigo misma? Filósofos y poetas como espejos deformantes en los que buscaba un reflejo reconocible, una razón para el desasosiego.
Este espacio (esta página), este acto de escribir ha sido mi única libertad verdadera, y no la libertad de algo, sino la libertad para, para descomponerme en público, para ensamblar mis ruinas con gracia, para gritar en un susurro culto. Ha sido mi escape hacia dentro, un exilio voluntario en el territorio de lo inefable, mi espíritu, ese ente escurridizo del que tanto se habla y tan poco se conoce, ha tomado forma de tinta y de pausa.
Por eso, esta columna número 35, la que cae justo en el abismo un día antes del 31, no puede ser un balance, será un laberinto con eco –léase bien– laberinto porque no busco una salida, sino el centro y un eco porque no afirmaré; sólo responderé a lo que este año ha gritado contra las paredes de mi vida.
Estará plagada de frases ajenas, de epígrafes robados, de versos prestados, de aforismos que brillan como esquirlas de un cristal mayor, no como adorno, más bien como una respuesta sutil y necesaria para descifrar lo que mis propias palabras no alcanzan.
Así que entremos, sin más preámbulos, en el silencio que precede al festejo. En ese instante suspendido entre el ya-no y el todavía-no donde, según Kierkegaard, habita la ansiedad pura la angst y, con ella, la posibilidad más vertiginosa, la de ser o de, al menos, intentar entender qué demonios ha significado todo esto.
El abismo en el campanazo
El sonido llega siempre igual, el tintineo metálico y lejano que parece nacer en los pliegues del tiempo mismo, son las doce campanadas, un ritual colectivo, pero entre un golpe de bronce y otro se abre un silencio.
Es el silencio que tal vez nuestro Kierkegaard llamaría el instante, no el segundo cronológico, sino la grieta ontológica. El abismo entre lo que fue y lo que será, ahí, en ese intersticio, la celebración se suspende y ya no brindamos por lo que viene, sino que caemos, por una fracción de vértigo, en la pregunta que define todo diciembre:
¿Y esto? ¿Y yo? ¿Y mi año?
Esta podría traducirse como la ansiedad pura, la angst kierkegaardiana (ya mencionada). No un miedo con nombre incluido, sino el vértigo de la libertad, y de repente, frente al espumante (nuestro champagne espumante), somos ese personaje shakespeariano en el acantilado, el Ser o no ser se traduce, en clave íntima y moderna, en ¿Seguir siendo esto o atrevernos a ser aquello? El futuro no es una promesa; es un abismo de posibilidades y el pasado… ¡ay! el pasado… ya no es un territorio, sino un eco.
Cómo nos susurraría San Agustín en sus Confesiones, intentando atrapar lo inasible: ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.
¿Cómo explicar, entonces, este 31 de diciembre que nos toca? ¿Cómo narrar estos doce meses que se nos escurren entre los dedos como granos de arena de un reloj que nunca supimos leer bien?
He aquí, escrito y leído pues, mi secreto, a mí no me gustan las campanadas, me gusta lo que sucede entre ellas, ese micro-silencio donde todo cabe. La memoria de un beso que no se dio, el sabor amargo de una palabra que sí se dijo, la textura áspera de un día cualquiera de marzo que, mirado ahora, resulta ser la piedra angular de todo lo que vino después.
Escribo de este festejo, de manera anticipada, tal vez desde la playa, desde el mar, o desde mí cuarto, pero eso sí, con el corazón dentro de mí y los dedos cariñosos.
El 31 de diciembre es un día liminal, un umbral entre lo que fue y lo que será, entre el tiempo contado y el tiempo por contar, lo que pudo haber sido y lo que ha sido (…) apuntan a un solo fin, que siempre está presente, este último día del año es ese «presente» en el que convergen todos nuestros «pudo haber sido» y todos nuestros «ha sido».
Cómo con Cortázar, especialmente en Rayuela (ese magistral texto) hay una constante tensión entre la linealidad y la fragmentación, entre el tiempo cronológico y el tiempo vivido, como Horacio Oliveira buscando a la Maga, nosotros buscamos sentido en los pedazos del año que se nos escapan entre los dedos. Nada se pierde, dijo alguna vez Cortázar, todo se transforma en recuerdo. El 31 es el día de transformar lo vivido en recuerdo, y el recuerdo en equipaje para la travesía hacia adelante.
Este año, como todos, fue una obra de arte total de la existencia, una Gesamtkunstwerk hecha de fragmentos desordenados, ruidos callejeros, silencios domésticos y gritos interiores. Algunos días fueron pura crónica lemebeliana, otros, fueron ensayos nietzscheanos, intentos torpes y grandilocuentes de ser el artista de la propia vida, de darle un sí rotundo al caos.
Porque el año nuevo no empieza con la primera campanada, empieza en el silencio que sigue a la última.
En este último día del año, todos somos un poco proustianos, creo, revivimos instantes, sabores, palabras, miradas, la magdalena mojada en té que despierta todo un mundo. ¿Qué magdalena llevaremos del año que termina? ¿Qué aroma nos despertará, años después, la memoria de este 2025 que se despide?
