Una cita con las estrellas

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Me encontraba nerviosa y entusiasmada; algo similar con esas primeras citas con el chavo que te gusta: sientes cosquillas en el estómago y una enorme curiosidad sobre cómo el tiempo adquirirá su forma. En el fondo, y sabiéndome no tan chava, agradecía sentir esa intensidad por encuentros tan singulares como el que tendría ese día. Respiré profundo, me coloqué un sombrero azul para la lluvia –el día anterior lo había comprobado cómo se caía el mundo en Nueva York con cada tormenta propia del cambio climático–, repasé la ruta del metro y me lancé a la aventura. Una que había esperado hacía muchos años –y quizás– todo lo que llevo de vida.

Con una puntualidad usual en mis años de estudiante, llegué a la puerta del museo y fui la primera con la que inició la fila. Creo que nunca había iniciado ninguna fila, en ninguna parte, pero ciertamente, el Museo de Arte Moderno MoMA en Nueva York, no era ningún lugar. La hora de pie, esperando pacientemente, me sirvió para dejar testimonio en mis redes sociales de mi hazaña romántica en la Gran Manzana, pero, sobre todo, para estudiar cuidadosamente la ruta: revisión de bolsa, toma de temperatura, escaneo de boleto, preguntar dónde estaba el ascensor, llegar al ascensor, apretar el piso 5 y dejar que la cronología de la Historia del Arte Moderno me llevara hacia mi destino. Y lo hizo muy bien.

La Noche Estrellada es uno de los cuadros más famosos de todos los tiempos. En un fenómeno del que solo selectos –y trágicos– artistas son partícipes y que  consiste en alcanzar una fama inusitada después de la muerte, esta obra forma parte del efecto van Gogh. Con pinceladas largas y amarillos contrastantes, la marca del pintor holandés pelirrojo se ha convertido en uno de los negocios más redituables del marketing cultural. Sin embargo, más allá de los reflectores y la funda de mi libro electrónico con la imagen del cuadro, así como el cubrebocas de una de las personas en la fila… al observar este lienzo en vivo y en directo, como se diría coloquialmente, se confirma, no que van Gogh sea una estrella de rock en el mundo del arte, sino la genialidad de un hombre de carne y hueso capaz de crear su propio estilo.

En el mundialmente conocido Anhelo de vivir, libro de la autoría de Irving Stone, escrito en 1934 y que de hecho, se convirtió en película, existe una escena por demás conmovedora si uno observa alguno de los cuadros más reconocidos de Vincent van Gogh: en ella se retrata un diálogo entre los hermanos,  Theo le decía a Vincent que viendo su último cuadro podía adivinar con quien había estado. Y ese había estado incluía a quienes serían importantes representantes del Impresionismo y la bohemia parisina de la Belle Époque. En realidad, ese fue el gran tema de Vincent: encontrar su propia pincelada, la paleta de colores que le perteneciera, la temática a través de la cual pudiera adquirir voz y sí, en ese mundo de impresionistas, su propia luz.

La Noche Estrellada fue un cuadro que llegó al MoMA en plena Guerra Mundial, aunque aún los Estados Unidos no entraran formalmente al conflicto bélico. Fue el primer trabajo de Vincent van Gogh que adquiría un museo neoyorkino, el cual fue puesto en exhibición el 30 de septiembre de 1941. Como toda la obra de van Gogh, quien tuvo muy mala suerte o una equívoca estrategia de mercado para la venta de sus cuadros mientras vivía, la Noche Estrellada llegó a partir de un viaje de compra/venta de arte que inició con la muerte de Vincent y seis meses después la de Theo, y una viuda, Johanna, quien se dedicaría a dar a conocer y comercializar la obra de su cuñado.

De acuerdo con la ficha técnica del cuadro, la Noche Estrellada es un óleo sobre lienzo datado en junio de 1889. Con base en el estudio de la vida del artista y la minuciosa lectura de la correspondencia entre los hermanos van Gogh, este cuadro debió ser pintado durante la etapa de encierro de Vincent en el asilo para enfermos mentales de Saint-Rémy, al sur de Francia, por lo que es poco probable que haya salido a observar las estrellas o los cipreses o las casas, además de que seguramente fue pintado de día, por lo que más bien se considera que es producto de su ingenio más que un paisaje plasmado con el pincel. Esto ha generado múltiples estudios, sumado a su afán por explorar las posibilidades del color y cómo los utilizaba para crear una imagen de cipreses con bolas amarillas en firmamento de una pequeña aldea, entre remolinos de azul y verde. De hecho, un poco alejado de Nueva York, en Ámsterdam, el Museo Van Gogh tiene una sala dedicada al interés particular de Vincent por los colores, en un fenómeno de la naturaleza que estudió con el especial cuidado de un verdadero físico.

Cuando llegué al quinto piso, doblé a la izquierda, de nuevo a la izquierda y a través de las puertas automáticas transparentes, lo vi. Ahí estaba y ahí estaba yo. Se abrió la puerta y aproveché mi ventaja de una hora de espera para disfrutar de escasos segundos a solas con van Gogh. Ese sutil silencio de una espera que había llegado a su final. Sí, no era muy grande, pero sus pinceladas compensaban lo doble en su hermosura… mágicas: como olas que se mueven con la sinfonía del tiempo. Y lo más bello, en la esquina izquierda se podía observar el lienzo vacío y el primer punto de la pincelada. La delgada diferencia entre el inicio y el comienzo. Ahí estaba Vincent diciéndome que también él había llegado a nuestra cita con estrellas, parado justo en la eternidad del comienzo de su pincelada. Cada segundo fue un bocado de colores que pintaron mi corazón y aún hoy, si cierro los ojos, puedo sentir la textura de esas pinceladas deslizándose en el lienzo, respirando tonalidades y susurrando a la luna, encerrada, que aquella noche, era una noche estrellada.

Existe una hermosa frase de Vincent en una carta escrita a su hermano, el 18 de agosto de 1888 y que bien resume ese breve instante de amor que viví al ver su obra, no en formato digital ni en reproducción de alta calidad, sino frente a ella, sin filtros, con la emoción de la primera vez: y todavía sentir las estrellas y el infinito, claramente allá arriba. Entonces la vida es casi mágica, después de todo.