Mientras escribía esta columna, con las campanadas del próximo 31, se me ocurrió algo. Todos comparten sus wrapped digitales (esas listas pulcras que algoritmos benignos nos entregan, resumiendo nuestros gustos en canciones, podcasts y búsquedas) y este es un reflejo, sí, pero es un reflejo en un espejo pulido por otros, un resumen que no contiene ni un sollozo, ni una duda de las tres de la mañana, ni el peso de una decisión que partió el alma en dos. Entonces, decidí realizar un taxón.
EL WRAPPED FILOSÓFICO-LITERARIO DEL AÑO
Si el año fuera una lista de reproducción existencial (aunque, vaya que lo es), estas serían mis pistas esenciales, no las que más sonaron, sino las que más nos atravesaron. Las que dejaron huella en la piel del alma.
Pista primera: La Transgresión y la Carne (Lemebel)
Yo no paso por el aro, yo no paso por el aro de tu letrina institucional, escupía Pedro Lemebel con lápiz labial y tacón aguja y este año, esa frase resonó como un mantra secreto porque hubo un margen, y lo habitamos.
Y permítanme aclarar que no hablo de grandes gestas, hablo de la disidencia íntima, esa que no tiene pancarta pero tiene piel… fue decir no a una cena por puro cansancio sagrado y acaso por lo que llamo Libertad!, fue llorar en el bus sin importar quién viera, fue, quizás, seguir amando a quien el mundo había descartado, fue escribir una columna con el corazón en la mano cuando era más fácil escribir con la cabeza fría.
Lemebel nos enseña que la crónica es un puñal adornado con plumas y nuestro año, ¿no fue acaso una crónica escrita a pulso? Con párrafos de derrota y comas de esperanza. Vimos la belleza en lo herido, bailamos en el filo del dolor, nos maquillamos para la trinchera cotidiana, que nos aplasta y nos ovaciona a la vez, la transgresión no fue gritar en una plaza (a veces también), sino seguir siendo tiernos en un mundo que premia la dureza. Ese fue el margen.
Pista segunda: El Martillo y la Danza (Nietzsche)
Friedrich, el de los bigotes fieros y el alma de poeta, me susurraba al oído, Debes llegar a ser quien eres, Y el año se convirtió en ese viaje desgarrado y hermoso. Y aunque no sea partidaria de estas analogías de Nietzsche animalescas, escribo:
Primero, fuimos camello y, ¡Dios, cómo cargamos! Cargamos con expectativas ajenas, con culpas antiguas, con el debería que pesa más que un fardo. Cargamos con las miradas de los otros, con proyectos a medias, con la necesidad de ser fuertes cuando solo queríamos ser frágiles.
Pero luego, en algún momento (quizás ese martes lluvioso de julio), el camello se hartó y se convirtió en león, rugió un NO que retumbó en las paredes de mi propia vida, no a un trabajo que nos vaciaba, no a una relación que nos encogía, no a nuestra propia voz interior crítica y cruel. Ese león no crea; destruye ídolos y nuestros ídolos eran silenciosos: la perfección, la aceptación, la comodidad muerta.
Y entonces, sí tuvimos suerte, llegó el niño, no la inocencia tonta, mi vaciada de saberes, sino la capacidad sagrada de jugar, de continuar creando sin el peso del ayer. Fue ese instante en que escribimos un verso sin juzgarlo, en que cocinamos una salsa inventada, en qué nos reímos de nosotros mismos bajo la ducha. El niño no carga, no destruye, no recrea y en ese recrear, por pequeño que fuera, nos acercamos un milímetro a ese devenir lo que somos. Un devenir que no tiene meta, solo danza.
Pista tercera: La Lamentación y la Esperanza (Jara / Palestina)
Aquí la lista de reproducción se quiebra y ya no es íntima; es colectiva, que se vuelve hueso propio, leímos y escuchamos a Jara, con sus manos quebradas y su guitarra intacta, canta El derecho de vivir en paz. Y del otro lado del mundo, un pueblo entero escribe, con su resistencia, la crónica más desgarradora del siglo.
Este año lo político dejó de ser abstracto, se volvió íntimo, fue el nudo en la garganta al desayunar con las noticias. Fue la rabia impotente, la donación mensual que se siente como un grano de arena en un desierto de injusticia. Fue aprender a pronunciar nombres de ciudades bombardeadas como si fueran plegarias, Gaza, Jenín, Rafah. Todos los pueblos.
¿Aquí no hay metáfora que sostenga. Aquí la filosofía se quiebra y habla en sollozo contenido?
No es compasión, la compasión mira desde arriba, esto es el reconocimiento de una herida compartida, es darse cuenta, de pronto, que la línea entre aquí y allá es una ficción cruel. Que el grito de Gaza bajo los escombros es el mismo tono de angustia que el de Sudán olvidado, el de las mujeres de Perú buscando justicia, el de la tierra mapuche en Chile. No es brindar por ellos. ¿Qué champagne podría ahogar ese fuego? Es, más bien, dejar que su realidad nos desintegre un poco.
¿Cómo medir nuestro año en esta escala? No por la lástima, sino por la capacidad de sostener la mirada, por no hacer clic, no cambiar de canal, no buscar consuelo en la distancia, fue permitir que el dolor del mundo nos habitara. Que nos quitara el sueño. Que transformara nuestra rabia impotente en un gesto mínimo, pero concreto: aprender, donar, protestar, cuestionar, no olvidar.
Pista cuarta: El Desencanto y la Ciudad (ópera de los suburbios)
Y después del grito, la ciudad, la maquinaria gris. Brecht y Weill, sonaban de fondo mientras tomábamos el metro, pagábamos cuentas, vendíamos nuestro tiempo a cambio de supervivencia, este año fue, también, una Ópera de tres centavos personal.
Estaba Miles Davis en el auricular, transformando el caos de la mañana en una banda sonora de elegancia herida, junto a Silvio Rodríguez, susurrando lo que me repito:
Si me dijeran: pide un deseo
Preferiría un rabo de nube
Que se llevara lo feo
Y nos dejara el querube
Un barredor de tristezas
Un aguacero en venganza
Que cuando escampe
Parezca nuestra esperanza
También con Silvana Estrada poniéndole voz al nudo en la garganta que no sabíamos nombrar o la salsa en una cocina pequeña, con mí baile de a una para exorcizar la pesadez de la semana.
Hubo pequeñas corruptelas del alma, mentiras piadosas para conservar el trabajo, sonrisas regaladas a quien no lo merecía, silencios cómplices, hasta vendimos sueños a precio de oferta, los empeñamos por un poco de estabilidad. Aprendimos la ironía como escudo, ¿Cómo estás?
Ahí, sobreviviendo.
Y en esa palabra, sobreviviendo, cabía todo el cansancio del mundo.
Pero he aquí lo maravilloso es que descubrimos, incluso en el desencanto más crudo, hay belleza áspera. La del café compartido con un compañero después de un día pesado, la de la canción perfecta que suena en el bus justo cuando mirabas el atardecer entre edificios.
La de la resiliencia cotidiana, la que no hace noticia, pero construye vida.
La ciudad no nos venció…
negociamos con ella.
Y en esa negociación, hubo jazz de supervivencia, un blues íntimo, un folklore vivo, una ópera pobre y magnífica.
El desencanto nos enseñó a afinar el oído del alma, cómo se afina un instrumento. A encontrar lo sublime no en lo extraordinario, sino en el milagro cotidiano de seguir cantando cuando la voz quiebra. Fue entender que, como en el blues, el dolor y la belleza son la misma cuerda vibrando, que sobrevivir no es suficiente; hay que sobrevivir con un ritmo interno, aunque sea lento, aunque sea triste, aunque solo lo escuche uno.
Coda
Hacer un taxón es un acto filosófico radical, es aplicar la mirada del naturalista a la selva de la propia conciencia, implica detenerse, observar sin prisa el espécimen raro de una alegría inesperada, disecar con cuidado la anatomía de una pérdida, clasificar los distintos tipos de soledad que habitamos (la fértil, la árida, la que acompaña). Es buscar el nombre verdadero de lo que nos sucedió.
Mientras el mundo celebra con fuegos artificiales y campanadas, hay un silencio interior donde se libra la verdadera batalla contra Cronos y podemos repetirnos siento que existí, siento que existo… y quisiera no haber sentido nunca nada. La melancolía y la esperanza se entrelazan en este crepúsculo anual.
Y entonces llega el momento… el reloj se encamina hacia su cita con el abismo, el champagne espera, frío y burbujeante, en su cárcel de cristal.
Y me pregunto, ¿por qué brindamos realmente?
No brindamos por un futuro mejor (esa es una promesa demasiado pesada para un solo vaso), brindamos por algo más pequeño y más grande a la vez.
Brindo por el porvenir, esa criatura extraña e indefinida que nace del verbo por-venir, aquello que viene hacia mí, como una ola, como un amante, como un desafío y esta vez no lo persigo; me expongo a él.
Por la grieta, que es por donde entra la luz, por lo que no endurece, aunque el mundo le dé mil razones para hacerlo. Por la duda, esa que nos desvela a las 3 AM, la que no tiene respuesta en Google y porque nunca dejemos de interrogar el guion que nos dieron, de morder la mano que nos da de comer certezas baratas.
Por el pequeño no que construye un sí más grande, por el margen que habitamos y desde el cual creamos belleza nueva, irreverente, necesaria.
Por el oído que escucha el lamento del mundo sin huir, y la música del mundo sin apropiársela, por el baile.
Porque el próximo año, lo sé, traerá más de lo mismo, más ruido, más desconcierto, más sombras. Pero también traerá ritmo, un compás secreto bajo el caos, el nuestro.
Que nuestro brindis no sea un gesto de boca, sino una promesa de memoria activa, recordar es un verbo militante, y el futuro sólo será habitable si lo construimos sobre la verdad, no sobre el olvido cómplice.
Feliz tránsito, feliz llegada, feliz estar aquí, en este preciso instante donde todo se encuentra.

